
Caso ejemplar fue el de la pasada premiación de los Golden Globe, a la cual asistió Yalitza usando un vestido color plata corte palabra de honor de Miu Miu. Una vez más con acentos estructurales hacia la década de los 70 y una silueta que nos recuerda a las propuestas high end del minimalismo noventero. En su cabello utilizó un cintillo de brillantes que partió su peinado con una raya al medio y terminó en un recogido muy clásico. El punto es que a muchos de los espectadores mexicanos no les pareció nada correcta su elección –misma que coordinó Sophie López, estilista personal de Aparicio–. ¿Por?
El problema no es el vestido. No se engañen. Es que no fue pensado para una mujer mexicana con esas tallas y medidas; es porque tampoco nos hacemos a la idea de que la alta costura se despliegue sobre un cuerpo que no mide 1.75 y no pesa 50 kg.
Pero, ¿qué ideas deja que una oaxaqueña asista a una premiación internacional vistiendo diseñadores también internacionales? ¿Qué mensaje nos da que una normalista mexicana sea fotografiada para medios de comunicación globales en un contexto festivo y no de violencia o represión? ¿Cuáles son las contestaciones sociales que dejan Yalitza Aparicio y Marina de Tavira tomándose de la mano frente a la prensa mundial?
Quienes argumentan que «ese Miu Miu no la hizo lucir como debería», ¿cómo es exactamente que necesitaba verse? Díganlo despacio y escúchense: ¿más delgada?, ¿con menos volumen?, ¿no tan pequeña?, ¿con la cintura más marcada?, ¿con una espalda menos ancha? Verán que cualquier respuesta que se den sólo dirigirá a que preferirían que Yalitza se modificara a sí misma y fuera “otro tipo” de representante mexicana. Una que vuelva a la invisibilización de una realidad.

