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El evento que nos demostró por qué la comida debe ser un arte

27 de abril de 2018

Cultura Colectiva


Aunque hay muchos estereotipos delimitantes en el extranjero, nosotros sabemos que la belleza de nuestro país se encuentra en la variedad que presenta, en paisajes, música, gente y talentos. Tenemos deportistas muy talentosos en artes marciales coreanas como el Taekwondo, actores que se mezclan en series completamente gringas como Altered Carbon y también talentos artísticos con gustos tan refinados que sobresalen en los círculos más altos de París.


El pasado 17 de abril, Pernod Ricard, la marca encargada de traerte Absolut, Chivas Regal y el ingrediente esencial de las piñas coladas: Malibu, entre otros, celebró el éxito de Andrea Ancira, la primer beneficiaria de su beca para una residencia en Villa Vassillieff en París para desarrollar su talento como curadora de arte. Su experiencia en este lugar tuvo su culminación con la curación y presentación de la exposición de Teo Hernández, otro talento cien por ciento mexicano, llamada “Estallar las apariencias.”



Y qué otra manera de celebrar se le podía ocurrir a Paul Ricard, cuyo lema es “conoce a un nuevo amigo todos los días” que con una oportunidad de convivir y probar sus mejores vinos, cocteles y los platillos que mejor acompañan. Nosotros estuvimos ahí y no lo lamentamos ni por un momento.


En un salón pequeño y acogedor del hotel St. Regis, todos los invitados nos reunimos alrededor de la mesa a compartir la cena a tres tiempos. El primero consistió de una ensalada de quinoa con mango deshidratado, tomate cherry y curry, perfecta para refrescarnos del calor que estaba haciendo pero con ese toque picoso que no puede faltar en una mesa mexicana. El coctel que lo acompañó fue Spiced Havana, con Havana Selección, reducción de jengibre, miel de abeja, jugo de limón verde y pepino macerado. Después de tomarlo, no importa lo que comas, siempre pasará fácilmente.



Para el segundo tiempo las cosas se pusieron más intensas con crema de calabaza con pepitas tostadas, cubitos de berenjena y crema fresca y un coctel buenísimo (sin exagerar) llamado Cinnaliento, Havana Selección, syrup de canela, albahaca, guayabas maceradas y jugo de limón. Ni a Shakespeare se le hubieran ocurrido las palabras adecuadas pare describir este coctel, era delicioso y combinaba perfectamente con la crema. Es difícil escoger la mejor parte de la noche, pero si fuera necesario para salvar a la humanidad de un virus asesino, probablemente Cinnaliento sería el elegido.



Pero el plato fuerte no se quedaría para nada atrás, costilla glaseada y rostizada sobre una cama de puré de manzana verde, migas de romero y manzana rellena. La carne estaba tan perfectamente preparada que no era necesario un cuchillo y la mezcla de su sabor con la del puré hacía que no quisieras usar ni el tenedor para sólo deslizarlo del plato directo a tu boca. Te hacía entender lo que sintió Enrique Iglesias al cantar sobre experiencias religiosas. El coctel que complementaba a la carne, Rum Old Fashion, con Havana selección, miel de maple y amargo de angostura, un clásico sencillo que despejaba el paladar para que cada probada de la carne se sintiera como la primera. Glorioso.



Parecía que estábamos completos y no necesitaríamos nada más, todos hubiéramos regresado felices a casa, pero Pernod Ricard tenía una última delicia preparada para nosotros antes de dejarnos volver a la triste realidad de sabores mundanos. El postre consistió en un pan tibio de elote con helado de vainilla y salsa al mezcal acompañado por Nueva Selección, con Havana Selección, syrup de canela y espresso para que no te duermas después de este festín, aunque la presentación ya nos hacía creer que nos habíamos desviado a un sueño salido de nuestra obsesión por El Gran Gatsby.



Una experiencia que quisiéramos repetir todos los días para celebrar el arte y la comida.


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