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María Luisa Dehesa: la primera mujer mexicana que se convirtió en arquitecta pero que pocos conocen

25 de junio de 2018

Alder Hugo Corona Amador.

Te compartimos la brillante historia de María Luisa Dehesa.

La ilusión viaja en Tranvía


Para María Luisa Dehesa, de quien debemos escribir por su contribución y talento.

En parte, y con mucho respeto, para Cristina Pacheco, quien aportó detalles de sus vivencias como foránea en su presentación durante la FIL Minería 2018, los que debí tomar prestados para enriquecer este relato.



María Luisa tomaba el tranvía desde Coyoacán hasta el centro de la capital, ya antes había venido desde mucho más lejos. Su padre, madre y hermanas, la esperaban en Veracruz, cuyo sosiego le parecía lejano desde el tumulto de una extensa red de calles de una ciudad que la desconocía, en la que a momentos se sentía como intrusa. A ratos cabeceaba y sin querer recargaba la mejilla sobre el cristal del carro amarillo que corría por los rieles que conducían a la estación. Al bajar, la explanada se le aparecía como una ilusión de una realidad inerte en el tiempo, los edificios de un pasado insomne se le revelaban, y en la monumentalidad encontraba fascinación. El zócalo la recibía cada mañana, frío, apenas iluminado por las primeras luces del amanecer. Doblaba por la calle de "La academia", veía a las aceras llenarse y entre muchedumbre que se reunía seguía caminando. Los balcones, puertas y ventanas se hacían pequeñitos entre más avanzaba por la senda que conducía a la escuela. Saludaba a una vieja devota que barría el ingreso al templo de Santa Inés. De frente a la universidad experimentaba una sensación de insignificancia. Con valor, entraba a la escuela.


Su salón asignado era prolongado hacia el fondo, con filas de restiradores a los costados, desde la sección superior de uno de los muros, ingresaba la luz del día. María Luisa dejó sus instrumentos sobre una de las mesas, el golpe de las reglas en las tablas producía un eco espectral en el espacio. Se acercó a la puerta de ingreso para mirar el pasillo, vio a decenas de muchachos internarse a una de las salas contiguas, algunos concentrados, rígidos hasta en su postura, otros murmurando a espaldas del instructor y riéndose entre dientes. En su aula, en cambio, había sólo tres personas más, además de ella, todas mujeres. Vio a alguien avanzar por el corredor, llevaba traje, lentes que apenas dejaban mirarlo sin distraerse y parecía firme. María se apresuró hacia su lugar, acabó de ordenar sus utensilios al momento en que escuchó abrirse la puerta y a una voz que deseaba buenos días. Al unísono, sus compañeras contestaron, ella se limitó a volver la vista y mirar hacia la pizarra. Al cabo de unos minutos, el hombre de traje había acabado de escribir sus instrucciones en el tablero, con brevedad explicó las intenciones del ejercicio, acomodó sus gafas de moldura y dejó la estancia.



Muchos años después, María recordaría sus años de formación; había sido una vida enfocada a un talento que desde la más temprana infancia empezaba a brotar. María de ocho años que dibujaba entre las hojas de los cuadernos de su padre, María de 12 que mostraba un talento particular para los razonamientos matemáticos, María de 16 quien pregonaba un descubierto amor por el arte y fue cuando su madre plantó una idea en ella: "sé arquitecta"; y entonces centenares de raíces se hundieron en su imaginación para pensar en los edificios que algún día construiría, en las casas que levantaría la pequeña María Luisa Dehesa, la chica veracruzana con una vocación desvelada; sin embargo, la institución de la que formaba parte parecía desmerecerla y tras acabar un ejercicio sencillo, dado por uno de tantos profesores apáticos al entusiasmo que María poseía por la profesión, esperaba con la mirada puesta en la ventana o la nariz entre las páginas de un libro a que terminara la jornada, y después de otro trayecto en tranvía, en la soledad de la habitación que rentaba en Coyoacán, temía por sus anhelos, y pensaba en que, quizá, los edificios con los que había soñado jamás serían vistos en la realidad.


Su primer día en la ciudad ya había sido una especie de mancha gris, una muchacha sentada dentro de la estación Buenavista, en un espacio debajo de una densa nube producida por el vapor de los trenes que llegaban desde distintos rumbos. El lugar estaba envuelto por una enorme armadura metálica, en cuya superficie resonaban los sonidos de la gente del campo, quienes, como María, venían con una dirección anotada en un papelito dentro de su bolsillo y el ánimo aventurero de explorar lo desconocido. Fuera del edificio, encontró la noche más brillante que había visto en su vida. La avenida Insurgentes Norte le pareció como un camino interminable que llevaba dirección hacia un lejano anochecer. Vio un edificio formado sobre una cuchilla, al borde del camino, una chispa despegaba desde su marquesina y subía para estallar en la punta de un letrero luminoso, le pareció una suerte de acto de magia. Su rostro estaba bañado en un encanto del antes ni siquiera había escuchado: las luces de neón que esclarecían la ruta para los temerosos forasteros, quienes salían de la estación de trenes para empezar a deambular por México, en búsqueda de un pedacito —entre el concreto y la piedra— de auténtica felicidad.



