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Razones por las que el amor se ha vuelto efímero y narcisista según la Filosofía

1 de marzo de 2018

Cultura Colectiva

El actual miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas, nos llevan a una huída ante el sentimiento.



Las voces de Zygmunt Bauman y Gilles Lipovetsky son trascendentales e importantísimas para entender el mundo actual. Y, lamentablemente, hace apenas poco tiempo se apagó una de esas voces, la de el polaco Zygmunt Bauman, recio crítico de la sociedad contemporánea, individualista y despiadada a la que definió como la “modernidad líquida”; aquella en la que ya nada es sólido y todo es pasajero. No es sólido el Estado-nación, ni la familia, ni el empleo, ni el compromiso con la comunidad. Y hoy “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos sólo hasta nuevo aviso”.


Bauman era todavía un niño cuando su familia se vio forzada a mudarse a la URSS tras el ascenso del nazismo. El joven Bauman se enroló después en la división polaca del Ejército Rojo, lo que le valió ganarse los honores en 1945. Después de la guerra, pudo volver a Varsovia, casarse con Janina Lewinson —sobreviviente del gueto de Varsovia, también escritora y su compañera hasta su muerte en 2009—, y compatibilizar su carrera militar con los estudios universitarios, además de la militancia en el Partido Comunista. El disgusto llegó cuando tuvo que abandonar de nuevo su patria por el regreso del antisemitismo, durante las purgas desatadas en Polonia en 1968.





Bauman fue un ferviente crítico de la posmodernidad y en los años 80 acuñó el término de “modernidad líquida”, en el que sobresalía un consumismo en el que todo es flexible y capaz de adaptarse al molde político o social que lo contiene; en lugar de hacer como las generaciones anteriores, en las que los valores y dogmas eran algo sólido. Nada es permanente ni fijo, ni siquiera el amor. En el mundo de la modernidad líquida las cosas no se pueden mantener ni fijas ni sólidas, están en constante cambio y son efímeras. Es un mundo provisional, loco por las novedades y agotador, que potenció la búsqueda de las satisfacciones más inmediatas. ¿Pero qué significa flexibilidad para Baruman? Significa que no estés comprometido con nada para siempre, sino listo para cambiar la sintonía, la mente, en cualquier momento en el que sea requerido. Esto crea una situación líquida. Como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua.


Por su parte, Gilles Lipovetsky es un sociólogo y filósofo francés. En sus principales obras —en particular La era del vacío— analiza lo que se ha considerado la sociedad posmoderna; con temas recurrentes como el narcisismo apático, el consumismo, el hiperindividualismo psicologista, la deserción de los valores tradicionales, la hipermodernidad, la cultura de masas y su indiferencia, la abolición de lo trágico, el hedonismo instanteneista. En La era del vacío, Lipovetsky plantea una sociedad hiperindividualista en la que surge un modelo de socialización y de individualización nunca antes visto; ya que en los siglos XVII y XVIII era otro tipo de modo el que estaba instituido.





Entonces surge una diversificación de los modos de vida, a la par de una nueva fase en la historia del individualismo occidental. Este nuevo proceso de personalización exalta los valores banales y la flexibilidad, el flujo de sobreinformación y la estimulación de las necesidades como el sexo. Hay procedimientos que contienen nuevos fines, valores y legitimidades sociales: valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y la sinceridad, al psicologismo, la expresión libre. En síntesis, un nuevo significado de autonomía.


En la sociedad posmoderna reina la indiferencia de masa, el sentimiento de reiteración y estancamiento, la autonomía privada, la innovación superficial y el futuro no se considera o asimila. Esta sociedad quiere vivir aquí y ahora. No tiene ídolo ni tabú, estamos regidos por el vacío. También puede notarse una nueva era de consumo que se extiende hasta la esfera de lo privado: el consumo de la propia existencia a través de la propagación de los medios. Aparece el valor narcisista en el que el individuo sólo se preocupa por sí mismo y por su imagen. No hay emociones sólidas ni estables, todo pasa dentro de una “indiferencia relajada”. El narcisista sólo se relaciona consigo mismo y con su cuerpo, está inmerso en una cultura completamente hedonista en la que sólo importa el yo y el placer.





No todo es malo para el narcisista, ya que valores como cuidar la salud, desprenderse de los complejos, preservar la situación material o esperar las vacaciones son situaciones que benefician la esfera privada. Aun así, se vive sin un ideal y se pierde la memoria histórica, ya que todo se reduce al presente. De esta forma se pierden los valores sociales y las instituciones. Esta estrategia narcisista de supervivencia se debe al clima pesimista y de catástrofe inminente en el que se vive. El ser se vuelve más sociable y cooperativo sólo en apariencia; pero en realidad, todo eso sucede dentro de la pantalla del hedonismo, y cada uno explota los sentimientos de los otros y busca su propio interés sin tener la menor preocupación por el otro. En las relaciones humanas posmodernas la base es el dominio del otro.


Los desórdenes de tipo narcisista están a la orden del día, fruto de un malestar ambiguo, un sentimiento de vacío interior y del absurdo de la vida; además de una incapacidad para sentir las cosas y los seres. Un entumecimiento de los sentimientos. Estos individuos aspiran a un profundo desapego emocional, debido a lo cambiantes e inestables que pueden llegar a ser las relaciones personales. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas, nos llevan a una huída ante el sentimiento. Levantar las barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas es el fin de la cultura sentimental. Ya no existen las muestras de afecto y de pasión incontrolable, está mal visto exhibir las pasiones, llorar o declarar tu amor; es signo de debilidad, se trata simplemente de mantener la discreción o de no mostrar los sentimientos.





La cultura mediática se ha convertido en una máquina destructora de la razón y pensamiento. Se previó que la cultura, la publicidad y la diversión industrializada manipularían y estandarizarían las conciencias. También se previó que la cultura “listo-para-consumir” fuera un instrumento para reducir la capacidad de razonamiento y el sentido crítico. Dentro del reino de la moda, el ocio, la fugacidad de imágenes, la seducción distraída de la mass media, sólo pueden desestructurar el espíritu.


La generación actual, nacida en la era digital y forjada en la misma, está acostumbrada a ver lo visual como algo primordial y desdeñar lo escrito. Compartimos una cultura efímera, propiciada por los medios y caracterizada por lo rápido, en la cual la atención es corta y se centra en imágenes fijas o discursos con frases pegadizas de 30 o menos segundos. No dejamos un canal de televisión porque llegamos al umbral del aburrimiento muy fácilmente, además de hacer varias cosas simultáneamente que lo único que logran es que no hagamos algo realmente.


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El texto anterior fue escrito por Adrián Espinosa.


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No es fácil abrirse paso en un mundo laboral cada vez más competitivo, si quieres saber cómo ser un millennial exitoso, checa este artículo. Además, te compartimos este artículo sobre cómo Bob Dylan definió a la generación millennial en una canción.



TAGS: Siglo xxi Filosofía Social
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