Hablar de soledad e intimidad no siempre tiene que llevarnos al sexo en solitario. Aunque no podemos negar que éste es, entre otras cosas, la parte más atractiva del encierro; siempre hay espacio suficiente para que otras cosas ocurran y hagan explotar esa magia que se apodera de todos los cuerpos cuando se saben libres, sin ninguna otra presencia o persona que perturbe esa paz que sólo la oscuridad y el silencio han sabido otorgarles. Sin que suene a una exageración, absolutamente todo puede suceder cuando, mientras el mundo sigue su curso, nosotros decidimos encerrarnos y no pensar en nada o nadie más.
En esos momentos lo mejor que nos puede pasar sin duda alguna es el egoísmo, no pensar en nadie más que en nosotros mismos y en cómo nos sentimos alejados de toda compañía. Justo en ese instante en el que lo único que puede escucharse son nuestros pensamientos y la manera en que éstos nos orillan a hacer y ser todo lo que quisimos, es donde podemos valorar todo lo que somos y queremos ser. Nos permitimos soñar con lo inexistente y lo prohibido… exactamente con todo lo que no podemos hacer cuando a nuestro alrededor hay una multitud de personas esperando a devorarnos física o espiritualmente.
Las ilustraciones de Ellehell nos llevan a ese punto en el que lo profano se convierte en un asunto de sacralidad pura en cuanto se encuentra con el templo dorado que supone la soledad. Cada una de estas imágenes aborda al cuerpo femenino como una gema en bruto que si no abandona su belleza en cuanto sale a la superficie, mucho menos lo hará estando en su estado natural; aquél que la vio nacer y le ha brindado la seguridad suficiente para seguir desarrollándose en el ambiente que ella misma ha creado a base de sensualidad y sentimientos encontrados.
Aunque imaginarias, cada una de las mujeres que aparece en estas ilustraciones es el fruto de una imagen familiar. Un recuerdo donde los deseos y el hambre de sentirse viva la lleva de nuevo a ese sitio donde la soledad no es un encierro o una tortura, sino la bendición perfecta. Aquella que todo el mundo desea conocer algún día al menos por un par de minutos; cualquier instante es bueno para disfrutar del silencio que recorre las espaldas como una caricia esperanzadora; aquella que nos dice que todo estará bien y que ninguna tortura como las multitudes o el tiempo mismo duran para siempre. Después de soportar el dolor, nuestra mejor recompensa será sin duda la privacidad y el encuentro con nuestro propio yo.
Cada trazo que forma estas imágenes nos habla de una soledad diferente y de una intimidad forjada a partir de la sensualidad y el deseo de querer estar a solas con uno mismo. Al mismo tiempo, estas figuras oscuras sobre un fondo blanco nos hacen comprender que a pesar de lo hartos que podamos estar del exterior —mujeres y hombres por igual— tenemos la posibilidad de reencontrarnos con ese lado oculto y secreto que creímos perdido junto con la privacidad que otrora ofrecía ese espacio que alguna vez reclamamos como nuestro.
Sólo entonces todo se revela ante nuestros ojos: la soledad y la intimidad se forman de lágrimas, alcohol, sensualidad y un misterioso toque de espiritualidad que nos hace querer regresar siempre con una idea completamente diferente acerca de la soledad y sus diferentes rostros; esos que nos miran con ojos nostálgicos pidiéndonos que volvamos pronto a ese sitio que, de no ser por nosotros, permanecería vacío.
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