7 claves para aprender a relacionarnos con los demás y perder el miedo

Jueves, 17 de mayo de 2018 16:54

|Alina Dorantes-Rodríguez
comunicacion interpersonal

Desde antaño se ha afirmado que somos seres gregrarios en un cúmulo de pequeños mundos o percepciones, mismas que configuran redes cada vez mayores, que dan como resultado el globo terráqueo al que pertenecemos y no, pues en teoría habríamos de practicar las nociones de comunicación que nos han legado algunos teóricos en la materia, tal como en la obra Teoría de la Comunicación Humana, de Paul Watzlawick, Beavin y Jackson (1945); sin embargo, lamentablemente no ocurre de tal modo, ya que en la sociedad es este sólo un sector de personas dedicadas a esas temáticas como: sociólogos, psicólogos, antropólogos, politólogos, mercadólogos, entre otros, quienes puede que sí lo lleguen a aplicar en su día a día.


Punto importante, pues esta es sólo una muestra representativa que excluye a algunas instituciones, debido a que se ocupan más en brindar menores herramientas de socialización a aquellos que sólo optan por dedicarse a un plano científico exacto. Con ello, de ninguna manera se expresa una desacreditación, ni un favoritismo frente a lo social, ni lo empírico. Sucede de manera contraria. Para ello, es necesario que se integre durante una formación de tronco común la rama psicológica, que no se soslaye la filosófica y sean aportados fundamentos de comunicación y habilidades sociales. Seguro nos cuestionaremos el porqué, cuando si bien entendemos que el mundo evoluciona con mayor velocidad, se hace cada vez más necesario interactuar con las personas tanto dentro de la familia de origen, elecciones de pareja, amistades —o que describimos como la familia que sí tenemos la oportunidad de elegir—, y finalmente las inevitables conexiones humanas para las transacciones cotidianas indispensables.


Sin embargo, esto se dice demasiado fácil. Quienes ejercemos la psicoterapia es común que escuchemos sobre el Síndrome de Burnout, que lo definen Quiceno y Vinaccia (2007) como una respuesta de estrés crónico, agotamiento y despersonalización, derivados de la creencia de que sus capacidades de afrontamiento son excedidas por la presión laboral. Por ello, no cae de extraño que lleguen personas con insomnio, estrés o temblores, esto es debido a que en distintas ocasiones, más que una saturación por cantidad aparentemente exhorbitante de deberes, se trata de una distorsión cognitiva llamada maximización —entre muchas otras que pudiéramos enumerar—, que en un ambiente laboral cotidiano puede derivarse de la agresividad o pasividad al momento de expresar o recibir simples órdenes, elogios, peticiones e incluso inconformidades. ¡Cuán complicado puede resultar esto al no darle el justo valor a las palabras!


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De igual manera, muchos autores y conferencistas contemporáneos nos plantean el concepto de asertividad, que contrariamente a una comunicación agresiva o pasiva se trata, según Da Dalt y Difabio (2002), de sólo expresar todo aquello que uno suele pensar, sentir o creer, con la justa efectividad al comunicarlo; teniendo en cuenta la existencia de que el otro de igual manera experimenta, vive, siente, opina, cree y es susceptible a la ansiedad o estrés a raíz de las palabras que emitimos. Por último, es importante mencionar el miedo, que si bien para el lector no será en este momento expuesta la clasificación de fobias y ansiedades, tal como lo marca la psicopatología, me permitiré más parafrasear a Bucay (2009) en su obra De la autoestima al egoísmo, en la que enmarca que el miedo evidentemente surge a raíz de la percepción de un peligro objetivable, que nos genera un estado de alarma, crea en nosotros diversas respuestas frente al mismo, y es de esta forma que bien lo menciona:


"En principio, para resolver un miedo suele ser conveniente, si esto es posible (...) tener la situación temida frente a nosotros, allí, a la mano. Por lo dicho, puedes entender que este es un recurso que me permitirá volverla una amenaza real. Verla, tocarla, olerla, oírla, para luego enfrentarla".


Es justamente eso lo que necesitamos al establecer vínculos humanos: enfrentarlos. Pero es muy sencillo ver sólo lo que el otro hace para generar conflictos, como los mensajes ambivalentes que nos llegan a poner en un estado ansioso o dubitativo, desembocando en llanto o en una erupción volcánica de furia. Por lo cual, me adjudico la oportunidad de sugerir al público siete claves para vincularnos con las personas y perder el miedo:



1. Cuidar nuestros silencios


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Paul Watzlawick, en sus axiomas, menciona que todo silencio es capaz de comunicar. Es decir, mediante nuestros gestos, movimientos y actitudes también somos partícipes de una dinámica de interacción, por lo que es necesario hacernos conscientes de las emociones que experimentamos. Es decir, volvernos capaces de identificar si nos hallamos tristes, enfadados, asqueados, temerosos o contentos. De este modo, podremos notar nuestros movimientos corporales y faciales. Saquemos un espejo e intentemos observarnos cuando ubiquemos nuestra emoción. Seguro que con esto contribuiremos a comunicarnos mejor.



