Lecciones de existencialismo y filosofía que puedes aprender de la serie "The End of the F***ing World"

Martes, 16 de enero de 2018 17:40

|Aglaia Berlutti
serie de netflix the end of the fing world y el existencialismo

En ocho capítulos, la serie juega con todo tipo de ideas tradicionales sobre el romance, la pasión, la vida y la muerte.



En plena era dorada de la televisión, la oferta de producción de series comienza a convertirse en una reñida competencia de calidad y propuesta; pero sobre todo, una interpretación novedosa de un medio que parece renovarse a una velocidad vertiginosa. Para la cadena Netflix, la apuesta incluso es más alta: innovar es un asunto de supervivencia. Por ese motivo, la necesidad de competir con material no sólo de alta calidad sino con la capacidad de sorprender al público, resulta imprescindible. De modo que cada nuevo producto inédito parece tener el objetivo inmediato de desconcertar, cautivar y conmover mucho más que el anterior.

 

La serie The End of the F***ing World llega precedida del éxito inmediato y mundial de Stranger Things y la que se ha llamado su versión alemana, Dark. No obstante, la serie es mucho más que la respuesta inmediata a una fórmula comprobada para captar la atención del público. De hecho, resulta difícil definir a la serie bajo un único concepto, con su extraña combinación de drama adolescente, dolor postmoderno y algo más amargo. El concepto de The End of the F***ing World juega con la posibilidad del desastre, además echa una mirada inteligente al desarraigo y la exclusión, y finalmente sostiene el argumento entero sobre la posible redención pesimista, sincera y conmovedora. A primera vista, la serie parece una combinación de romance y una interpretación sobre la exclusión contemporánea, casi cercana al cliché. Con la improbable y extravagante relación entre un psicópata en ciernes y una adolescente angustiada y herida, el argumento analiza de manera multidimensional la noción del Yo moderno desde una óptica refrescante pero a la vez melancólica.

 


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Con su humor negro y el ritmo de una película indie británica, la serie encuentra una forma de elaborar un discurso coherente sobre la desazón, el temor, la ternura y el amor. En ocho capítulos de alrededor de 20 minutos, la serie juega con todo tipo de ideas tradicionales sobre el romance, la pasión, la vida y la muerte. Las trastoca hasta convertirlas en algo más duro de comprender; pero sobre todo, algo más profundo de lo que podría suponerse en un formato semejante. Con su estructura tensa y concisa —a diferencia de 13 Reasons Why—, la serie parece muy consciente de la efectividad en contraposición a la duración episódica. The End of the F***ing World tiene un aire fresco e irreverente lo suficientemente logrado como para escapar de las inevitables comparaciones con propuestas parecidas.

 

El mayor peso de la trama recae, como es previsible, sobre sus extraños e inquietantes personajes. James (Alex Lawther) es un psicópata de 17 años que intenta construir una vida normal sin lograrlo. A pesar de su juventud, ha matado a una gran cantidad de animales y parece convencido de que el siguiente paso es, por supuesto, algo más duro, cruel y violento. James, con toda su carga aparejada de simbolismo alegórico sobre la soledad moderna y el desarraigo, representa y refleja la sentida visión de la serie sobre el bien y el mal, la fría cualidad de una época en la que las sensaciones y las emociones parecen cifradas y transformadas en una idea más superficial y en ocasiones, dolorosa de lo que puede suponerse a primera vista. El personaje es interpretado con fría y analítica contención por Lawther, con cierta carga de moralidad retorcida y durísima visión de la realidad. Pero James es mucho más que el anuncio de futuro criminal despiadado; es un alma torturada y angustiada, creada a la medida de una generación pesarosa.



