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La monumentalidad del abandonado (El edificio bastardo)

Diseño La monumentalidad del abandonado (El edificio bastardo)

En Monterrey ya descansa el primer edificio en Latinoamérica diseñado por Tadao Ando, pero lo que no ha descansado desde hace tiempo es la opinión pública entre los arquitectos que se sienten alagados por poder vivir un espacio pensado por el 18° premio Pritzker, y los que se preocupan por el resultado que puedan causar el dinero, la fama y un edificio sin lugar.

El Centro Roberto Garza Sada (CRGS), nombrado así en honor del empresario regiomontano, fue diseñado por el arquitecto japonés y desarrollado por un despacho regiomontano, liderado por el suizo, Alexandre Lenoir, quien tras ganar un concurso, fueron escogidos para traducir la tinta seca de una servilleta en planos ejecutivos con precisión milimétrica. El CRGS, o la puerta de la creación como se le conoce románticamente, cumple con las características que debe tener cualquier escuela de arte y diseño. La construcción de 13 mil 115 m2 se desenvuelven en seis niveles, conteniendo 21 talleres para mil 500 alumnos.

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Esto equivale al resumen de datos que se puede encontrar en cualquier diario de prensa nacional que haya dado la nota, cifras huecas que solamente sirven para poder cuantificar los honorarios del arquitecto. Sin embargo, nadie habla del esquema, concepto, proceso, unidad, orden, ritmo e infinidad de palabras que no ocupan lugar en el espacio, pero sí en los sentidos, resultados emocionales de la experiencia física. Claro, a la gente no le importa saber si los talleres están orientados al Norte, si existe un recorrido con tránsitos y demoras que dejen entender todos los mensajes del edificio, o si el espacio más importante es el que ordena y del que viven los sub-espacios que complementan el proyecto. No, a la gente le gusta presumir, le gusta saber cuánto costó, cuántos talleres tiene, ser los primeros en tenerlo, tener un trofeo sin saben por qué lo ganaron.

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¿Cómo saber si un edificio es monumental? No es por su tamaño, por lo que costó o por el material que se haya usado, sino por lo que hace sentir a quien lo visita y le permite evocar un significado personal cada vez que lo frecuenta. Se dice que el CRGS es monumental, pero para muchos es un escaparate para el ego, no la valoración del espíritu humano, que en este edificio ha quedado abandonado.

La historia esperaría que el arquitecto que diseñó La Iglesia sobre el Agua, pudiera hacer transpirar más a los sentidos con el paso del tiempo.

Todos los arquitectos evolucionan y cambian su forma de ver las cosas, pero no todos lo hacen por los mismos intereses. Las cosas caen por su propio peso, y como dice el dicho coloquial: "dependiendo el sapo, la pedrada"; la arquitectura no necesita de críticas para saberse buena o mala, es más, esa calificación no existe, ella puede perder o ganar un argumento por ella misma, sin necesidad de prensas, ni tribunales. La única balanza que puede determinar si hace justicia a ser llamada arquitectura es la historia.

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El ejemplo comparativo más notorio para el cambio de etapa de la arquitectura de ando es el conjunto de viviendas Rokko. Una serie de tres edificios de departamentos ubicados sobre una ladera en una pequeña ciudad de Japón, Kobe. Los tres se desarrollaron en un lapso de 15 años ('83-'98), el I y II antes de ganar el Pritzker ('95) y el III después. El primero parte de un esquema similar al que Rogelio Salmona, arquitecto colombiano, usó, en 1976, para las viviendas Alto de Pinos, volúmenes definidos y legibles entre ellos, que se escalonan en la montaña para que el edificio descanse, no por cansancio, sino por relajación, conviviendo con su entorno. La segunda se desplanta con su lenguaje no muy diferente que la primera, pero sí con una angustia marcada. Pero la tercera parece haber tropezado con el relieve, quedándose inmutada por su poco respeto al lugar, perdiendo la sencillez que las otras dos transmiten.

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Algo parecido sucede con la Puerta de la Creación al darse cuenta de su gran parecido con el Museo Marítimo de Abu Dhabi, diseñado por el mismo arquitecto, pero no para el mismo entorno, cambiado de lugar como si fuera el adorno de una sala de estar. Pero su humillación no viene por ser un reciclaje o por parte de los edificios vecinos, sino de majestuosas montañas que la ven como alguien vería "El patio de la prisión" de Van Gogh, sin juicios ni exclamaciones, sólo observando detenidamente cómo esos entes deambulan infinitamente sin sentido, sin salvación, condenados a pasar su eternidad en un lugar que no les corresponde. En esta ocasión, el único que vivirá con este castigo es el edificio. El cascarón de Tadao y las entrañas del equipo de Lenoir caerán después en el platillo de la balanza de la historia, uno como autor y otro como cómplice.


Referencias: