El síndrome del marinero: la razón por la que nos enamoramos de alguien inalcanzable

jueves, 5 de enero de 2017 13:19

|Olympia Villagran




En medio de la grisácea tempestad, contra la corriente de la lógica y empapadas en un sinfín de escamas eróticas, las sirenas aparecieron entre las olas por las que un navío atravesaba. Los marineros –hombres de mar embriagados por el deseo– se enamoraron, uno a uno, del cabello oscilante de aquellas ninfas de mar. A través de las velas se colaba el aroma lascivo y provocativo de aquellas criaturas míticas. Su cola chipoteaba sutilmente en el agua, mientras la saliva se amontonaba en los labios de aquellos marinos, a quienes no les importaba perderse en la deriva de un oleaje agitado con tal de acercarse un poco más a ellas. 

Estas nereidas de agua salada no creían en nada más que en ellas mismas y su poder para enamorar a quien cruzara su territorio. Misteriosas, casi inexistentes, y siempre cautivantes, así las concebían los ojos lujuriosos y esperanzados de los que sucumbían ante sus cantos y movimientos. Las sirenas eran los seres mitológicos más extraños y peligrosos del azul profundo, no obstante, los marineros no podían dejar de rendirse ante sus labios mortíferos. ¿Por qué? Estas mujeres mitad pez y mitad diosas eran la viva imagen de aquel amor inalcanzable con le que todo hombre sueña.  

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Más allá de la belleza, lo que nos hace claudicar ante alguien es su halo de misterio. Todo lo que no conocemos, lo más ajeno y arriesgado, nos hipnotiza con mayor poder. Al igual que los marineros de aquel cuento mitológico se enamoraban hasta la obsesión de esos seres radiantes y peligrosos, los seres humanos tendemos a sentirnos atraídos por alguien que sabemos oculta cientos de secretos. Además de indescifrables, estas personas suelen ser inalcanzables, pues no conocemos absolutamente nada de ellas. Sus intereses e intenciones son un completo enigma para nosotros; por lo tanto nunca tendremos la certeza sobre si esa persona está interesada en nosotros o si en algún momento nos convertiremos en alguien especial para él o ella.  

A este fenómeno, el cual pone en juego nuestro corazón, lo llamaremos "El síndrome del marinero". Al igual que ellos se enamoraban de una sirena inexistente, a más de uno de nosotros nos ha conquistado un ser inalcanzable y esto tiene una clara explicación. 

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En el campo de la Psicología la atracción fluye como una de las cuestiones más complejas de la mente humana. En primer lugar, para que ésta se dé deben coincidir una serie de factores que favorezcan y despierten nuestros sentidos. El momento y nuestra predisposición son claves para que el enamoramiento comience su proceso, pero ¿nosotros elegimos quién nos seduce y quién no? La realidad es que no; el entorno, la personalidad y el físico ayudan, pero el misterio conquista. 

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Tanto hombres como mujeres asociamos el misterio con lo novedoso y justo esa nueva perspectiva libera la mayor cantidad de dopamina (neurotransmisor del amor) en nuestro cerebro. A pesar de que la mayoría nos sentimos atraídos por personas "afines" a nosotros, las cualidades contradictorias nos generan una curiosidad inigualable. Por lo tanto, cuando nos llama la atención un hombre o una mujer misteriosa, estamos basando esa persuasión en algo meramente pasional que parece estar fuera de nuestro entorno, o sea, fuera de nuestro  alcance. 

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La intimidad y seguridad que llegamos a sentir con y por alguien, surge de la certeza que tenemos de gustarle. No obstante, cuando no sabemos la respuesta al ¿yo también le gustaré?, la atracción se convierte en un reto que nos paraliza y al mismo tiempo nos monopoliza. "El síndrome del marinero" se da, principalmente, cuando un principio conocido como reciprocidad no llega a establecerse. Aún así, las personas emocional y mentalmente sanas no deberían sentirse atraídas por alguien que no responde de manera correlativa a su declaración de "amor".

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A pesar de tratarse de un fenómeno más probable de lo que imaginamos, enamorarnos de alguien inalcanzable o bien, de quien no muestra el mismo interés en nosotros, se relaciona directamente con un nivel de autoestima que dista del óptimo o del saludable. Al igual que los marineros conocían las consecuencias de intentar aproximarse a una sirena, los seres humanos sabemos que al querer conquistar a alguien rodeado por un halo de misterio, las probabilidades de salir lastimados son muy altas.








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