Razones por las que la segunda temporada de "Westworld" será mejor que la primera

Miércoles, 25 de abril de 2018 16:17

|Aglaia Berlutti
westworld serie

"Westworld" regresa más consciente de sí mismo, con la misma narrativa complicada y aumentando la apuesta hacia la violencia gráfica.



“¿Quién soy?” fue una de las frases más frecuentes durante la primera temporada de la serie Westworld —de Lisa Joy y Jonathan Nolan para HBO , 2016. Un cuestionamiento inconcluso que sostuvo los hilos de todo el argumento hasta el último plano, con el advenimiento de la probable rebelión de la vida artificial en el aparente enclave insular del parque temático más sofisticado de la televisión. No sólo se trataba de un cuestionamiento sobre la identidad, el temor y la percepción del individuo con toda su carga filosófica, sino un juego con los roles y cánones tradicionales de la Ciencia Ficción. Desde la encantadora Dolores —interpretada con una sutileza espléndida por Evan Rachel Wood—, encarnación de la peligrosa e invisible dualidad de la paranoia sobre la inteligencia artificial, hasta el todopoderoso Robert Ford —con un Anthony Hopkins reflexivo y siniestro de espléndidos matices—, con su comprensión sobre el bien y el mal tan paradójica, la serie parecía profundamente interesada en reflexionar sobre la perspectiva filosófica de la mera existencia. Durante sus primeros capítulos, Westworld no se prodigó con facilidad: su discurso sobre la conciencia, sus límites y las retorcidas relaciones de poder entre lo absoluto y lo temible de la tecnología convirtieron al argumento en una extraña mezcla de belleza y misteriosa abstracción existencialista. Para su segunda temporada, la gran interrogante vuelve a formularse, sólo que ahora el parque de Westworld construye una idea mucho más profunda de esa gran interrogante imposible de resolver: ¿quiénes somos?



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Westworld regresa más consciente de sí mismo, con la misma narrativa complicada y aumentando la apuesta hacia la violencia gráfica, luego de que los anfitriones dejaran de ser controlados y se convirtieran en verdugos de sus creadores. Se trata de una paradoja de enorme sutileza cínica que la serie aprovecha para los momentos más logrados de su primer capítulo. Thandie Newton regresa como Maeve, irreconocible, consciente y poderosa. Sostiene un arma contra el rostro de uno de los hombres que escribió para ella la vulgar narrativa que repitió en un cruel loop por lustros enteros. “Siempre me pareció vulgar” dice, antes de secuestrarle para su provecho y empujarlo en medio de pasillos repletos de cadáveres de robots y seres humanos. Pero Westworld también atraviesa su propia autoconciencia, ya no se trata del deliberado recorrido hacia la percepción bicameral de la identidad, sino una comprensión extensa y profunda sobre lo que el parque puede ser. No se trata sólo de la aventura del western o la percepción fatua de una fantasía elaborada; Westworld es un mundo en sí mismo, tan violento como delicado, frágil ejemplo de una ecosistema enigmático que la serie empieza a mostrar con mano firme y pulso exquisito.



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El argumento regresa a su modelo estratificado y los personajes vuelven a los escenarios familiares; pero de pronto no son ellos mismos, sino versiones específicas y depuradas de lo que fueron. La soledad profunda de un escenario devastado a balazos con los cadáveres que yacen bajo el sol demuestra el horror de la rebelión que comienza con la última escena de la primera temporada. Es mero contexto un poco envilecido por la frialdad pragmática de “un suceso”, como se empeña en llamarlo Karl Strand —Gustaf Skarsgard—, la nueva cabeza visible de la defenestrada junta directiva, y el encargado inmediato de resolver lo que sea que haya ocurrido en el parque. Porque la segunda temporada no toma concesiones ni tiene la menor intención de hacer sencillo el juego de percepciones temporales y conceptuales de la historia. Otra vez, hay al menos dos líneas de tiempo que se entrecruzan para construir la historia. Entre ellas, los personajes avanzan a tropezones, superados, disgregados o convertidos en símbolos de la tragedia. En especial Bernard Lowe —Jeffrey Wright—, quien transita entre la confusión, intentando ocultar su naturaleza robótica y luchando por recobrar su propia cordura. Bernard va de un lado a otro, como rehén involuntario de su condición, y a la vez como testigo privilegiado de lo que ha ocurrido. A su lado, Charlotte Hale —interpretada por la exquisita Tessa Johnson— demuestra que el control de DELOS sobre el paraíso insular futurista es mucho mayor de lo evidente.



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Pero sobre todo, la segunda temporada de Westworld aumenta la apuesta sobre lo espectacular de su argumento y define mucho mejor el camino a seguir. Con la rebelión en puertas, los anfitriones cazando huéspedes con completo desparpajo y buena parte de los secretos revelados, la noción sobre la existencia misma parece quedar en segundo plano; mientras el parque toma relevancia como personaje central de la narración. Queda claro que Westworld es mucho más que una diversión cara para una élite distópica, en realidad se trata de algo más cercano a un macro-universo de extensión desconocida en la que la idea de la rebelión parece esparcirse como una extraña infección. En una de las escenas más misteriosas del capítulo, el cuerpo de un tigre de bengala robótico yace a la orilla de una de las playas inesperadas de un continente aún sin forma. “Estás muy lejos de casa”, dice Strand en tono preocupado. Y es bastante claro que lo que rodea a este universo invisible que gravita alrededor del pequeño fragmento que conocimos, crecerá y aumentará en complejidad a medida que se hace más cruel, más violento, más cercano a la vida real que trata de imitar.



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El único que parece preparado para la venidera hecatombe es William o el hombre de negro —Ed Harris—, para quien el parque convertido en trampa mortal parece ser un deseo inconfesable hecho realidad. Sobreviviente casi por carambola a la primera matanza, intenta comprender los límites de la verdadera circunstancia que sacude los cimientos del mundo que ayudó a crear y el límite de sus obsesiones. De nuevo sobre su caballo purasangre negro —tan sintético y enigmático como el resto de las creaciones del parque—, el único hombre que deseaba el caos en Westworld es ahora una víctima propiciatoria muy cerca del desastre, rozando lo marginal en medio de una búsqueda íntima y un inesperado reto. Roberto Ford —en su encarnación robótica infantil— le recuerda que aún “hay mucho que descubrir” y que ahora “comienza el juego”. Pero William parece tener poca paciencia para el desafío y acaba la invitación a balazos. El caballero negro, piedra angular de todos los enigmas sin resolver de la primera temporada, vuelve para convertirse en un pasajero extraviado en la segunda.





La segunda temporada también utiliza el cuestionamiento como base de todo su argumento. Pero la pregunta cambia. El “¿quién soy?” parece evolucionar a la mucho menos estimulante “¿dónde estamos y por qué?”, toda una declaración de intenciones de los productores sobre el futuro de la serie. Un parque convertido en una distopía inquietante, una percepción sobre la incertidumbre que refleja el anuncio de una desgracia inminente. Entre ambas cosas, la serie aprende de sus errores y emprende una travesía sin norte hacia una complejidad inquietante.


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Aglaia Berlutti

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