2. Identificar dobles mensajes


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En la comunicación humana Gregory Bateson retoma la Teoría de los Tipos Lógicos de Bertrand Rusell, y para ser breves,

menciona que un doble mensaje es así:

a) Un mensaje emitido con una intencionalidad.

b) Otro mensaje emitido con una intencionalidad contraria al anterior.

 Además de una consigna que, corresponde a que ambos son emitidos simultáneamente, confunde al receptor del mensaje para hacerlo sentir que en automático ha perdido el juego —comunicacional y relacional, por supuesto—.



3. Evitar los dobles mensajes


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Bien hemos escuchado del Síndrome de Estocolmo —que consiste en enamorarse de la piedra con la que se ha tropezado—, y peor aún: ¡quedarse allí! Por ello, cuando hemos ya identificado que nos hablan de una manera confusa, en el que si uno hace algo, seguro estará mal, pero si se hace lo contrario, de igual forma será incorrecto.


Para ello, sólo nos resta romper con esto. ¿Cómo? Muy fácil. Imagina que tienes una aspiradora cuyo ruido no te deja escuchar y te genera enfado. Las opciones son apagarla o desconectarla. Esto se puede llevar a la práctica al poner en marcha una actitud de retirada que cierre el discurso, aunque abrir la posibilidad de dialogar cuando exista mayor calma. Y por sobre todas las cosas: considerando la Otredad; todos somos distintos.



4. Reconocer los patrones de un doble vínculo


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Efectivamente, una parte muy importante es saber a qué nos referimos con un doble vínculo; sin embargo, ubicarlo en el día a día será de vital importancia:

Querido, te he comprado un par de corbatas. Ponte la que gustes para ir al bautizo de tu sobrina.

Madre, muchas gracias. Ya me he puesto la roja, ¿luzco atractivo?

Ay, hijo, ¿qué no pudiste haberte puesto la gris, mejor?

 


5. Reestructurar cognitivamente la situación


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La reestructuración cognitiva es una técnica terapéutica que consiste en redefinir la situación. Por ejemplo:


Pensamiento inicial:

Esteban, mi compañero de cuarto, es un absoluto imbécil, pues dice que no ha gastado tanta luz, aunque la ocupa toda la madrugada. Me representa un gasto y creo que es incomprensivo. Me hace enfurecer.

Pensamiento reestructurado:

Esteban no es necesariamente incomprensivo. Sólo tiene hábitos muy distintos de los míos. Me representa mayor gasto que él consuma tanta luz por la madrugada; sin embargo, creo que no debo enfurecer por eso, debemos dialogarlo y llegar a un acuerdo monetario para pagar la renta del servicio.


De esta manera, una emoción negativa puede bloquear nuestra capacidad de resolución de conflictos. Pero si consideramos al otro, al igual que a sus necesidades y a las nuestras, podremos tener mayor claridad y asertividad. Esto, en definitiva, nos colocará en una postura con la que podremos proponer y resolver, en vez de paralizarnos y convertirnos en presas del miedo a la reacción, o de las poco predecibles palabras, en ocasiones, que el otro pueda tener respecto de nuestras peticiones o inconformidades.



6. Tomar las riendas


O como también decimos "tomar el toro por los cuernos". No es más que responsabilizarse del hecho de programarnos mentalmente para creer que somos capaces de resolverlo.



7. Romper con los patrones comunicacionales dobles


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Esta clave es muy similar a la del punto tres con la diferencia que en ésta no basta con "apagar la aspiradora", sino radica en que pensemos en aquellas palabras pacientes y comprensivas que anhelamos otros empleen al solicitarnos algo, que no nos generarían miedo o sentimiento de incomprensión. Ahora hagámoslo con los demás. Funciona en cadena.


Es un hecho que no controlamos lo que otros piensen o la forma en la que sean reactivos frente nuestras acciones. Lo cierto es que si nos hubieran enseñado algunas pautas de comunicación más asertiva y sana, en nuestras interacciones no imperaría el temor al otro, habría mayor colaboración y entendimiento. ¿Estamos dispuestos a comenzar a ponerlo en práctica? Probemos.


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¿Eres feliz? Si has dudado en responder esta pregunta, aquí te compartimos 10 cosas debes cuestionarte antes para descubrirlo.


Alina Dorantes-Rodríguez

Alina Dorantes-Rodríguez


Escritor
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