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Capital Mundial del Diseño 2018: la creatividad de la Ciudad de México

Diseño Capital Mundial del Diseño 2018: la creatividad de la Ciudad de México

La creatividad dentro de las ciudades juega un papel fundamental para pensar los problemas urbanos

Las ciudades, en el marco de las economías creativas, desarrollan características sociales y culturales que les permiten justamente generar industrias creativas. El capital intelectual resulta, entonces, el elemento principal para abonar al florecimiento de la creación a partir de un conjunto de actividades basadas en el conocimiento, el cual se centra en las artes y, sin embargo, no se limita a ellas. Para Richard Florida, la unidad de análisis de la ciudad es la “clase creativa”, entendida como el conjunto de personas que desempeñan ocupaciones relacionadas con la creatividad, lo que incluye a los artistas, a los diseñadores, a la gente que trabaja en torno a estos dos, y a los científicos/académicos.

Para Florida, actualmente, la inteligencia, el conocimiento y la creatividad humana son herramientas fundamentales para transformar el entorno de las ciudades. Se plantea, por tanto, la necesidad de tener la capacidad de atraer y mantener a personas creativas dentro de la ciudad, pues así se impulsa la competitividad económica.


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Es decir, se requiere (al menos en el papel) crear un ecosistema que sea tolerante, multiétnico, multicultural, interracial, un crisol de culturas y creencias diversas en el que intervengan de manera creativa todas las personas sin distinción de raza, nacionalidad, religión u orientación sexual; con el propósito de generar nuevas estructuras sociales que permitan la estimulación de la creatividad, cuya naturaleza inagotable llevaría a pensar que se convierte en un recurso al alcance de todos.

Sin embargo, ¿quién es esa “clase creativa”? Para Allen Scott no es más que una reducida élite que se traslada a las grandes ciudades y pretende encontrar ciertas comodidades que ella misma valora como indispensables para poder establecerse y dar pie a su proceso creativo. Se presenta, pues, como un selecto grupo de personas no sólo creativas, sino adineradas, que tienen la posibilidad de buscar nuevos horizontes de desarrollo. Así se está ignorando la tremenda complejidad de una ciudad y además a la gran mayoría de sus habitantes (“la clase no creativa”).


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Richard Flora


¿Qué pasa, entonces, con la Ciudad de México? Primero, hay que recordar que es la octava economía urbana a nivel mundial. Es una aglomeración dinámica, multicultural, un pujante motor de crecimiento y creatividad en donde existe un enorme talento humano. Pese a esto hay que agregar que es una urbe dividida y desigual, lo cual le impide potencializar el capital creativo de sus habitantes y, por ende, movilizar ideas y solucionar problemas de nuevas y mejores maneras.

Dentro de este contexto, desde 2004 existe la Red de Ciudades Creativas (creada por la Unesco), cuyo fin es promover la cooperación entre ciudades que identifican la creatividad como un factor estratégico para el desarrollo urbano sustentable. En el caso de la Ciudad de México, se planteó la discusión en torno del diseño como elemento clave para impulsar el desarrollo socioeconómico, lo cual le dio la oportunidad a la ciudad de unirse a la red en el año 2017 y, posteriormente, se abrió la posibilidad de convertirse, en 2018, en la Capital Mundial del Diseño.

Básicamente, a partir de lo anterior, se busca la construcción intangible de una nueva manera de hacer ciudad por medio de la metodología que forma parte de la esencia del diseño, es decir, de plantear una problemática y sus probables soluciones para luego prototiparlas. No obstante, la idea propuesta no encuentra las bases necesarias para desarrollarse satisfactoriamente. En la Ciudad de México no existe un sólido vínculo entre el Estado, la producción y el diseño, de tal manera que resulta muy complicado elaborar estrategias que fomenten la creación de proyectos colectivos, incluyentes y participativos.


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Charles Landry, otro pionero en el concepto de ciudades creativas, sostiene que la creatividad se inhibe en urbes corruptas, intolerantes y desiguales. En este sentido, cabe preguntarse cómo se encuentra la Ciudad de México en estos rubros con el fin de saber qué es lo que se requiere para conseguir un cambio sustancial a partir de proyectos creativos. Landry vuelve a la idea de generar condiciones óptimas para la llamada “clase creativa”, es decir, retoma el concepto de Florida para plantear una solución. Así pues, cae en una idea reduccionista de lo que es la creatividad en una ciudad, puesto que no toma en cuenta la participación y aporte (tanto creativo como económico) que genera el resto de la población. Paul Chatterton apunta que gran parte de las expresiones creativas provenientes de otros sectores de la sociedad son consideradas subversivas y, por tanto, son rechazadas y no tienen la visibilidad que tendría el trabajo de aquella “clase creativa”.

Y no es que el concepto de ciudad creativa sea erróneo, sino que debe seguir construyéndose socialmente a partir de la conjunción de esfuerzos de todos los que hacemos ciudad. El gran reto es pensar en cómo nos relacionamos, qué pasa cuando la comunidad se encuentra. Hay que tener presentes a los grupos sociales que se organizan y generar espacios donde las personas se puedan reconocer como parte de una gran comunidad. Se tienen que crear redes de colaboración y conformar equipos multidisciplinarios para enriquecer propuestas e ideas, pues todos tienen algo que ofrecer.

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