Llena de miedo y angustia: cómo es ser mujer en México

Llena de miedo y angustia: cómo es ser mujer en México

Por: Kate Nateras -

Despierto, sé que es el comienzo de una nueva aventura; el sol ha salido, me han llegado mensajes de buenos días de mis amigos y de mi novio. Me levanto y escucho la voz de mi mamá diciéndome que el desayuno está listo, huele riquísimo, por cierto. Mi papá ya se va a la oficina y me da un beso en la frente, me desea un buen día y me abraza. Desayuno con mamá, platicamos y no me imagino mi vida sin ella. Me alisto, ¿falda o pantalón?, pienso. Elijo el pantalón por temor de que viajaré en el metro.

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Salgo de casa, le doy un beso a mi madre, sin pensar, sin ni siquiera imaginar que podría ser el último. Guardo el celular en la blusa por miedo a que me lo vayan a quitar, camino hasta llegar a la estación de metro más cercana, me subo. Un hombre me mira de pies a cabeza. Cree que no me doy cuenta. Lo miro y no quita sus ojos de mi pecho y de mis piernas. Me da asco, pero también me da miedo. Llego a mi destino, el trabajo, subo las escaleras y mi jefe me pide que pase a su oficina; me invita a salir por quinta vez, y también es quinta vez que le digo que no. Por ello, mi compañero –hombre– que tiene el mismo puesto que yo, recibe todo el reconocimiento del trabajo que yo hago, incluso gana más que yo aunque tengamos las mismas funciones.

Me acerco con mis “compañeros” a la hora de comer, hablan de sus relaciones y de sus novias, ellos dicen que las mujeres deberíamos quedarnos en casa a cocinar. También dicen que celan a sus novias porque las quieren que, incluso, les gritan porque tienen miedo de perderlas. Pero también dicen cosas como “ella no se va de mí porque sabe que nadie le va a dar como yo”. Me angustia lo que puedan estar pasando esas chicas en sus casas. Me angustian esas mujeres.

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Llega la hora de la salida, mi novio pasa por mí. Me pregunta que quién era el hombre que iba junto a mí, le digo que nadie y él no me cree. Peleamos, dice que me ama, pero yo no le creo. Me dice que debería salirme de trabajar para que nos casemos y vivamos juntos. Me dice que él me va a mantener y que no es necesario que continúe en la oficina, menos que siga estudiando. Yo no quiero, quiero crecer, quiero llegar lejos, quiero tener mi dinero, mi independencia, mi propia casa. Yo no quiero hijos, no me quiero casar, yo quiero ser libre.

Me lleva a casa, yo ya no quiero estar con él. Lo cortaré mañana, no hay duda. Subo las escaleras, mis padres ya me están esperando y cenamos juntos, me cuentan su día, les cuento el mío. Les platico sobre el hombre del metro, ellos me dicen que lo ignore, que los hombres son como animales y que por eso me miraba de esa forma. Les dije que eso no justificaba que me haya acosado, pero dicen que no exagere y que no permita que eso me afecte. Me afecta, más de lo que se imaginan.

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Prendemos la tv. Las noticias suenan y hablan de un nuevo feminicidio, con éste van tres. ¡Qué perro miedo!, pienso. Mañana podría ser yo. El comunicador dice que la mujer fue violada también y que iba saliendo de una fiesta, tenía olor alcohólico y que su agresor había sido su conductor de taxi privado por plataforma. ¿A mí qué me importa si olía a alcohol o no? Quiero saber qué pasó con el infeliz que la mató. Quiero saber cómo la plataforma se hará cargo de que uno de sus conductores haya matado a una mujer… otra vez. Quiero saber qué harán las autoridades, qué hará el gobierno. Quiero saber qué castigo recibirá ese maldito violador asesino.

No lo informan. Sin embargo, sí dicen que para qué la víctima salió tan tarde de la fiesta y que, seguramente, como bebió alcohol, eso la expuso. La noticia ya estaba en redes sociales y en los comentarios, los usuarios ponían que ella tenía la culpa por haberse ido de peda. Que seguramente se le había insinuado y eso fue lo que se ganó. Que seguramente andaba de zorra. Dios, me dieron ganas de vomitar. Es hora de dormir, aunque lo haga con miedo, preocupación y tristeza, debo dormir porque mañana tengo que trabajar.

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Despierto, sé que es el comienzo de una nueva aventura; el sol ha salido, me han llegado mensajes de buenos días de mis amigos y de mi novio. Me levanto y escucho la voz de mi mamá diciéndome que el desayuno está listo, huele riquísimo, por cierto. Mi papá ya se va a la oficina y me da un beso en la frente, me desea un buen día y me abraza. Desayuno con mamá, platicamos y no me imagino mi vida sin ella. Me alisto, ¿falda o pantalón?, pienso. Elijo el pantalón por temor de que viajaré en el metro... un día más sin poder estrenar esa falda nueva que me acabo de comprar.

