Cuando la música forma parte fundamental de tu vida, inevitablemente hay bandas a las que llegas porque sí o porque otras tantas te arrastran a ellas. Pero, qué pasa con todos nosotros, millennials que fuimos como hijos de agrupaciones que ya no existen. ¿Qué hacemos nosotros con todo eso que nos hicieron sentir? ¿Qué hacemos con todos los recuerdos? Hoy somos como esos niños abandonados que van de casa en casa, de banda en banda esperando sentir ese calor que nos dieron nuestros “padres”.
LCD Soundsystem
James Murphy se volvió mundialmente famoso cuando ya tenía más de treinta años, de eso hablaba “Losing My Edge”, de cómo él estaba antes que todos en el centro del huracán cultural. Le ponía Daft Punk a los chicos que les gustaba el rock y todos pensaban que estaba loco, él sabía más que nosotros desde mucho antes pero aún así no pudo competir con el tiempo. James Murphy disolvió LCD Soundsystem justo cuando se habían convertido en uno de los mejores actos del planeta. Tomó lo mejor de sus ídolos: el humor de David Byrne, el misticismo de Bowie y el ritmo cerebral de Neu! y Can, para crear una fiesta que duraría tres discos espectaculares que reflejan los conflictos existenciales de un hombre enfrentando su madurez mezclados con una frenética base rítmica.
“¿Cuando una banda comienza, piensa en cómo será su separación?” le pregunta Chuck Klosterman a James Murphy durante “Shut Up And Play The Hits”, el documental sobre la separación de LCD Soundsystem en donde se celebra el final de una etapa en la vida de su líder y en la música contemporánea. La pregunta que hace Klosterman en esencia es: ¿Piensas en el destino? Y si lo haces ¿crees que puedes influir en el?, James Murphy tomó las riendas de su carrera antes de que fuera algo más que él. LCD Soundsystem no se trataba de la fiesta o una juventud hedonista, se trataba sobre un hombre tratando de escribir música en un mundo dominado por los jóvenes a los cuales respetaba y a la vez ridiculizaba en sus letras.
James Murphy es el soltero que se casó para saber qué se sentía y sacarse la espinita. Resultó que fue el mejor pero como los grandes se retiró cuando estaba en la cima, dejándonos con un dulce sabor de boca y con una cátedra de cómo reflexionar sobre la madurez y envejecer bailando. Él escapó del sistema, rompió los esquemas del rock, nuestros corazones y convirtió a LCD Soundsystem en algo más que una banda… una autobiografía colectiva.
“I hear everybody that you know is more relevant than everybody that I know. But have you seen my records?”
The Libertines
Fuimos parte de una familia perfectamente disfuncional. Nuestros valores se sostenían sólo en la euforia del momento, en el hedonismo perfumado con la belleza del arte, en la libertad de las sensaciones intensas, de las emociones puras. Crecimos educados por abuelos como Baudelaire, tíos como Renton, hermanastros como Johnny Quid y unos padres muy humanos, tan llenos de virtudes y amor como de odio y decadencia: The Libertines.
Nos enseñaron el valor de una amistad que trasciende las relaciones afectivas, un amor como el que ellos se tenían, tan íntimo que los dos llegaron a invadir la personalidad del otro, y tan intenso que los demonios de ambos, apretujados en su departamento llamado cariñosamente “The Albion Rooms”, tuvieron que huir de sí provocando una oscilación irregular entre Carl y Pete en la que por diferentes situaciones se alejaban y después chocaban igual que moléculas en ebullición cuyo contacto libera una energía frenética tan natural como si nunca antes se hubiesen separado.
Solían resolver las cosas de esta forma: después de grandes pleitos se arrepentían, se prometían lealtad y dedicación a la banda y se les veía inmediatamente felices en verdad, jugueteando y riendo, como verdaderos hermanos. Al cabo de unos días, los problemas regresaban y acontecía alguna otra tragedia en la relación entre los dos principales Libertines. Tal es el caso de la bien conocida historia del reencuentro emotivo de Pete Doherty y Carl Barât el día en que el primero fue liberado de prisión por haber irrumpido y robado el departamento de Carl debido a una pelea con él; o la historia de los tatuajes que muestran en la portada de su segundo disco The Libertines como una especie de “renovación de votos” tras haber tenido una disputa que a final de cuentas regresó.
“Have we enough to keep it together or do we just keep on pretending and hope our luck is never ending” — son las estrofas clave de “Can’t Stand Me Now”, en un periodo en el que se sentía que en cualquier momento la banda iba a colapsar. Está de sobra dar razones por las que finalmente sucedió, y aunque todos sabíamos que iba a pasar, teníamos la esperanza de que ese momento iba a tardar un poco más en llegar. Sí, ninguno de los dos ha desaparecido de la escena —Carl ahora toca con Dirty Pretty Things y Pete con Babyshambles, —pero los extrañamos como The Libertines, y sabemos que a pesar de todo ellos se extrañan mutuamente.
