The Punisher, la serie de Netflix que te hará cuestionarte si está bien asesinar criminales

Miércoles, 22 de noviembre de 2017 11:57

|Aglaia Berlutti

Punisher es un sanguinario vigilante que combina la ultraviolencia con la búsqueda de cierto equilibrio moral.



La violencia es un tema que se debate de manera poco clara en la actualidad. Entre cierta moralidad expeditiva y una noción confusa sobre lo ético, la mayoría de los análisis cinematográficos y televisivos sobre lo que nos hace violentos —y por qué resulta tan temible esa idea— están incompletos. Por esa razón, la serie The Punisher llega precedida por el escándalo y no exactamente por su historia: un sanguinario vigilante que bajo las mismas líneas del cómic, es una combinación de ultraviolencia y búsqueda de cierto equilibrio moral. Durante el año 2017, Estados Unidos ha vivido dos de los peores tiroteos en su historia, perpetrados además por hombres norteamericanos de raza blanca; y al menos uno con ideas ultranacionalistas y un pasado militar. Las similitudes son excesivas como para que The Punisher pudiera ser estrenada; y de hecho, al menos en una oportunidad, su estreno fue pospuesto en espera de que las comparaciones no sugirieran directamente una provocación o una falta de respeto a la memoria de las víctimas. Cualquiera que sea el caso, es evidente que The Punisher atravesó su propia visión sobre el bien y el mal como percepción moral, incluso antes de su estreno formal.


Pero no se trata de una sorpresa. Desde su primera aparición en el número 129 de The Amazing Spider-Man —en febrero de 1974— como antagonista de Spider-Man, la figura del antihéroe marvelita ha resultado controvertida, y sobre todo se sujeta a elementales transformaciones a medida que su visión sobre la venganza y la justicia —conceptos que suelen mezclarse de manera confusa en la percepción del personaje sobre la búsqueda de un bien colectivo— se ha hecho más violenta y dura. Creado en 1974 por el Guionista Gerry Conway y los ilustradores John Romita Sr. y Ross Andru, Punisher es un justiciero salvaje y despiadado; mucho más cercano a la idea del vengador anónimo solitario —tan en boga en la década de los 60 y 70 en el cine norteamericano y encarnado la mayoría de las veces por el actor Charles Bronson— que a la del héroe. Punisher no sólo carece de los habituales límites morales de los personajes de la casa editorial, sino que se comprende a sí mismo como una visión del “horror y del miedo, en manos de la justicia”; frase que suele resumir el comportamiento irregular e incontrolable del personaje.

 




Como antihéroe, Romita y Andru dotaron a su personaje de una personalidad ambigua y casi siempre, al borde de cierta furia redentora y extrañamente cercana a la locura. Punisher es capaz de secuestrar, extorsionar, amenazar e incluso matar en su lucha contra el crimen; lo que coloca su escala moral en una región sombría que Marvel pocas veces se ha atrevido a tocar. Por supuesto, el personaje siempre se encuentra bajo ciertos parámetros éticos que lo definen y que intentan mantenerlo en la percepción del antihéroe. Punisher utiliza sus métodos cuestionables sólo contra criminales, o al menos en eso insiste. De la misma manera que Batman —símbolo del terror justiciero de la casa editorial— Punisher nace a través de la tragedia: Frank Castle sobrevive al asesinato de su familia, y busca la venganza transmutada en justicia individual; emprende entonces una guerra personal contra los criminales entre tácticas y armamentos militares. Frank no es sólo un veterano de guerra, sino que es experto en artes marciales y combate cuerpo a cuerpo. Por supuesto, se trata de un personaje fruto de su contexto, nació de los terrores de la cercana Guerra de Vietnam y los cuestionamientos morales que trajo consigo. No obstante, con el correr de las décadas, Castle se ha convertido también en una visión sobre la violencia como elemento moral.

 




Como era de esperarse, su transición a la pantalla llevó la noción del antihéroe agresivo y de moral cuestionable al extremo. La serie de Netflix apuesta por la ultraviolencia, coloca a Castle frente al cuestionamiento de la venganza como una utópica búsqueda de sentido a su propia moralidad. El resultado es una extraña mezcla de los límites del horror cotidiano —que el cómic apenas sugiere — que lo convierten en una especie de mártir de sus principios. Pero no convence, la serie no logra captar el núcleo argumental de la historia ilustrada y transforma el impulso vengador del personaje en una brutalidad aburrida, a menudo desagradable y forzadamente gore. La violencia en la versión televisiva carece del ingrediente moral, de la inquietud espiritual y, sobre todo, de la angustia esencialmente moral privada que anima al Frank Castle del cómic. Se convierte en un producto lleno de lugares comunes con visuales asombrosos, pero con poca solidez narrativa y desarrollo de personajes.