Salgo de nuevo, mujeres se reunieron para marchar por aquella y todas las mujeres muertas. Amo verlas protestar, alzando la voz, representándonos a todas, representándome a mí y a las que han callado. Gritan, cantan, pintan, destruyen. Las noticias y la redes sociales sólo hablan de eso. “Reboltosas” les llaman. “Pinches feminazis, vayan a hacer su desmadre a otro lado”, “pinches mujeres, váyanse a la cocina mejor”. Los programas de tv dicen que “esas no son formas de protestar”, dicen que nadie odia a las mujeres, al contrario. Dicen que somos exageradas, dicen que no es para tanto.

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Qué rabia, qué coraje. El país en el que vivo es feminicida y nadie se da cuenta. Qué rabia, qué coraje. Qué perro miedo me da sólo pensar que mañana puedo ser yo, mi madre, mi mejor amiga, mi vecina… y que nadie hará nada. Que esas “reboltosas”, como tú les llamas, serán las únicas que van a buscarme y a pedir justicia y que todos los demás las van a ignorar.

Cae la noche, es hora de salir del trabajo. Me quedé horas extras porque mi jefe me mandó documentos de más. No me las pagarán. No quiero pedir un carro, me da miedo, pero también me da miedo irme en metro. Camino algunas calles para llegar al metrobús. Siento que alguien me sigue, lo escucho respirar. Camino más rápido, no quiero voltear. Lo escucho, está detrás de mí. Pienso en mis papás, pienso en que, quizá, no volveré a escuchar su voz.

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No, tengo que salir de aquí. ¿Qué hago? Estoy temblando de miedo, las piernas no me responden, me siento cansada. ¿Qué hago? Me toma de la mano y me jala, no lo reconozco. Sus ojos quedan clavados en mi mente: grandes y café oscuro, además, tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, son unas estrellas.

Me dice que estoy muy guapa, que lo acompañara a otro lado. Le digo que no. Me vuelve a jalar del brazo, le digo que me suelte. Se acerca otro hombre. Éste es grande y usa lentes. Los dos me agarran y me golpean. No sé dónde estoy. ¿Qué ha pasado? Entre sueño, escucho sus voces diciéndome que me quitarán la ropa, diciéndome que estaba ‘rica’. Diciéndome que lo iba a disfrutar.

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Yo no merezco este infierno, pienso. Quiero morirme. Arrebatan el botón de mi pantalón, siento sus manos recorriendo mi cuerpo, todo. Sus manos estaban dentro de mi blusa. Yo no tengo fuerza ni para gritar. Uno de ellos me vuelve a golpear. Sin embargo, sigo sintiendo cómo abusa de mí, sigo sintiendo sus manos en mis piernas, su asquerosa boca en mi cuello. Sigo sintiendo cómo me arrebata mis sueños, mis planes, mi vida entera. Sigo sintiendo cómo me viola.

Despierto, no es un nuevo día y tampoco el inicio de una nueva aventura. No salió el sol, no escucho las voces de mis papás y tampoco huelo el desayuno de mamá. Sin embargo, estoy en casa, veo a mi madre llorando hablando por teléfono diciendo que yo no había llegado a casa, las vecinas dicen que seguramente me fui con el novio. Mi papá gritándole a un policía para que hiciera algo, que es su hija la que está desaparecida. Estoy aquí, decía, pero nadie me escuchaba.

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Reviso mi cuerpo y mi ropa; está limpia y no me duele nada. No tengo marcas. Estoy bien, sin embargo, me siento rota por dentro, siento que me han quitado algo. Mi vida. Escucho que dicen que encontraron un cuerpo y que coincide con mis características. Sí soy yo. Las autoridades les dicen a mis papás que me hallaron golpeada, con la cara desfigurada, con las piernas rotas y mi sexo destruido. Mamá pregunta que quién fue el infeliz que me hizo eso y le responden que no saben. Quiero describirle los ojos de ese hombre, su tatuaje; quiero decirle la estatura del otro, describirle el tono de sus voces. Pero nadie me escucha porque, esta vez, me tocó a mí.

Hoy ya no escucho la voz de mi mamá, ni siento el beso de papá. Hoy ya no tengo la oportunidad de renunciar a mi trabajo, de seguir estudiando, de cortar con mi novio. Hoy ya no puedo estrenar mi falda nueva. Ya no puedo ver a mis amigos y ya no puedo salir a buscar un futuro mejor. Mi país feminicida me mató. Me mató y yo no iba saliendo de una fiesta, yo no olía a alcohol, yo no me le insinué a nadie. ¿Ves cómo no tiene nada qué ver cómo vestía, dónde estaba y qué hacía?

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Hoy me arrebataron todo. Hoy abusaron de mí. Me quitaron mis planes, me arrebataron lo único que quería: mi libertad. Me quitaron mis ganas, mi aliento; me arrebataron mi piel, me separaron de mi familia, destruyeron mi cuerpo. Me separaron de todo. En minutos destruyeron todo lo que había dentro de mí. En minutos acabaron conmigo y nadie está haciendo nada.

Me acosaron, me hicieron menos por ser mujer, me querían controlar y callar, me violaron y me mataron. Hoy abusaron de mí, hoy me quitaron la vida. Hoy me callaron. Eso es ser mujer en México.

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