"Sicario: Día del soldado" y las razones por las que debemos seguir haciendo películas de violencia

Miércoles, 4 de julio de 2018 17:24

|Aglaia Berlutti
sicario dia del soldado

Las películas nos pueden mostrar una visión más nítida de esa realidad violenta y cruel que nos es difícil asimilar.



Para Hollywood, la violencia es un tema que se recrea con frecuencia desde los extremos, como si se tratara más de una concepción sobre lo moral que una percepción sobre los límites de lo agresivo — sea cual sea su origen— que debe ser analizada como parte del sistema social, y no desde la mirada íntima de quien la ejerce o la padece. Sin el matiz necesario, la mirada entre ambas cosas resulta incompleta e incluso, simplista. La película Sicario —dirigida por un Denis Villeneuve en estado de gracia y con un magnífico guión de Taylor Sheridan— sorprendió en 2016 a crítica y público por su descarnada visión sobre el tema, pero sobre todo su cuidadosa versión del bien y el mal, construida a través de una comprensión dolorosa sobre lo irracional y la crueldad. Su secuela Sicario: Día del soldado no sólo retoma la cuidadosa reflexión sobre el mal cotidiano, sino que lo envuelve en una cuidadosa versión sobre la situación actual de la frontera estadounidense. Un hecho casi involuntario que se debe más a una confluencia de factores entre el talento del guionista Taylor Sheridan y los sórdidos acontecimientos sobre los cruces ilegales fronterizos, que la nueva política de Tolerancia 0 de la administración Trump ha provocado durante los últimos meses. Para bien o para mal, la versión de la realidad de Sheridan parece no sólo resumir la violencia que ahora mismo se encuentra en pleno debate en EEUU, sino dotarla de un lustre siniestro e inquietante que lo lleva a una nueva dimensión como propuesta fílmica. El resultado es una película tensa, inquietante y poderosa que desconcierta por sus reflexiones solapadas sobre el hecho de la ley aplicada como arma de guerra, y lo marginal como percepción del horror apenas sugerido. Un brillante thriller inflexible y feroz que no sólo crítica de manera solapada al gobierno estadounidense, sino que plantea la percepción de lo ilegal como una concepción sobre la moral hipócrita de una sociedad autocomplaciente.



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El director italiano Stefano Sollima (Suburra, 2015) aumenta y profundiza el universo planteado por Denis Villeneuve y le añade además un elemento brutal que convierte la narración en una mirada inquietante sobre los carteles de la droga, la política internacional y la agresión con acento en el enfrentamiento entre lo marginal y lo legal, en la que los límites se pierden rápidamente para crear algo más electrizante y duro de asimilar. Para Sollima, la violencia se comprende de manera más clara a través de la ruptura emocional e intelectual; por lo que allí donde Villeneuve creó una cierta de distancia de observador, Sollima crea una percepción sobre lo moral y lo ético casi íntima. Desde los recuerdos del agente estadounidense sobre su hija muerta, la diversas manifestaciones de horror entre madres que pierden a sus hijos, e incluso la mera conciencia de la ley actuando como elemento de agresión, Sollima encuentra una forma de replantear la historia de la película original en algo más transgresor y brutal. Esto sin llegar a convertirse en un manifiesto liberal o una versión sermoneadora de la realidad, la película atraviesa terrenos incómodos sin emitir opinión alguna, e incluso elaborando un punto de vista tan distante y frío que por momento resulta incómodo en su distancia.


No obstante, Sollima maneja los matices de la historia con punto firme y avanza en medio de los todos los horrores que el guión evoca con enorme inteligencia visual y argumental: la conexión entre migrantes y pandilleros, los agentes migratorios y la misma noción de la ley parecen confundirse en algo más elemental y duro de asimilar, que Sollima aglutina hasta crear un discurso único que brilla con profunda inteligencia. Claro está, el director italiano tiene buenos referentes para construir un discurso sólido y brillante. Hay un evidente homenaje a Kathryn Bigelow en las escenas de visión nocturna, a Michael Mann en la trepidante acción en carreteras y caminos vecinales, y esa percepción sobre lo transgresor y lo violento en medio de un aura casi cotidiana que parece un remanente inmediato de los hermanos Coen. Con toda su brillante análisis sobre el poder de la ley convertido en arma de guerra, Sicario: Día del soldado posee un provocador trasfondo que su director eleva a nivel de mensaje entre líneas, sin necesidad de pontificar.



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Josh Brolin repite como el agente del gobierno estadounidense Matt Graver, una versión inquietante sobre el abuso del poder y la trampa legal, trabajando esta vez junto a Benicio del Toro, que abandona sus tics y pequeñas muecas habituales para construir un personaje sólido y sombrío. En esta ocasión, la masculinidad agresiva y directa de la película carece del contrapeso que representó el personaje de Emily Blunt, aunque la actriz Kate Moner logra sostener cierto equilibrio como heredera de la mafia. Con su versión inquietante y fascinante de un tipo de violencia desconocida para el gran público, Sicario: Día del soldado aumenta la apuesta de su predecesora e intenta imprimir un nuevo punto de vista sobre la paranoia y la mala fe de la ley como herramienta para la violencia.


Sin embargo, la película no alcanza la percepción sobre la violenta tóxica, contaminada de cierto dolor social y cultural de su predecesora. A pesar de los destellos de ironía, su inteligente uso del doble discurso y el hecho de que analice la corrupción como un mal endémico e inevitable en cualquier ámbito policial e incluso político, la película falla al evitar los estereotipos obvios. Hay un aura de búsqueda de significado, pero sobre todo una versión de la realidad que conmociona por su crudeza. Pero Sollima no alcanza los niveles de concepción sobre la maldad cotidiana y sucia de la película original, pues los sustituye por cierto aire poco estudiado sobre el sufrimiento social vinculado a la violencia con todas sus implicaciones. Los procedimientos sombríos, siempre de una brutalidad inquietante, hace que la película tenga una percepción inusual de épica de lo subversivo, relacionado directamente con una especie de culpa genérica que el director achaca al omnipresente —pero siempre invisible— gobierno estadounidense. En su mayor parte, se trata de una debilidad de la dirección que intenta con enorme ambición abarcar varios temas a la vez sin lograrlo del todo. El resultado es una sensación de argumento incompleto, carente de solidez y que evade profundizar en los temas que sugiere con persistente frecuencia.





Claro está, Sicario: Día del soldado es una mezcla de estilos y géneros, desde el thriller y el suspenso político, hasta la acción rampante, la película se mueve entre varios planos que no llegan a completar del todo un argumento trepidante. El guión intenta establecer un precario equilibrio entre la realidad de los carteles de la droga en la frontera estadounidense con México, pero también una metáfora más amplia sobre la capacidad de manipulación y ataque subversivo del gobierno norteamericano. No obstante, la trama se entrecruza de tantas maneras distintas con ideas más o menos genéricas que en realidad no concluye esa búsqueda de un sentido último a la violencia deshumanizada y deshumanizante. Aún así, el filme logra cierta identidad y valor en sus momentos más íntimos, en contraposición a la batería de efectos de sonido y la puntillosa coreografía de las escenas de acción. En medio de todo, la percepción sobre el bien y el mal se hace difusa, un matiz de una dimensión por completo nueva sobre la ética, los matices de la crueldad, la violencia como estigma y, más allá de eso, la concepción del miedo como una forma de memoria colectiva.


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Aglaia Berlutti

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