Lástima que sea una puta y mi vida sea la enunciación de la tragedia y el desamor

viernes, 25 de noviembre de 2016 11:37

|Cultura Colectiva





Texto de Elisa Massardo 


Cuando en 1626, John Ford esbozaba “Lástima que sea una puta”, el contexto social y político hacía de la moralidad algo intachable. El bien y el mal, más que causar conflictos, castraban la realidad de manera radical; las mentiras, por tanto, eran algo ineludible e incluso bien visto. La vida, por otro lado, era ­en muchas ocasiones­ un mal complejo de llevar a cabo, y las contingencias, en reiteradas ocasiones, sólo podían alejar de la felicidad.

La felicidad estaba asociada al bien moral y la vida de la mujer a su virtud, siendo la virginidad un tema de vital importancia para concretar aquella alianza matrimonial que convertiría a las jóvenes en mujeres de bien. El hombre, por otro lado, acostumbrado ya a hacer uso y desuso de la vida pública y libertina, podía engañar, reír y mantener conductas en las que la moralidad era un tanto cuestionable. “Lástima que sea una puta”, más allá del tema incestuoso, presenta arquetipos sociales que se mantienen hasta la actualidad, y que hacen de la presentación escénica un cuestionamiento cotidiano.



lástima que sea una puta

Casi cuatro siglos después, el incesto sigue siendo algo prohibido en la sociedad, más allá de las enfermedades físicas o neurológicas que puedan tener los niños producto de esas relaciones, el sexo entre hermanos pareciera ser deplorable. Sin embargo, Giovanni (Nicolás Pavéz) explica en una frase lo hermoso (desde una concepción sublime de la belleza) que puede ser una relación entre él y Annabella (Soledad Cruz  Court), sencillamente por el grado de conocimiento que tienen el uno sobre el otro. La pérdida de aquella virginidad sagrada que la convertía en una joven virtuosa, sería el peor pecado que podría cargar. Que luego, en su vientre, se convertiría en la vida que arrebata a otra vida.

La interpretación de ambos actores comienza en la duda. En el temor, en la fobia social de una situación que se sabe no-aceptada. Pero la pasión irrefrenable de ambos los lleva a cometer aquellos pecados prohibidos. La solución, ante el embarazo innevitable de Annabella (quien ya rehusaba el matrimonio, con sus varios pretendientes), era casarse con un buen hombre. Un buen hombre, para quien, ­como ya se mencionó,­ la moralidad era algo más cuestionable. La mancha sexual que lleva Annabella antes del matrimonio sería la firma de su trágico destino. La enunciación de la tragedia y del desamor se ve con una iluminación y música electrónica; una transformación en el personaje que de ser una joven inocente, ahora es una mujer mentirosa, engañadora: una puta.


la primera vez que me llamaron puta

La violencia, el terror y la condena social. Un reflejo quizás de los abortos clandenstinos que se hacen actualmente en el país; un reflejo de la falsa libertad que promete el sistema capitalista-liberal; un recuerdo a que la moralidad de una sociedad ­varias veces castrada en sus intentos liberadores­ sigue siendo manejada por aquello que está bien.

La puesta en escena de esta obra, meticulosa en la forma, con una escenografía limpia, ordenada y de una materialidad necesaria y sin excesos, muestran la preocupación de la compañía por rescatar del olvido aquellas obras olvidadas, que necesitan ser mostradas como recordatorio, como centro nuevo de reflexión. Lo que alguna vez se escribió, necesita ser releído. Y el terror, que regocija o daña al alma, se logra con los diálogos y actuaciones de una dirección prolija.


***

Hay muchas maneras en las que alguien puede convertirse, socialmente, en un puta. Esta es la historia de Maca, quien cree que la primera vez que se autodenominó “puta” fue a los dieciocho años. La primera vez que alguien la llamó así fue a los quince, cuando salió a comprar algo a la tienda de la esquina y un desconocido la empujó contra la pared y tocó su cuerpo como si fuese el suyo. Si quieres leer mas sobre esta historia, te invitamos a dar click aquí.

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