 




Resulta lamentable que una de las creaciones más extrañas del Universo Marvel deba sufrir una especie de reinvención emotiva que no añade profundidad a la historia, y que escamotea los debates de conciencia que el personaje enfrenta con cierta frecuencia. De los tres intentos de adaptación que el personaje ha sufrido durante las últimas dos décadas —con un fallido intento de la propia Marvel que estrenó en 2008 y que llevó por título Punisher: War Zone bajo la dirección de Lexi Alexander—, la versión de Netflix es quizá la que intenta ahondar con mayor seriedad en la compleja personalidad de Castle. Pero tal vez The Punisher debe mucho al Universo de Marvel creado por Netflix, sobre todo a la segunda temporada de Daredevil. La breve participación de Jon Bernthal sorprendió a los críticos y al público, lo que le brindó la inmediata posibilidad de protagonizar su propia serie.

 




No obstante, el resultado de la historia alargada hasta lo imposible en 13 innecesarios capítulos parece incapaz de estructurar la visión de la violencia como algo más que un añadido fastuoso. Una y otra vez, la serie parece atravesar por baches narrativos que sabotean la unidad de los elementos dispersos, no logra cohesionar un único discurso. A ratos, Castle sufre la paradoja del mártir presionado por las circunstancias y el justiciero violento que intenta expiar sus demonios invisibles a través de la violencia. Pero el guión no logra crear una versión creíble sobre el sufrimiento invisible de Castle, y termina creando una percepción de su angustia existencial más cercana a justificación que a otra cosa. The Punisher está mucho más conectada al mundo militar y político que a la lucha callejera; atraviesa un espacio poco definido sobre la conciencia colectiva y lo moralmente aceptable, basándose en el sufrimiento de un personaje posiblemente antiheroico.

 




La serie comienza con las imágenes de Castle asesinando a todos los culpables de la muerte de su familia. La siguiente escena nos conduce hacia un Frank Castle anónimo y destrozado por la furia y el sufrimiento. Tal parece que la intención de los productores es recrear esa percepción del duelo que brinda consistencia moral a las armas y la violencia; pero a pesar de la impecable actuación de Bernthal, no lo logra del todo. El Castle de Netflix flota en un limbo desconcertante entre el temor y la confusión de su concepto del bien relacionado con su habilidad para matar, y la serie no logra construir un punto de vista que resulte creíble. En medio del despliegue de habilidades y la evidente concepción del héroe roto que sustenta a Castle, al final su personaje parece debatirse en medio de cuestionamientos abstractos no demasiado claros y, mucho menos, comprensibles.

 

Para Marvel por supuesto, se trata de una apuesta arriesgada. En un mundo de Dioses nórdicos y criaturas descomunales como Hulk, la ferocidad urbana y elemental de Castle resulta poco menos que un terreno difícil de explorar. Tal vez por eso el personaje se distancia pronto de cualquier relación con el Universo general de la marca, y se centra en la versión de Castle sobre su búsqueda de una redención a través de la justicia personal. Lo logra con esfuerzo y no en todas las oportunidades; y quizás esa irregularidad es el mayor punto débil.

 




The Punisher peca de autorreferencial, predecible y derivada. Estos tres elementos convierten a la historia en un inevitable tedio argumental del que no logra librarse del todo, incluso en sus capítulos más entretenidos. La historia de corrupción carece de solidez, y la política tiene un regusto artificial que no encaja en la compleja geopolítica actual. El resultado es una maraña de preguntas sin respuestas, hilos argumentales poco lógicos y una noción casi absurda sobre la historia que contextualiza la serie entera. Desde el primer capítulo hasta la insistencia en el pasado militar de Frank, The Punisher no logra conectarnos con su versión de la realidad. Pero a pesar de todos sus fallos, la serie tiene algunos puntos fuertes. Bernthal sigue siendo extraordinario en el papel principal; Jason R. Moore con su fantástico Curtis y el carismático Russo de Ben Barnes crean una noción sobre el poder de la violencia de enorme inteligencia. Aún así, el esfuerzo del equipo no es suficiente para sostener sus errores. Al final, Frank Castle no es otra cosa que una víctima, pero la serie no logra mostrar en realidad las heridas que le aquejan.


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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti


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