Vistiendo al mono

Lunes, 17 de agosto de 2015 7:31

|Museo Franz Mayer



Texto por Andrés Paniagua


La cansada tarea de transformar un cuerpo animal en cuerpo humano ha sido siempre fuente de fascinación y rechazo. Más allá de los movimientos a los que hemos imprimido nuestra rúbrica civilizatoria, transformándolos en lenguaje después —caminar erguidos, guiñar un ojo como rito de apareamiento, mover determinados dedos para insultar o a halagar según sea el caso, etc.—, vestir es con seguridad, lo único que realmente nos recuerda a diario, es que somos esa especie autodenominada sapiens. Nada como tensar bien el nudo de una corbata o lucir unas zapatillas tan lustrosas como el cabello recién sometido a tratamiento para sentirse ajeno a nuestros primos genéticos más cercanos. Sin embargo, nuestro afán de humanizar poco tiene de pasivo. Pareciera que, siguiendo el instinto guerrero que subyace a nuestro mundo, intentamos eliminar cualquier rastro de animalidad llegando a extremos tan ridículos como ponerle calzas a los perros, abrigos a los pericos y otorgando simiescos títulos honoríficos a los conocidos más velludos —si no es que en un arranque de malevolencia y mal gusto se les captura para posteriormente exhibirlos en alguna feria ambulante, dando un curioso retroceso a lo bestial.

A pesar de las características humanizadoras de la vestimenta, nunca faltan individuos que, con particular insistencia religiosa, riegan los campos de la moda con el agua del oprobio. A través de regaños y aspavientos intentan anular la comodidad de una falda —especialmente amigable en los días de calor— o la utilidad de un espeso bigote, este último amigo de los climas fríos. ¡Qué mal lucen tales personajes al contradecir los atavíos que portan! ¡Como si ellos pudieran dejar de usar sus prendas favoritas!

Por supuesto, contraargumentos sobran. Bastaría mencionar al Bello Brummel —a quien le debemos la invención del color negro como color de la elegancia, además del concepto de dandi— para entender que el vestir es, contrario a lo que vulgarmente se piensa, el arte de “pasar notoriamente desapercibido” y no sólo una de las tantas necesidades del primate menos adaptado que Natura ha tenido el capricho de parir. Empero, no sólo los famosos por ser famosos han sido capaces de vislumbrar tal hecho; Baudelaire— de quien se sabe confeccionaba sus propios trajes, quizás orillado por la pobreza o por la tremenda obligación de ser un dandi— dejó claro en: El pintor de la vida moderna, que el artista no puede dejar de ver la moda como un indicador de su tiempo, pues de no hacerlo poco podría saber de lo que acaece frente a sus narices. Consecuentemente el propio Oscar Wilde, otro grande del estilo, consciente de su momento afirmó que “el dandismo es la declaración de la absoluta modernidad en la belleza”.

Vemos, pues, que ataviar implica portar, desenvolverse, construirse, ser. Tamaña responsabilidad. Siendo así las cosas, pudiera suscitarse la duda respecto al personal modo de vestir. “¿Seré yo un digno portador del zapato bostoniano?” “¿Podría yo llenar tremendo vestido?” “Estos dreadlocks, ¿dirán al mundo exactamente eso que es debido decir?” Mejor es mantenerse tranquilo ante estas interrogantes y, en cambio, devolver con tanta ironía como se pueda las palabras de Yves Saint Laurent: “¿La elegancia no es olvidar lo que uno lleva?”





REFERENCIAS:
Museo Franz Mayer

Museo Franz Mayer


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