Cómo mi madre sanó las heridas que mi padre me dejó

Cómo mi madre sanó las heridas que mi padre me dejó

Por: Kate Nateras -

Nunca me sentí sin amor, al contrario, estaba rodeada del más puro, del más sincero, del más grande y más bello: el de mi mamá.

Mi papá se fue cuando era una niña pequeña, cuando no podía defenderme por mí misma y cuando, seguramente, deseaba ser una princesa cuando fuera mayor. ¿4, 5 años?, no lo recuerdo. Sólo recuerdo a papá con cajas de cartón –llenas de ropa, discos, sueños, lágrimas y un dolor profundo– bajo sus piernas. Los ojos de un hombre que no estaba seguro de lo que hacía y, en ellos, los míos llenos de dudas y confusión. Quizá le dije que no se fuera, quizá le dije que no me dejara, quizá le dije me llevara con él. No lo sé. Sin embargo, lo que sé es que mi mamá hizo todo lo que estuvo en sus manos (y en su corazón) para sanar las heridas que ese día me dejó.

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Cómo una mujer que estaba separándose del amor de su vida tuvo la fuerza para sanarme primero a mí antes que a ella. Para limpiar mis lágrimas antes que las de ella, para explicarme antes de que ella misma lo digiriera. Cómo una mujer que recién había sido rota y le habían quebrado el corazón, tenía la fuerza y el amor para coser primero el mío.

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Todos los días me faltó mi padre, pero jamás amor. Jamás mi mamá. Ella siempre estuvo ahí para llenarme del cariño de todo un mundo, del triple de besos y abrazos infinitos. Mi mamá siempre estuvo ahí como la imagen “materna” y la “paterna”; para enseñarme a andar en bici pero también a cocinar, para enseñarme a leer y también a peinarme. Mi mamá estuvo ahí para demostrarme que las tareas de la casa no tienen género, que yo también podía cargar algo pesado y usar falda después. Mi mamá me enseñó que no necesitábamos de nadie más para ser felices y, sobre todo, para llenarnos el corazón de amor.

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Mi mamá me dio atención, me puso límites, me escuchó y me educó. Y no, no tomó el papel de mi papá, tomó el suyo propio y lo hizo mucho mejor de lo que lo hubiese hecho él, así, como mamá. No, tampoco tomó el papel “masculino”, todo lo hizo siendo mamá: una mujer. Y fue así como mis heridas iban sanando de poco en poco, al grado, incluso, de darme la vida perfecta.

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La ausencia de mi padre no me hizo creer que estaba sola, ni que no tuviera un padre que no me amara, porque lo tenía, sí, tenía un papá que me amaba más que a nada y al que nunca le reproché su huida por el simple hecho de que mi madre supo curarme el dolor que, quizá, la ausencia de él pudo dejarme. Amo a mi papá tanto como a mi mamá, de hecho. Nunca me sentí sin amor, al contrario, estaba rodeada del más puro, del más sincero, del más grande y más bello: el de mi mamá. No necesitaba nada más.

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Mi mamá curó mis heridas con amor, con atención, con delicadeza y con valor. Lo hizo con valentía, con precisión, con abrazos y con juegos. Lo hizo con regaños incluso; con sus llegadas tarde al trabajo para ir a los eventos de mi escuela, lo hizo con su exigencia para sacar buenas calificaciones, con sus consejos, con su fuerza, con su trabajo, su confianza y con siempre hacer lo correcto (desde su punto de vista) frente a mí para que yo siempre tomara lo mejor, por lo menos una lección.

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Sanaba mi corazón todas las noches que llegaba del trabajo cansada y se quedaba despierta para revisarme la tarea, para leerme un cuento luchando con sus ojos cansados y con su propio dolor. Mi mamá sanó mi corazón todos los domingos que jugaba conmigo y los sábados que veíamos películas. Mi mamá sanó mi corazón todas las madrugadas que me daba temperatura y se quedaba despierta hasta que me recuperaba, las veces que me hacía reaccionar cuando me desmayaba, y todas las veces que me desapareció el dolor de estómago. Sanó mi corazón todas las mañanas, sin excepción, que me llevó a las escuela y se quedaba afuera hasta que me veía entrar, todas las veces que se preocupó por que siempre tuviera lo necesario y hasta más.

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Mi mamá sanó mis heridas de mi padre ausente cuando nunca me dejó; cuando estuvo en mis primeros pasos, mis primeras palabras, mi primer día de clases, mi pubertad, mi adolescencia, la primera vez que me rompieron el corazón, mi etapa de rebeldía, mis enfermedades, mi primer hueso roto y mis alterados cambios de humor. En las diferentes etapas que estuvieran de moda en el momento y yo adoptaba, lo hacía con cada cambio de gustos musicales que tenía, cada nuevo pasatiempo y en cada paso que he dado hasta la fecha.

Mi mamá sanó mis heridas que mi padre ausente dejó en el momento que tomó la decisión de quedarse a mi lado. Desde ahí mi corazón sanó completamente. No necesité nada más.

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