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ESTILO DE-VIDA

Te llevaré en el corazón, Príncipe Pogo: carta a mi gatito fallecido a los 4 meses

Poguito no lo supo, pero fue mi única compañía física en una de las etapas más decisivas de mi vida. Siempre recordaré esos ojitos que primero eran grises y luego se volvieron verdes.

Pogo llegó a mi vida apenas unos días después de que me disgnosticaran depresión. Lo conocí el sábado 18 de julio como a las 9 de la noche. Yo me sentía muy mal y culpable conmigo misma porque la madrugada de ese día había tenido un blackout y había expuesto mi seguridad. Pero Pogo me hizo olvidarlo todo, era un bebé de apenas casi dos meses y requería toda mi atención, cuidado y cariño, así que de inmediato le compré sus croquetas para gato bebé, su camita y su cobijita.

Recuerdo que el domingo lo llevé al veterinario y me dijeron que tenía la pancita abultada, que ya tenía que defecar. Pero llegó el lunes y él seguía sin hacer popó. Yo lo estimulaba con una toallita y no conseguía nada. Estaba tan preocupada que no me pude enojar cuando al mediodía salí de bañarme y lo vi ensuciando mi cama. «¡Eso, haz popó!», le dije casi aplaudiéndole. 

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Pasaron como tres semanas antes de que me decidiera a ponerle un nombre. Fue Michi, Fígaro, Óreo, hasta que sus hermosos y constantes brinquitos me hicieron ponerle Pogo (no me pregunten la relación, pero para mí si daba brincos, debía llamarse Pogo). 

Ha sido el animalito más cariñoso que me haya acompañado hasta ahora: muy pronto me acostumbré a dormir con él, a que siempre se acostara en mi clavícula... o en mi pecho, cuando el otro espacio ya no le era suficiente. Me acostumbré a que me siguiera y a que en las largas jornadas de trabajo en casa, mientras yo estaba sentada frente a la computadora, él no se me despegara de las piernas... o que al llevarlo a su cama, prefiriera volver conmigo y dormirse en una caja al lado de mi escritorio. Me acostumbré a su silencio, porque no había forma de que maullara, a menos de que accidentalmente se quedara encerrado en el baño. 

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Eso sí, su forma de jugar, al contrario de la de Fellini, mi gato mayor, era salvaje: no olvidaré la forma en que se aprovechó para dejarme tremenda rasguñada en la mano mientras yo no podía apartarlo por estar en la videollamada en la que me propusieron filmar un documental, el que seguramente será uno de los proyectos más bonitos en que haya participado hasta ahora. 

Un mal día noté que Poguito permanecía en cama y no me seguía como acostumbraba hacerlo. Al acercarme a su lado pude notar que ni siquiera podía recostarse, así que lo examiné y encontré que tenía un bulto en una de sus patitas delanteras. De prisa lo llevé al veterinario, pero para cuando llegamos los especialistas me dijeron que el gatito ya se encontraba bastante mal; procedieron a operarlo y me lo entregaron un par de días después con la noticia de que ademas tenía Sida felino. 

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A pesar de que lo lleve a casa y le procuré todos los cuidados, su enfermedad propició que su recuperación fuese casi imposible, sobre todo porque al ser un bebé inquieto y ya que su herida estaba en el codo de una de sus patas, esto provocaba que no lograse cerrar. 

Más adelante, ya enfermito y con cono de la vergüenza, Poguito tenía tanta magia que hasta se convertía en el rockstar de mis videollamadas laborales. Y en el veterinario terminó incluso "becado" porque lo querían mucho (gracias a quienes me apoyaron con los gastos en su momento). 

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Poguito no lo supo, pero fue mi única compañía física en una de las etapas más decisivas de mi vida. Siempre recordaré esos ojitos que primero eran grises y luego se volvieron verdes. 

Siempre te llevaré en el corazón, mi Príncipe Pogo

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