A María no le resultaba parecer tímida, dentro de sí era atrevida, valiente, nunca había sido una mujer desvalida. Había aprendido a montar, usaba el revolver con destreza, trabajaba con el ganado y leía con avidez las aventuras de Buffalo Bill. No entendía el mundo de otra forma más que con arrebato, era la mayor de todas sus hermanas, en una familia en la que escaseaban los varones y las mujeres adoptaban toda clase de faenas; no infería en distancias entre un género y otro. La Ciudad de México la asfixiaba, se sentía confinada en su minúsculo cuarto de azotea en Coyoacán, cuando antes habitó una residencia desde cuyas ventanas se extendía un campo que apenas alcanzaba a ver con totalidad. En los muros de la Academia de San Carlos aprendió a fortalecer sus capacidades, comprendió la dureza de la instrucción y supo que había prejuicios que como la ciudad a ella, sofocaban el pensamiento de algunos. En los días en que tomaba clases con el resto de su generación, escuchaba a los profesores indagar en las opiniones de sus compañeros, nunca con María, iba de cabeza en cabeza saltándose su lugar. Al acabar una de las sesiones se acercó al tutor, quien volteó a ver a la chica apenas de reojo, "¿Por qué nunca me pregunta a mí?", lo interrogó tajante antes de que el hombre sonriera y le dijera, "A usted sólo le puedo preguntar sobre cómo hacer una sopa de fideos". María devolvió la sonrisa, tal como sabía hacerlo, con orgullo, y al verla el profesor sintió su arrogancia desvanecerse, como si no hubiera necesitado pronunciar palabra para hundirlo en lo más recóndito de la apreciación humana, y es que, en efecto, sin producir acaso el más débil de los sonidos, María lo había enviado al diablo.


En 1937 presentó su último proyecto académico, una tesis enfocada en la proyección de un cuartel militar que incluyó viviendas familiares, pensado bajo preceptos sociales. El fin era hacer decrecer el índice de criminalidad entre los hijos de oficiales, quienes crecían sin supervisión paterna, alejados pese a sus lazos sanguíneos debido a que los soldados tenían que permanecer acuartelados por periodos de hasta meses. Con "Cuartel de Artillería Tipo" obtuvo una mención honorífica y egreso de la academia. Fue así como se convirtió en la primera mujer con el título de Arquitecta en México.



María, quien no hallaba consuelo en el vigor citadino, tropezó con un inesperado aliento de nombre Ruth, una estudiante de ingeniería en el Instituto Politécnico Nacional. Contrario a ella, su colega provenía de una arraigada raíz artística; también era ingeniosa y apasionada, dos cualidades que a María le gustaba ver en sí misma. María Luisa Dehesa y Ruth Rivera viajaron juntas a Nueva York, ocultaron billetes en tubos de pasta de dientes para evitar inconvenientes en el aeropuerto. Durante el vuelo hablaron de trivialidades, de la planificación de los días siguientes, de las pinturas del padre de Ruth. Al llegar, de nuevo y después de algunos años, Dehesa volvió a experimentar la pasmosa sensación de fascinación ante lo irreconocible, alguien había elevado una urbe de concreto y acero sobre el dorso de una isla, ante los ojos de la pequeña María se exhibió el futuro. Ningún museo en el mundo hubiera sido capaz de revelarle las ambiciosas aspiraciones del arte de la forma en que lo hicieron las avenidas de Nueva York amuralladas por los rascacielos que delineaban los anhelos del siglo XX.


En México, durante el transcurso de su carrera, María Luisa fue parte de la Dirección de Obras Públicas y de la Unión Internacional de Mujeres Arquitectas, recibía invitaciones para reunirse con sus compañeros de la academia, en alguna cantina o en una función de lucha libre, mismas a las que pocas veces acudió. En otras ocasiones, más íntimas, se sentaba frente a la chimenea de su casa y empezaba a escribir cuentos de seres inanimados, era así porque naturalmente le parecían muy complicados los seres humanos, imposibilitados para mantener conversación interesante; en su vida había entendido mejor a los edificios que a las personas, aún más que a sí misma. Volviendo a los cuentos, uno de ellos, el mejor de todos, diría: "Érase una vez una niña de ojos azules, criada con otras cuatro hermanas en una familia de campo, quien sabía cómo montar, quien usaba las armas de su padre y quien en las noches leía las aventuras de Buffalo Bill…".



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Existen muchísimas más mujeres que se atrevieron a hacer lo que les gusta a pesar de ser criticadas por la sociedad, por esto, estas mujeres te inspirarán a cumplir tus sueños.

TAGS: Feminismo Arquitectura Mujeres
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


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