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Por su lado, Alyssa (Jessica Barden) tiene una enorme sensibilidad dispareja y construida a la medida de un dolor existencialista que la supera con creces; abatida, pequeña, frágil, angustiada, pero sobre todo, perversamente convencida del poder del dolor y el sufrimiento. Alyssa además crea toda una visión del mundo a través de su íntima angustia. En sus palabras: “veo el azul o el gris o el negro, y siento que me derrito en él, y por una fracción de segundo me siento libre y feliz, como un perro o un extraterrestre o un bebé”. Como si se tratara de una reflexión filosófica sobre el miedo colectivo que aqueja nuestra época, Alyssa se debate entre la posibilidad de la incertidumbre y una noción sobre si misma fragmentada y cercana a la vulnerabilidad. Pero por supuesto, Alyssa no es frágil; a su manera es casi tan peligrosa como James y juntos crean una perspectiva novedosa sobre lo moral, el bien y el mal, y los pequeños dolores culturales.

 

Alyssa cree que James es asombroso; y en contraposición, él piensa que podría asesinarla y de alguna forma culminar su largo trayecto en medio de la curiosidad morbosa y la emoción que le produce la muerte. Ambos son una percepción caricaturizada sobre lo moral y lo maligno en nuestra época. Pero no es casualidad que lo sean, la serie se basa en el cómic del mismo nombre del autor Charles Forsman; es una controvertida combinación de crítica, cinismo y dolor que se convirtió de inmediato en objeto de culto. En la pantalla chica, la historia conserva su comicidad cruel y dura, pero sobre todo la meditada y convincente noción sobre lo absurdo. Todo sostenido a través de una narración rápida e inteligente. No hay nada sencillo en esta propuesta ágil y efervescente en la que los conceptos sobre la vida y la muerte se mezclan con una sencillez exquisita y casi cruel.

 


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Hace unos meses, su director Jonathan Entwistle confesó que la serie nació de su constante obsesión con la muerte; pero que además, la serie era fruto de lo que llamó “una inevitable necesidad de mostrar el joven dolor de nuestra época”. Según cuenta Entwistle, casi por pura casualidad encontró una página del cómic original en Londres con la que se obsesionó casi de inmediato. Lo demás se desarrolló muy rápido: escribió el guión para la serie combinando el humor tétrico y duro del cómic, con cierta noción sobre el road trip adolescente, hasta lograr una historia convincente. En su propuesta para Netflix, Entwistle añadió una profunda mirada filosófica sobre la identidad colectiva que convierte a James y a Alyssa en símbolos de un tipo de existencialismo frágil y mórbido de enorme belleza visual. Desde las tenebrosas escenas retrospectivas de James —que lo muestran matando animales y metiendo la mano en una freidora para sentir “algo”— hasta la reflexión del sufrimiento de Alyssa, la serie tiene como evidente intención remontar la cuesta de la adaptación con una puesta en escena sólida y oscura; pero además tiene la evidente intención de llevar la narración original a un nuevo nivel.

 

Por otro lado, Entwistle dota a la serie de un atmósfera confusamente retro y atemporal. La serie está ambientada en Inglaterra, pero el guión no específica la ciudad ni tampoco la región exacta del país en que transcurre la trama, por lo que la historia avanza en un paraje geográficamente indistinto. En su viaje, James y Alyssa atraviesan parajes oscuros y depresivos, lo que acentúa el aire definitivamente abrumador que la serie alcanza en sus momentos más logrados. Como si se tratara de una versión adolescente de Natural Born Killers (Oliver Stone, 1984), los personajes recorren autopistas y caminos vecinales en medio de un aire contenido y angustiante, fuera de la ley del tiempo. A medida que los capítulos avanzan, la conexión entre James y Alyssa comienza a sostenerse sobre la percepción de un fatalismo melancólico que encuentra un eficiente reflejo en el ambiente aprensivo y duro que los rodea.

 


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Por supuesto, la serie es una metáfora a fenómenos tan universales como la despersonalización, la angustia de la pertenencia y el miedo al futuro. Pero además, la serie parece muy interesada en reflexionar sobre tales ideas a través de pequeños guiños y giros argumentales que convierten la travesía de los personajes en un retorcido viaje. El mundo alrededor de ellos es absurdo, pero extrañamente encantador. Con cada tropiezo de los personajes durante el viaje se muestra todo el espectro de debilidades humanas. Entre una cosa y otra, The End of the F***ing World contempla la posibilidad del miedo, el amor y la ternura en medio de algo en apariencia temible, como la vida corriente. Estamos ante una propuesta subversiva como pocas.


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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti


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