Afortunadamente, la agonía a su regreso ha terminado…
My Chemical Romance
No hablo mucho del amor que tengo por la breve existencia de My Chemical Romance, no por pena, sino porque después de mucha crítica, la gente dejó de sacar el tema y yo accedí aliviado.
My Chemical Romance fue anti-cool, no de esos underdogs que caen bien y se vuelven cool como Weezer, sino una banda extremadamente popular que generó repudio y rechazo por atreverse a ser. Los seguidores de los de Jersey siempre fuimos leales, y tanto ellos como nosotros la tuvimos difícil. Una legión de personas inconvenientes que militó en tiempos de poca tolerancia y desinformación masiva. En los primeros años de los dos miles la palabra “emo” fue muy popular, muchos medios se acercaban a la etiqueta con ignorancia y rechazo, acusaron a los representantes emo en la música de estilizar y promover el suicidio, como en sus tiempos culparon al metal de las masacres en escuelas.
Pero no sólo fueron los medios que le escupieron al emo, también fueron los mismos exrechazados: Los punks odiaron la moda por su emotividad, los hardcore por sus características pop, los góticos porque les robaron el rimel y los emos de antaño se unieron a partir de elitismo. My Chemical Romance no fue la primer banda emo, y siempre rechazaron la etiqueta, pero para bien, fueron su representante más popular.
La violencia hacia fans y banda fue física y emocional. En el Coca-Cola Zero Fest de 2008 llovieron miles de pilas en cuanto MCR tomó el escenario, la gente esperaba a Billy Corgan y sus Smashing Pumpkins, los no cool más cool. Hubieron golpizas en plazas públicas y los abusos se gestaron en medios y escuelas, sobre todo para los hombres, que arrastramos comentarios y acusaciones sobre orientación sexual con una carga sumamente negativa. A pesar de todo, MCR triunfó y nosotros triunfamos.
Sus himnos se mantienen innegables, algunos cobraron más sentido por su separación (“Black Parade”), otros se convirtieron en marcas eternas de lo confusa y risible que puede llegar a ser adolescencia (“I’m Not Okay’, ‘Teenagers”). En retrospectiva, su discografía es muy respetada por los críticos, fue una carrera fugaz y explosiva que, mínimo a mí, me alejó del snobismo (tantito) y me permitió construir una personalidad basada en el “no me importa un carajo si soy cool o no”, siempre preferí y preferiré a MCR sobre Sunny Day Real Estate, y si salga bien parado o no de una plática entre clavados, me es indiferente.
My Chemical Romance anunció su separación en 2013, tres años después de su último disco de estudio. Fue inesperado mas no generó ruido, después de tantos años, el silencio nos favoreció a todos. Marchamos sin mirar atrás con una sonrisa en la cara; sobrevivimos, crecimos y ganamos.
The Rapture
De todos los hijos de bandas divorciadas, yo soy la más reciente. The Rapture anunciaron su separación este pasado Marzo. Bueno, el Red Bull Music Academy lo hizo por ellos, ya que ni Luke Jenner ni compañía mandaron nada oficial, sólo dieron un escueto anuncio: “I Kept thinking it might blow over, but that might not be the case. Feel free to go to press with this headline: “Did The Rapture Break Up And Not Tell Anyone?
La banda más viva del dance-punk, sólo nos duró 15 años de romance y cuatro discos. En especial, el “Echoes” me salvó la vida en una de las peores rupturas amorosas que tendré en toda mi vida. Me refugié en la esquizofrenía auditiva que me provocaba ir manejando en carretera rumbo a Acapulco con ese disco a todo volumen. Ida y vuelta. Ida y vuelta. Y esta no sería la primera vez que The Rapture estaría presente en mis desgracias. “Sail Away” (que viene en el “In The Grace of Your Love” 2011) sería una de las canciones que puse en un mixtape dedicado a alguien. Y ese alguien, como la canción, zarpó sin mí.
The Rapture fue una de las bandas que más vi y disfruté en vivo. Siempre fueron un pretexto para asistir a festivales tan mal organizados como el Manifest, o entrar con una pulsera falsa a una fiesta privada en el edificio de lo que era Class, en la Condesa para verlos. En las dos, tuve grandes momentos con gente que quise mucho. Lo peor y lo mejor lo tuve con The Rapture sin esperarlo ni buscarlo. Y de esos recuerdos me quedo como ellos lo dijeron, con las “Pieces of the People I Love” (2006).
