"Una mujer fantástica", la mujer trans que nos enseña a ser fieles a nuestra identidad a pesar de todo

Lunes, 26 de marzo de 2018 17:50

|Aglaia Berlutti

La película "Una mujer fantástica" nos brinda una percepción de la identidad y el género renovadora.



Para el cine, la referencia sobre la identidad sexual suele ser incompleta, caricaturizada y la mayoría de las veces burlonas. Muchos de los personajes transgénero o travestidos suelen llegar a la pantalla grande en clave de humor, o en el peor de los casos en la ilusión de la comedia con tintes trágicos que redimen. Tal vez por ese motivo Una mujer fantástica de Sebastián Lelio —reciente ganadora del premio Oscar a la Mejor película extranjera— brinda una percepción sobre el género y la identidad renovadora. Apasionante, con una brillante mirada sobre la comprensión de la diferencia, el desarraigo, el autorrespeto y la valoración colectiva, y una amplia comprensión sobre lo individual. Lelio logra crear un cuidado manifiesto sobre el individuo como expresión del yo, todo envuelto en el empaque sobrio de un thriller de suspenso. Para el director, la herramienta de la visión del otro —esa búsqueda de la comprensión y la voluntad del respeto en medio del prejuicio— es un elemento invisible pero poderoso, que avanza a través de la película como una inteligente ráfaga de significados, lo que dota al argumento de una inusual belleza y complejidad.



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La actriz trans Daniela Vega crea una maravillosa mirada sobre la fragilidad y el miedo; pero también la fortaleza espiritual en una actuación profundamente sensible, que a la vez desconcierta por su contenida eficacia. El personaje no sólo trasciende al sufrimiento y a la angustia —y a ese acto iniciático de la búsqueda del reconocimiento—, sino que se comprende a sí mismo a partir de lo que nos hace distintos, sea cual sea ese elemento diferenciador. Con un prodigioso y sutil instinto, Vega asume el reto no sólo de humanizar a un personaje complejo, duro y atípico, sino la situación que debe enfrentar. Vega logra mostrar todo un estudio del dolor y la lucha contra la indignidad, sin caer en los lugares comunes. Tanto Lelio como Vega parecen empeñados en convertir a Una mujer fantástica en una búsqueda eficiente del razonamiento más común y profundo de la belleza y la cualidad errática de la singularidad. Por tanto, película y personaje se convierten en vehículos de expresión del yo. Una mujer fantástica no es un alegato sobre la homosexualidad o la identidad sexual; y sería un lamentable reduccionismo asimilar su profundidad desde esa aparente grieta argumental. En realidad, la película es una meditada conciencia sobre la opinión cultural en nuestra vida, la promesa y la búsqueda de la autorrealización y la mirada cándida —en ocasiones ingenua— sobre lo que nos hace únicos, valiosos y poderosos, a pesar de las limitaciones y la discriminación que nos estigmatizan.



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Marina, el personaje interpretado por Daniela Vega, es una interesante mezcla de percepciones sobre la identidad sexual, el teorema cultural sobre quiénes somos a pesar del peso de lo cultural y una inteligente reflexión sobre el prejuicio. Muy lejos de los clichés del género, Lelio dota a Marina de una circunstancia espiritual de profundo peso argumentativo. Marina es mucho más que una curiosidad o una transgresión del criterio cis sobre los personajes en el cine, es también una ambiciosa reflexión sobre lo sexual y lo cultural. El personaje atraviesa clichés y se convierte en algo más complicado pero también realista de lo que podría suponerse a primera vista.


Además, la historia tiene un complicado trasfondo cultural en medio de lo que parece ser la usual narración policiaca. Marina sostienen una relación con Orlando —interpretado de manera sensible y sólida por el actor Francisco Reyes—, un hombre heterosexual mucho mayor, divorciado y con una vida familiar al uso. Todo se complica luego de que Orlando sufre un cuadro clínico inexplicable que se hace aún peor cuando cae por las escaleras del edificio en que reside Marina y muere debido a las contusiones que le provoca el inesperado suceso. A partir de allí, la película toma el extraño cauce de una revisión pormenorizada y sombría sobre el prejuicio, el conformismo y la crueldad. Para Marina, la muerte de Orlando significa no sólo una pérdida personal, sino el comienzo de una batalla íntima y silenciosa que debe librar contra la sociedad que la toleraba en virtud de la compañía masculina. Sin la protección de la relación con Orlando, Marina se encuentra a merced de la cultura que la patologiza y la criminaliza por el mero hecho de la diferencia. Las autoridades la despojan de su individualidad —la policía insisten en llamarle “Daniel”— y además, se le acusa sin motivo ni investigación alguna de haber herido a Orlando; aunque la evidencia completa demuestra lo contrario, o al menos así sería si se investigara más allá de los prejuicios. Marina se encuentra entonces en el terreno inexacto y peligroso de ser víctima al tiempo que se le considera agresora; lo que la convierte en una sobreviviente que debe luchar como puede para evitar el abuso soterrano e invisible al que se le somete por el mero hecho de su identidad sexual.



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La película Una mujer fantástica es de hecho una batalla sobre el punto de vista de la sociedad sobre la vida de Marina, y el control que se intenta ejercer sobre ella. Cuando la familia de Orlando la ataca o refleja los prejuicios de una sociedad conservadora, violentamente reaccionaria o el mero hecho del prejuicio como visión del otro, Marina se convierte en símbolo involuntario de la diferencia convertida en una forma de discriminación estandarizada. Desde los comentarios hirientes y definitivamente crueles con que atacan a Marina, lo que parece más obvio dentro de la narración es que nadie parece comprender que el poder de Marina reside en su capacidad de ser quien es a pesar de todo. Y esa perspectiva es quizás el mayor logro de Lelio, que como director otorga un definitivo valor a su personaje como interlocutor. A diferencia de otras experiencias similares, Una mujer fantástica permite a Marina comprender el mundo desde su perspectiva y narrar su historia desde ese ángulo. Se trata de una experiencia emocional, que le brinda al personaje una soltura y una naturalidad de asombrosa belleza. Una expresión de fe y de conciencia que transforma sin querer al personaje en una comprensión del aislamiento y la soledad fragante que otorga sentido y madurez a la narración. Desde la mirada intrusiva de las primeras escenas, Una mujer fantástica avanza hacia una proclamada comprensión del absurdo existencial y la dulzura natural, que es quizá la percepción más interesante que la película propone como lenguaje y discurso elemental. Del desnudo duro e invasivo que muestra a Marina violentada por las autoridades de su país, al desnudo espléndido y delicado de las últimas escenas, la película transcurre en un meditado tránsito de la aceptación a la naturaleza íntima y algo más poético y tierno. Todo un logro de delicadeza que Lelio logra con buen pulso.





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Son muchos los detalles que componen a una gran película, pero cuando además refleja los sentimientos de toda una sociedad se convierte en una joya que puede llegar a influir en la manera de pensar y quizá revolucionar algunas ideas que antes no compartíamos; en este caso, comprender a una comunidad. Aquí te compartimos otras 12 películas para entender el orgullo LGBT; o si la literatura es tu hitcon estos libros podrás comprender los derechos de los homosexuales a través de la historia



Aglaia Berlutti

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