Hace unos días murió Mario Vargas Llosa, uno de los últimos grandes nombres del Boom Latinoamericano, y aunque su fallecimiento sí movió a una parte del mundo literario, el resto de internet… no lloró ni un poco. Más bien, se activó el modo archivo: críticas, escándalos, frases polémicas, peleas con otros escritores y muchos tuits preguntándose por qué se le sigue tratando como intocable.
Y no, no es por falta de respeto a la literatura. Es porque, más allá de sus libros, Vargas Llosa acumuló en vida un historial de declaraciones, alianzas y actitudes que lo alejaron cada vez más de las nuevas generaciones. Lo del Nobel no alcanzó para limpiar la imagen.
Mario Vargas Llosa: El escritor que se volvió meme político
Aunque empezó como simpatizante de la izquierda latinoamericana, con el tiempo se fue derechito al otro lado del espectro político. Criticó a figuras como Fidel Castro y Hugo Chávez —lo cual muchos podrían entender—, pero también se convirtió en defensor de personajes como Margaret Thatcher, José Antonio Kast o Jair Bolsonaro. Sí.
Lo que había que decir de Vargas Llosa lo dijo esta diosa 🪄
— Celeste Murillo (@rompe_teclas) April 14, 2025
También fue un opositor frontal de AMLO, a quien llamó populista y autoritario, y en su momento dijo que México tenía “la dictadura perfecta” gracias al PRI. Hay que decirlo: era igual de tajante con todos, pero eso no evitó que para muchxs se convirtiera en sinónimo de conservadurismo y soberbia intelectual.
De escándalo en escándalo (y de offshore en offshore)
Vargas Llosa se lanzó como candidato presidencial en Perú en los 90, pero perdió contra Alberto Fujimori. Desde entonces se posicionó como una figura elitista, más cercana a las clases altas que a los movimientos sociales. Y luego llegó otro golpe: su nombre apareció en los Panama Papers, vinculado a una empresa offshore con sede en las Islas Vírgenes Británicas. Dijo que todo era legal. Pero la Agencia Tributaria española le cobró casi 2 millones de dólares.
Feminismo, indigenismo y lenguaje inclusivo: todo mal
El feminismo tampoco lo bajó del pedestal, y él tampoco hizo mucho por bajarse solo. En entrevistas calificó al lenguaje inclusivo como una “estupidez” y al feminismo moderno como enemigo de la literatura. Y si a eso le sumamos sus críticas constantes al indigenismo y su visión eurocentrista de América Latina, no es difícil entender por qué fue perdiendo relevancia entre nuevos lectores.
¿Y la literatura? Intocable, pero no impune
Nadie está negando la importancia de obras como “La ciudad y los perros” o “Conversación en la catedral”, ni su defensa de la libertad de expresión. Pero su figura pública ya estaba muy desgastada por una vida llena de frases altisonantes, peleas literarias (como cuando le metió un puñetazo a García Márquez en Bellas Artes) y una imagen de “sabio polémico” que nunca quiso actualizar.
Y bueno, también estuvo su vida amorosa: se casó con su tía política, luego con su prima, y más recientemente fue pareja de Isabel Preysler, con quien protagonizó portadas, exclusivas y un final de telenovela. Todo eso también pesó en cómo se le percibía. El Nobel de Literatura no pudo salvarlo de ser carne de meme.
¿Se puede separar al autor de su obra?
Tal vez. Pero en el caso de Vargas Llosa, muchos sienten que su legado literario terminó siendo opacado por su postura ideológica, sus desplantes y su incapacidad de entender otros movimientos sociales. Y esa incomodidad también forma parte de la conversación.
Al final, lo que pasó tras su muerte no fue falta de respeto, sino un ajuste de cuentas cultural: no basta con escribir bien si lo que dices fuera de tus novelas suena arrogante, viejo y desconectado del mundo.
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