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Ilustraciones de Puterful para decir lo que piensas

30 de abril de 2018

Diana Garrido

«"¡Tócate el higo!». Exclamó la princesa.



Sí, ella era una princesa de corona, vestido y reverencias, pero eso no la volvía menos humana. Fue educada en una sociedad en la que debía caminar con pasos cortos y silenciosos, sentarse con las piernas cruzadas y menear las caderas sutil y femeninamente, pero ¿sabes cuántas veces estuvo a punto de mandar todo a la mierda?


CIENTOS... Ella era una princesa moderna, de esas que se postraban frente a la pantalla de su computadora y lo único que quería decirle al usuario del otro lado de la lap top era que se tocara el higo, que le comiera el donut... Pero nunca se atrevió porque sentía que la corona se le caería.




Aunque la princesa tenía pensamientos pecaminosos, prefería callar y mantener todo en su mente. Ella parecía estar inmersa en un lodazal de aburrimiento, en especial cuando era el momento de conocer a los valientes caballeros en las fiestas reales; es decir, cada fin de semana en los antros más concurridos de la ciudad. A veces llegaban chicos de tez blanca, cabellos rubios y un colosal carruaje, pero sólo presumían la grandeza de su virilidad; no obstante, ella sólo podía pensar que era un idiota y tenía que decírselo al menos entre líneas. De igual manera, pensaba que si tan sólo su pene fuera del mismo tamaño que su ego —y lo demostraba— podría olvidar un poco las tonterías que salían de su boca.




Pero al final, sólo quería lo que cualquier princesa moderna y de antaño: una noche de sexo salvaje, alocado y sucio. Una jornada que la dejara satisfecha y sin poder hablar, ya que las sesiones intensas de sexo y pasión estaban en boga en otros reinos y colonias, pero ella quería algo más. Quizás un abrazo y un maratón de series, seguido de una gran noche de caricias. El problema es que sólo le tocaban los pelmazos, patanes, ridículos y aprovechados "príncipes", mismos que en su afán de poseer el tesoro de la chica eran capaces de todo, menos de hacerla sentir bien.




Por esto mismo optó por no volverse a enredar con cualquier hombre, sólo lo haría con príncipes cuya sangre fuera completamente azul. Ya no estaba dispuesta a terminar con dragones, duendes, faunos y otros seres asquerosos, es decir, con cualquiera que le hablara lindo. Era momento de sentar cabeza y dejar los bailes casuales en tabernas en medio de la ciudad para asistir sólo a los que se llevaban a cabo en los lugares más exclusivos del lugar (bares y antros fancy). Pero no se encontró más que príncipes rojos, morados, amarillos y verdes; jamás azules. En estos tiempos modernos, el príncipe azul se veía tan lejano que prefirió acostarse con cualquier caballero seductor, siempre y cuando no fuera un idiota —al menos no al principio—.




Aun con ello, la princesa siguió buscando el amor hasta que se dio cuenta de que no es que los príncipes azules se disfrazarán de otro color, sino que simplemente no existen. Así que pensó «no me pondrán una zapatilla de cristal, tampoco me irán a rescatar luego de morder una manzana envenenada y tampoco me salvarán de una terrible bruja-pulpo. Lo mejor será divertirme, conocer otras tierras, ser feliz y quererme a mí misma. Porque al final, no estoy segura de querer un romance convencional, soy mucho más que una niña en vestido rosa y corona. Soy una mujer, no una simple princesa». Sí, besó otras lenguas, le dijeron "haiga", le pisotearon los zapatos al bailar y escuchó terribles insultos, pero aprendió que a veces es mejor estar sola que mal acompañada.




Pero no es el fin de la historia. No sólo se dio cuenta de que no necesita de nadie y que puede divertirse con quien sea, sino que tenía mucho que decir y hacer respecto a su vida y su posicionamiento frente a ella, por esto mismo intentó ser una mejor versión de sí misma para poder encontrarse, saber lo que deseaba del mundo y cómo es que debía ver su entorno. Descubrió entonces que tenía que hacer muchas cosas insoportables, aburridas y horrendas, pero al final del día debía estar completamente agradecida por haber aprendido una lección.




De este modo, la princesa se encontró con una cuenta online llamada Puterful, la cual parecía leer sus pensamientos y sus necesidades, pero a diferencia de ella, lo decía sin temor. A través de tipografías y frases completamente reales, esta cuenta habla por ella —y por todas nosotras—, que en el afán por ser propias, correctas y de evitar que se caiga la corona, no se dice lo que se piensa; sin embargo, ante los comentarios misóginos, la antipatía de otras personas y la falta de diversión, tanto la princesa como tú y yo quisiéramos levantar el dedo medio, aventar un par de palabras hirientes y burlarnos en la cara de aquellos que nos molestan. Puterful lo hace sin inhibiciones.




Entonces, la princesa aprendió a soltar todo, a dejar que fluyera la vida y cada que necesitaba decir algo, recurría a las bellas ilustraciones que podían hablar en su lugar. Se convirtió en una fuerte y soberana reina que intentó luchar en contra de todo lo que le molestaba dejando de lado aquello que la convertía en una debilucha doncella para convertirse en todo lo que siempre soñó: una mujer fuerte, digna de pelear y competitiva monarca.


Así que si tú también deseas ser una mujer obstinada y que no se calla lo que piensa, di lo que quieras, no importa si es a través de Puterful que con sus colores llamativos y su irreverencia habla por ti y por mí, pero jamás te calles. Y colorín colorado, la princesa ha hablado.


TAGS: Ilustraciones Frases Mujeres
REFERENCIAS: La Puteritenda

Diana Garrido


Articulista

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