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La primera vez que cobré por sexo

27 de septiembre de 2018

Cultura Colectiva

¿Qué se siente cobrar por sexo por primera vez? Lee esta entrevista con una chica que lo ha experimentado.

Texto escrito por: Daniela Herrera



“La estudiante definitivamente no luce como un demonio sexual, y aún de haberlo intentado, no tiene forma de hacerlo. Su rostro tiene facciones aniñadas; su cuerpo, pocas curvas. Viste jeans ajustados y una camiseta blanca genérica. A pesar de ello, ha cobrado por citas una centena de veces”.


Ese día acordamos encontrarnos en la biblioteca de nuestra escuela. Nos conocíamos desde antes pues me había permitido entrevistarla para una tarea de clase de periodismo. El relato de nuestro primer acercamiento – que me permitió enterarme de sus actividades extracurriculares – no es realmente importante para esta historia.





Es una estudiante a punto de graduarse, casi como yo, que me he graduado hace poco. Somos de la misma edad, siendo ella menor por apenas unos cuantos meses. Podría decirse que incluso físicamente nos parecemos un tanto: delgadas, 1.55 en tenis, perdidas dentro del promedio: bonitas, pero nada fuera de lo común.


La primera vez que acordó verse con un hombre que había conocido en una app de citas por conveniencia fue hace ya un par de años; hoy incluso tiene que hacer cuentas mentales para recordar la fecha con mediana exactitud: “Fue en el 2016, de esto estoy bien segura porque comenzó tras terminar con mi ex novio. ¿El mes? No lo sé. Recuerdo haber creado mi perfil en la aplicación y dejarlo en desuso por un buen rato. Creo que nunca me voy a acordar de la fecha exacta en que salí con un hombre que me pagó por hacerlo, pero lo que sí, es que me acuerdo perfectamente de él”.


Ella me cuenta que ese día caminó por uno de los pasillos de la escuela sintiendo como las piernas le temblaban. Era su primera vez, y como suele suceder en las primeras veces, los nervios la habían arrinconado: “Consideré más de una vez cancelar, pero eso habría sido grosero. Además, aunque no recuerdo las razones exactas que me llevaron a crear mi perfil en la app, en algún momento pensé que era una buena idea. De otra forma no lo hubiera hecho, supongo. Así que no podía simplemente dejar pasar esa oportunidad a causa de los nervios o las dudas”.





Le pregunto entonces si aquel martes – ella me ha dicho que muy probablemente era ese día, pues era en el que más horas muertas tenía entre clase y clase – estaba asustada de iniciarse como escort. De inmediato recibo de vuelta una mueca y una mirada confundida. Me doy cuenta de que ha sido error mío: le he llamado por un título con el que no se identifica y que probablemente considera ofensivo. Aprovecho entonces para preguntarle qué piensa de ese término. Ella levanta los hombros: “No lo sé. Ser escort es básicamente lo mismo a ser prostituta. No creas que es algo que no pensé antes de decidirme por hacer esto por primera vez. Sí lo hice, de hecho, le di muchas vueltas”. Ella afirma que mientras esperaba la hora en que había acordado encontrarse con su cita, e incluso buena parte de la noche anterior, había estado pensando en que tan lejos estaba lo que planeaba hacer con prostituirse.


No importa cuánto lo piense, siempre termino concluyendo que ser “escort” – ella hace comillas en el aire – es lo mismo que ser prostituta, sólo que suena menos agresivo”. 


Yo la escucho y termino por darle la razón. “Escort” es una manera de eliminar la connotación negativa que históricamente ha tenido la palabra “prostituta”. En la Edad Media, las mujeres dedicadas a dicho oficio se reconocían entre ellas y ante posibles clientes gracias a ilustraciones de súcubos que se hallaban grabadas en las puertas de sus casas o negocios. Y ¿qué son los súcubos? Demonios. Específicamente, demonios con lujuria interminable encargados de drenar la energía vital de los mortales, convirtiéndolos después del sexo en poco más que sacos de piel y huesos. 





Le digo ese dato curioso, que hasta ese momento había considerado inútil saber, y le provoco una mezcla de risa y repulsión. La estudiante definitivamente no luce como un demonio sexual, y aún de haberlo intentado, no tiene forma de hacerlo. Su rostro tiene facciones aniñadas; su cuerpo, pocas curvas. Viste jeans ajustados y una camiseta blanca genérica. A pesar de ello, ha cobrado por citas una centena de veces.


Me cuenta que Alex – su primera cita – le dijo que se había fijado en ella principalmente por ese hecho. Ella era una estudiante cualquiera, y tal simpleza lo llevó a imaginar lo que una chica como ella – “normalita”, como él mismo había dicho – le haría tras conocerlo en un bar. Tal vez mucho, tal vez algo, tal vez nada. Para Alex todo se trataba de cumplir una fantasía bastante común. 

Para la suerte de ella, él también resultó ser un tipo bastante normal. Incluso, un egresado de la misma universidad que nosotras; sólo que una decena de años antes.


Ella me dice que en las citas por conveniencia la diferencia de edad que existe entre la mujer y el varón suele ir entre los 10 y 25 años. “Él tenía 32, creo, y lucía bastante joven. Me recogió en un coche negro que estacionó dentro de las instalaciones de la escuela. Me dijo que había usado su credencial de ex-alumno para entrar y de inmediato le creí. Tenía toda la pinta de niño salido de universidad privada: güerito de ojo verde con acento fresón. Ya no recuerdo que estudió ni a que se dedica, pero recuerdo haber pensado que le iba bastante bien. Su coche era un deportivo y su reloj lucía caro. Alex era todo lo que yo había pensado iba a ser, sólo que más joven, más simpático y más como yo”. 


Me cuenta que fueron a un hotel cercano a la universidad y no me da más detalles. Me dice que no sucedió allá adentro nada digno de remarcar y que tras aproximadamente una hora ya se encontraba de nuevo ante las puertas de la escuela, lista – y hasta con tiempo de sobra – para llegar a su siguiente clase. De igual forma, aunque la experiencia no fue tan peliculesca como ella esperaba, cobró lo acordado. Duda entre si fueron $2,000 o $3,000, pero después de tan poco tiempo con un chico que pudo ser su vecino de pupitre, sintió que había sido dinero fácil.





No estoy diciendo que lo sea siempre ni que sea un trabajo para todas,” corrige de forma casi automática el uso de aquella palabra: “una actividad para todas. O todos. Ese día fluyó con más delicadeza de la que yo esperaba y definitivamente me impulsó a seguir en este mundo. Pero tampoco estoy aconsejando a nadie que lo haga”. 


Me afirma que tiene muchas más historias que contar y yo le creo. Me dice que puedo hablar con ella cuando quiera y que puedo escribir lo que desee con la condición de que no revele ninguna pista de quién es y de que no la juzgue.  

No lo hago, así que acepto. Me muero por escuchar todo lo que tiene que decir.


Descubre también las cosas más extrañas que se han encontrado en una vagina y por qué seríamos más felices si habláramos abiertamente sobre la masturbación femenina.

TAGS: Sexo Periodismo crowdsourcing
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