“Echoes” (2003) está clasificado como uno de los mejores discos de la década y The Rapture revivió la escena dance-punk. En el transcurso de los años, colaboró con Danger Mouse, Daft Punk, y hasta Justin Timberlake. El legado que han dejado es mezclar como nadie lo Indie con lo punk e hicieron que el house y el disco fuera trendy y chic. Fueron lo que siempre quisieron ser: una banda sin pretensiones, una banda de art-rock y los despedimos con honores y como ellos me enseñaron, con “Don’t Ever Look Back”.
R.E.M
La que fuera considerada una de las primeras bandas del rock alternativo; dejó huérfanos a quienes encontraban en las notas alocadas de Peter Buck y la inusitada voz de Michael Stipe, un santuario en el que el rock, el folk y el punk se fusionaban a la perfección y lograban una armoniosa danza al compás de las notas del impetuoso grupo.
A 30 años de música le pusieron punto final en una clara demostración de que incluso las grandes leyendas del rock en algún momento conocen su desenlace, difícil pensar que una frase tan aniquiladora como “el momento ha llegado” podría terminar abrazando a un grupo que se percibía inmortal tras poco más de tres décadas en escena.
“¿Y ahora qué?” fue la duda que asaltó a Michael Stipe tras reflexionar sobre la reversión de sus antiguos éxitos, que componían el que sería el último álbum de la banda “Trabajar con nuestra música y nuestros recuerdos por más de 3 décadas fue un gran viaje. Tomamos esta decisión juntos, el momento se sentía perfecto” fueron las frases con las que dejaron a la deriva a sus fieles seguidores desde hace más de 30 años, quienes encontraron consuelo en algunas de las rolas más importantes de la banda, que eso sí, ellas vivirán por siempre.
Poco queda después de que una banda de esta naturaleza quede disuelta, tan sólo darse el gusto de evocar los buenos tiempos y sus grandes éxitos, pues un suceso como R.E.M es algo casi imposible de volver a atestiguar, al menos en esta vida. Rememorar R.E.M es regresar a esa época ochentera y dejar que la mejor faceta del grupo nos permita reencontrarnos con el verdadero rock hecho arte.
The White Stripes
Cuando terminas con alguien y quieres ahorrarte explicaciones el “No eres tú, soy yo” siempre será la razón por demás gastada hasta que haya una respuesta que le quite todo argumento válido que pueda tener. Cuando las explicaciones a terceros son las que se quieren reservar es usada “Por cuestiones irreconciliables”; esta última fue la que eligieron The White Stripes, la banda de rock garaje, sucio y rasposo que marcaron los 90 cuando decidieron dejar de lado el éxito. Y cómo reprochárselos si quizás esas “cuestiones irreconciliables” eran genuinas, pues no sólo compartían el escenario, compartían una relación y su vida al 100%.
The White Stripes fueron la primera entrada al rock de aquellos que comenzaban a dejarse llevar por riffs de guitarras y las cadenas de televisión, aún eran la entrada para descubrir un mundo nuevo e inmenso como el video de “The Hardest Button to Botton” dirigido por Michel Gondry. Esos 3:32 minutos serán por siempre los más especiales del 2003.
No hay mejor equivalencia para este caso artista-fan que todo el drama que conlleva un auténtico divorcio, por supuesto que los fan fuimos los hijos que quedan en medio de ambas partes sin saber a dónde o a quién mirar llenos de incomodidad. Cuando esto sucede en la vida real las víctimas no son los corazones que se separan, son los que se rompen con la noticia.
La decisión era obvia, nos quedaríamos con el padre; con Jack, él siempre vislumbró ser el cool de la historia y podría prometernos un refugio especial, uno inimaginable. Así llegó The Raconteurs y después The Dead Weather. La vida que él nos ha dado tiene matices oscuros, grisáceos, nublados pero acogedores aunque el negro y el rojo siempre le serán especiales e inolvidables. Qué maravilla que llegaran a casa las visitas de Keith Richards, Danger Mouse, Daniele Luppi y hasta Bob Dylan.
6 discos, 14 años y los nervios alterados de Meg, más su falta de interés -o dispersión mental- es la única herencia que cuidamos celosamente. Third Man Records es la casa que también aprendió a prendido a vivir con su ausencia, total, ella se fue y aceptó la separación por salud y respeto, así que por eso mismo hace unos años con una posible reunión de inmediato le puso fin a la idea manteniendo un buen recuerdo a poderle dar una segunda oportunidad a algo que ya ni siquiera les pertenece a ellos, The White Stripes es de nosotros.

