Seinfeld y el tabú del autoplacer
Cine

Seinfeld y el tabú del autoplacer

Avatar of Calipso Guerrero

Por: Calipso Guerrero

25 de septiembre, 2015

Cine Seinfeld y el tabú del autoplacer
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Por: Calipso Guerrero

25 de septiembre, 2015



En la actualidad, la apertura de temas a tratar en los diversos medios de difusión (música, TV, cine, libros) es amplia; pues pocos –y muy específicos–  son aquellos que aún se deben abordar con delicadeza. Tan es así que al espectador actual le parecería incluso ridículo que existiera una época en la que hablar de ciertas cosas fuera inaceptable. En la televisión, por ejemplo, hemos visto el surgimiento de programas tan exitosos que giran alrededor de situaciones que hace diez años no había posibilidad de ver la luz (el manejo de drogas en
Breaking Bad, el sexo explícito de Californication o la violencia desmedida de Game of Thrones).


autoplacer


Pero de todos, el tema del sexo en la pantalla chica resulta por demás curioso. A partir de la revolución sexual (que iniciara a finales de los años 60), las sociedades modernas han cambiado los estándares a placer, determinando por qué y cómo se pueden tratar estos temas y –en ocasiones– censurando a aquellos que han ido más allá de lo aceptable.

Quien esto escribe, recuerda con extraño sentimiento una cátedra impartida por un profesor extranjero, que había sido invitado por el plantel educativo para hablar de la pérdida de “las buenas costumbres” (culpando directamente a la televisión de ello). Ese hombre pasó alrededor de veinte minutos despotricando en contra de lo que llamó “el mensaje libertino” de una serie que a mí y a mis compañeros nos encantaba: Friends. Para el profesor, dicho programa no hacía sino incitar a la juventud a vivir una vida promiscua, dadas las constantes referencias de los personajes sobre su vida sexual.

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Sin  embargo, pese a esta mentalidad conservadora que la sociedad aún poseía, la televisión (sobretodo la norteamericana), comenzaba a expandir sus horizontes y a romper los esquemas preestablecidos a favor de un entretenimiento de mayor alcance, creando así una serie de emisiones que poco a poco mostraban al espectador posibilidades que –para bien o para mal– incitarían a una aceptación colectiva de temas que se consideraban tabú.

Uno de esos temas es el de la masturbación. El autoplacer, la autoexploración erótica de un individuo. Algo tan común, y a la vez tan privado, que pocas veces se discutía con la apertura necesaria. Fue durante décadas un tema prohibido y sólo las expresiones más subversivas se aventuraban a tocarlo. Sobre todo en la música, composiciones en las que autores como Frank Zappa o The Who dedicaron canciones al “Placer por mano propia”, con peculiar entusiasmo. No obstante, esto resultaba impensable para la televisión, medio conservador por antonomasia en aquella época.  

Pero esto cambió a principios de la década de los 90, cuando el tema fue abordado de la mejor manera posible por la que fue –sin duda– la mejor serie americana de esa generación: Seinfeld.


Seinfeld

El programa (creado por Jerry Seinfeld y Larry David) marcó un hito en la televisión norteamericana desde su estreno. Su planteamiento era sencillo: un comediante (Jerry interpretándose a sí mismo), convive con sus amigos Kramer, George y Elaine (todos basados en amigos reales de los creadores) en la ciudad de Nueva York. Y nada más. No había mayor profundidad o conflicto en la serie; no había subtextos o propósitos más allá de ver a estos cuatro individuos existir en constante desacuerdo con ellos y su alrededor.

Por algo a la serie se le conoce como “El show que no trata de nada”, pues sus personajes jamás aprenden lecciones de vida, no cambian, no maduran, no se comprometen, nunca lloran. Tampoco son nihilistas, pues sí son conscientes de las consecuencias de sus actos, e incluso pretenden remediarlos, pero siempre terminan por empeorar las cosas. Episodio tras episodio, el cuarteto deambula sin rumbo fijo y la única constante es su obsesivo interés por cuestionar cada pequeño detalle de la vida cotidiana. Los diálogos eran inteligentes, agudos y divertidos; sin embargo, siempre fueron intrascendentes, pues por lo regular giraban alrededor de cuestiones que a nadie más –salvo ellos– interesan.

series de los 90

Y aún cuando los escritos basaran sus tramas en situaciones en apariencia superficiales, la serie logró romper con todos los temas tabú de su época. El desenfado de su estilo de comedia les permitió traspasar las fronteras de aquello que se creía prohibido. Y en todo momento lo hicieron con sutileza e ingenio.

