Nunca me tocaste, pero tus palabras me lastimaban como si lo hubieras hecho

Nunca me tocaste, pero tus palabras me lastimaban como si lo hubieras hecho

Por: Kate Nateras -

Palabras disfrazadas de “bromas”, de “chistes”, mismos de los que sólo te reías tú, que te celebrabas tú, que disfrutabas tú porque a mí me hundían cada vez más.

No lo notaba, o más bien no lo quería notar. No me daba cuenta, o quizá no quería darme cuenta; darme cuenta de que tus palabras eran puñaladas para mí, para mi autoestima, mi seguridad y mi corazón. Palabras disfrazadas de “bromas”, de “chistes”, mismos de los que sólo te reías tú, que te celebrabas tú, que disfrutabas tú porque a mí me hundían cada vez más. Palabras que terminaban conmigo sin que yo lo notara y a las que no podía ponerles un alto. ¡Pero ya no más!, ni tú ni nadie volverá a humillarme.

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Intentaba cubrir mi dolor con lo que yo sentía por ti, intentaba justiciar tu violencia diciendo que así era tu forma de ser, que así eras tú. Pero, pensándolo bien, ¿qué ser humano puede ser tan cruel para decirle a alguien que no sirve para nada?, ¿quién podría tener una “forma de ser” en la que incluya humillar al otro? Ésa no es una personalidad, es crueldad, eso es detestable, es ruin, es asqueroso.

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No dejaste de repetir una y mil veces que soy fea, que soy tonta, que no sirvo para nada, que nada de lo que me gusta lo hago bien; no dejaste de humillarme, de pisotearme, de acabar conmigo durante mucho tiempo. Lo disfrutabas, de verdad lo disfrutabas, lo veía en tus ojos, lo veía en tu cara, lo escuchaba en tu risa que aún me atormenta durante las noches, aún la escucho al mismos tiempo que cada una de las sandeces que me dijiste, la escucho fuerte, la escucho tan segura y desvergonzada de cada una de las bajezas que soltaban los labios que besé y que ahora me insultaban. Me destrozaban, me rompían en mil pedazos. Pedazos que no te preocupabas por regar.

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No me tocaste, pero me envenenaste, me intoxicaste, me destruiste, que era prácticamente lo mismo; incluso llegaste a convencerme de que lo que decías era verdad, en serio, por un momento me convenciste. No tienes idea de lo que yo sentía con cada uno de tus insultos, no sabes lo que se rompió en mí cuando me dijiste que no sabía valerme por mí misma, que no era libre, que no era bonita. No estás ni cerca de imaginarlo, o quizá sí porque, ¿qué tan roto debes estar tú también para querer pisotear a alguien más? A alguien que te ha dado mucho más de lo que pudieras merecer.

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¿Qué tan lastimado te encuentras que tienes la necesidad de atacarme?, ¿cuánta oscuridad debes tener en el corazón (porque sé que lo tienes) para querer apagarme? Para divertirte viéndome sufrir, viéndome llorar, viéndome caer. ¿Qué tan inseguro tienes que ser para romper con la mía, con la poca que me quedaba, con la poca con la que he estado trabajando para recuperarme? Sí, soy una persona sensible, insegura y con miedos, pero, dime, quién no lo es. Hasta tú que disfrutas de pensar que eres superior a los demás.

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Ya no más, no volverás a lastimarme. Tus palabras no volverán a derrumbarme, tú no volverás a decirme algo que pueda terminar conmigo. Hoy he crecido, me he vuelto más segura, más fuerte; he aprendido a amarme, a escucharme, a reconocerme y a valorarme, me he dado cuenta de que en el amor nada de lo que tú hiciste forma parte de éste. He decidido que no volverás a tocarme con ninguna de tus palabras porque aunque no me golpeaste, me dañaste como si lo hubieras hecho y, querido, eso sólo demuestra una cosa: el único culpable aquí eres tú. Te dejo con tu violencia, yo ya me voy a ser feliz.

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