“Ta-ra-ra-rán, ta-ra-ra-rán… ¡Tmm, tmm!”. O algo así era el rebelde y juvenil riff en el intro a Beverly Hills 90210. Jason Priestley abrazaba a Luke Perry por el cuello y aparentaba darle a éste, al ritmo de la música, un par de golpes en el rostro; entonces, cientos de miles de chicas desfallecían ante esa media sonrisa y ojos verdiazules que interpretaban al sexy y enigmático Brandon Walsh. Mismo que llegó a la inmortalidad de una generación gracias a su rol principal no sólo en la serie adolescente de los noventa, sino en una de las campañas más extraordinarias de Pepe Jeans. Una campaña que jugaba con un blanco y negro Armani, un saturado que nos recuerda a Yves Saint Laurent y la iconografía heredada por James Dean que robada de otras firmas rivales en la década, como Guess.
Cabe destacar que en EUA y a todo lugar donde llegó ese ad, Pepe Jeans alcanzó niveles extraordinarios de presencia, impacto y ventas en una época desesperada para la marca por conseguir nuevo público y resucitar su gusto entre los adolescentes. Todos querían ser el chico por el que suspiraban sus novias y ellas querían que sus novios fueran lo más parecidos a aquel hombre compuesto de gran cabellera, estilo y mucho denim. Sí, allí estaban otras etiquetas en ese entonces, Claudia Schiffer se posicionaba en el imaginario global con otras tiendas de jeans y street wear, también se abría paso el hombre neo-italiano o tipo sailor gracias a la creatividad de Gianni Versace y Jean-Paul Gaultier, pero nada tan efectivo como el boom de Priestley en el mundo teen y sin siquiera un sello fijo. Nada tan terrenal y al mismo tiempo tan infinitamente inalcanzable en una aureola de lo divino como el Priestley look.
Y justamente allí están las campañas más exitosas de todas. Las que conjugan algo asequible, una mezcla de prendas que cualquiera puede adquirir, pero se despliegan en un cuerpo y un rostro extradifícil de alcanzar y que, a su vez, incita a imitarse hasta conseguir un “resultado similar”. Las que se aproximan inofensivas y con un aspecto de cotidianidad tal, que pronto se convierten en una imagen bien interiorizada y un referente para todo look a conseguir, gracias a su “simplicidad” aparente pero inasequible precisión de copia. En ellas opera una estrategia de deseo, inspiración y recompensas pobres o de escasa réplicas.
¿Cómo opera esto? Tomemos un par de prendas mundanas –una que otra pieza sin mayor complejidad– y démosles un cuerpo y un rostro que sean amigables, pero en el fondo todos sepamos que no son tan ordinarios como para pensar que en ellos nos reflejamos del todo. En efecto, una playera con chaqueta en denim y jeans con botas de piel es un outfit universal y sin baches en el camino, mas ¿el rostro de Priestley lo es? ¿Cualquiera de nosotros se puede ver como él en esas prendas sin vernos como hijos obreros de un Berlín en los ochenta? ¿Sin que parezcamos los pobres del barrio en tan simples piezas? ¿Acaso el conjunto deja de verse tan espectacular en cuanto toca uno de nuestros mortales cuerpos?
Sí. Siempre. Ése es el gran éxito del advertisement para teens. Para todos aquellos que caemos enamorados ante el esplendor de modelos “perfectos”, looks que creemos asombrosos, estilos que siempre pensamos como definitivos y apariencias que sabemos no siempre se adecuan a las posibilidades de lo que tenemos.
Pero ¿necesitamos enfrascarnos en esos ideales y perpetuar fenómenos como el descrito? El cual, por cierto, no trae ningún beneficio más que a las empresas que elucubran dichas tácticas de venta y no de estilo. ¿Es urgente que les mantengamos vigentes en una era por más esforzada en romper con los esquemas de hace 20 años y con los estereotipos del rubio genérico? Del hombre y la mujer caucásicos que miden casi dos metros y, no importa si visten una bolsa negra de basura, se ven espectaculares y dignos de nuestra admiración.
A casi tres décadas de distancia, cuando vimos como generación por primera vez estas campañas ultrasofisticadas, podemos evidenciar que deben terminar ya tantos recursos que en un sensual marketing y juego de representaciones, atentan finalmente en contra de nuestro color de piel, complexión, rasgos latinos –en su mayoría–, contexto y apreciación de la historia que se vive en lo inmediato. Si no lo hacen en lo evidente, por lo menos en lo oculto; allí están las firmas del fast fashion y sus colecciones que promueven prendas ripeadas, cloradas, oversized y de cortes asimétricos, para que nos preguntemos si después de tanta imagen seductora e ideología sembrada nos vemos como lo pensamos al ser cautivados por los escaparates.
Por supuesto que no. En más de una ocasión, y gracias a los falsos arquetipos que la industria y los medios nos han dado de la moda, haciéndonos creer a través de los recursos menos adecuados que somos o deberíamos ser cierto tipo de personas, hemos quedado como pordioseros a la mitad de la calle y en ridículo frente a quienes nos rodean. El efecto es el siguiente: si eres rubio, de tez blanca y mides entre 1.70 y 1.80, todo estará bien, te verás como un total ícono a seguir; de lo contrario, ni lo sueñes, sólo conseguirás que alguien te arroje una moneda al salir de casa. Incluso los quiebres de canon o las licencias de la disrupción –ropa maltratada y cero pretensiones de pulcritud– sólo le son permitidos a un sector del mundo; el resto, debemos imitarles pálidamente arriesgándonos a lo peor, pero consumiéndolo siempre como lo mejor.
Aunque las tiendas y los diseñadores deseen verse inclusivos a partir de un miedo que tienen por perder clientes, el público no es nada ingenuo. Hombres y mujeres a partir de este suceso han ideado, iniciado y desarrollado ideas que rompan con el viejo ideal de perfección, con tal de reclamar un derecho del cual todos gozamos: tener estilo. Con esto, se dice adiós a los cuerpos prefabricados y a las hiperfeminizaciones o hipermasculinizaciones del ser humano.