Y fue en noviembre de 1992 cuando se transmitió el episodio once de su cuarta temporada: “La competencia” (The contest). En él, George Costanza (interpretado por Jason Alexander) es atrapado in fraganti por su madre mientras se daba placer hojeando una revista de Glamour. La mujer quedó en estado de shock y tuvo que ser hospitalizada al herirse la espalda tras desmayarse. Mientras George cuenta esto a sus compañeros, les promete que nunca más volverá a hacerlo, promesa que los demás no creen que sea capaz de cumplir. Tras una breve discusión, los cuatro personajes acuerdan un pacto (en forma de apuesta) en que verán cuánto tiempo pueden pasar sin hacer… eso. El rendirse les costará cien dólares, mismos que reclamará eventualmente el vencedor.


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Así, durante el episodio vemos como una serie de desafortunadas coincidencias pone al cuarteto en situaciones en las cuales es difícil –sino imposible– resistir la tentación del autoplacer. Jerry está saliendo con una mujer virgen que no pretende ceder a sus incitaciones, Elaine (Julia Louis-Dreyfus) se entera que John F. Kennedy Jr. asistirá al mismo gimnasio que ella, George visita a su madre en el hospital, sólo para encontrarse con que en la cama aledaña (y separados por apenas una delgada cortina), una joven y bella paciente es atendida –y bañada– por una joven y bella enfermera; y Kramer (Michael Richards) descubre que una mujer nudista se pasea sin descaro por la venta del edifico de enfrente.

(De manera ingeniosa, el pacto es sellado con un encuadre de cámara a las manos de los protagonistas).

estoyfuera

Lo genial del episodio (además del tema) es que, a lo largo de sus más de veinte minutos de duración, no se menciona la palabra masturbación. Ni siquiera se utiliza la mímica o cualquier otra forma de sustituir el uso de la mencionada palabra. En todo momento, Larry David (quien escribió el guión) recurre a referencias más sutiles y confía en la inteligencia de la audiencia para comprender lo que se está hablando. No hay mal lenguaje ni vulgaridades. No hay cosa que pudiera ser censurada... al final de cuentas se sugirió todo pero no se dijo nada. La desesperación de los personajes al vivir esta situación sin poder “liberarse” se hace evidente. Se vuelven aún más amargados y violentos. Y conforme van retirándose de la competencia, la serie nos muestra un ensamble en que, al caer la noche, quienes cedieron, duermen tranquilos; mientras los que permanecen no logran conciliar el sueño. Al final, aunque no nos queda claro quién fue el vencedor, vemos cómo los cuatro neoyorkinos duermen como bebés.


autoplacer

Los tiempos cambian y aquello que antes se penaba ahora se permite. Los estándares sociales de lo políticamente correcto se ajustan al tiempo que la moral colectiva se trasmuta, dejando a un lado el limitante blanco y negro por tonos grises que permiten ver un punto medio de lo que se creía bueno o malo. La música, el cine y la literatura llevan ya décadas rompiendo esos parámetros, y en la actualidad, la televisión hace lo mismo, brindando al espectador un rango más amplio y complejo de opciones. Muchos de los tabúes de antaño ahora son material exclusivo de documentales o programas de reality, y ya no son razones para enlatar o prohibir la expresión de algunos (aunque, habrá que aceptar, que al aceptarse los viejos tabús, estos son sustituidos por nuevos temas que comienzan a marcarse como peligrosos).

Pero siempre nos queda el alivio de saber que, sin importar la época, siempre habrá algún grupo de locos que vaya en contra de todo eso. Y ya sea de manera crítica, voraz, atrevida o descarada, siempre darán voz a lo que sea que se pretenda callar.

Por eso habría que agradecer que hace más de veinte años, un grupo de neuróticos amantes del café decidieran hacer una competencia para no autocomplacerse; y en cambio complacer –por consecuencia– al resto del mundo con ese despliegue de ingenio.


Referencias: