Por qué te esperé tanto tiempo aunque supiera que nunca me ibas a amar
Estilo de vida

Por qué te esperé tanto tiempo aunque supiera que nunca me ibas a amar

Avatar of Kate Nateras

Por: Kate Nateras

10 de octubre, 2019

Estilo de vida Por qué te esperé tanto tiempo aunque supiera que nunca me ibas a amar
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Por: Kate Nateras

10 de octubre, 2019

Porque los pies siempre me hacían volver a los tuyos, porque mis labios siempre regresaban a tus besos y mi piel a tu hogar, a tu frío, a ti.

Estaba emocionado contigo; me sentía en paz, feliz, pleno y tranquilo. Me gustaba sentirte cerca de mí, aunque supiera que –en realidad– estabas a kilómetros de distancia. Me gustaba acariciarte aunque tu piel ni siquiera me perteneciera; me gustaba mirarte, aunque tú miraras a alguien más. Me gustaba besarte, aunque tu saliva fuera hiel; me gustaba tanto, que esperaba a que un día, sin aviso previo, me besaras como lo hacía yo. Porque siempre te esperé a ti.

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Yo te esperaba sentado, de pie, acostado; te esperaba en el teléfono, en la cama, en el café y en el centro. Te esperaba porque sabía que un día vendrías, porque las ilusiones y la esperanza me invadían, y me hacían creer que llegarías, me tomarías entre tus brazos –con el cuerpo débil y cálido– a decirme que había llegado el día: yo era con quien tú querías estar. Me mantenía porque no quería hacerte falta nunca, porque, a pesar de que no le pertenecías ni al aire que respiras, sabía que yo sí te pertenecía a ti. Porque los pies siempre me hacían volver a los tuyos, porque mis labios siempre regresaban a tus besos y mi piel a tu hogar, a tu frío, a ti.

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Te esperaba cada día y cada noche, en la lluvia y en el sol; te esperaba en los libros y también en los cigarrillos. Te esperaba aunque supiera que nunca me ibas a amar. Te veía tan cerca y a la vez tan lejano, tan mío pero tan ajeno, tan estable pero tan fugaz. Te esperaba porque quería que me vieras como un hogar, uno en el que pudieras alojarte y habitar el tiempo que quisieras, hasta que me di cuenta de que de eso no se trata el amor.

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El amor siempre buscar calor, no frío; el amor busca una casa para vivir y no para ir y venir cuantas veces quieras. Por eso, así, entendí que lo tuyo era más nieve que fuego, y aunque tu ausencia también fuera invierno, yo ya debía buscar mi propia primavera. Comprendí que, aunque estabas aquí, no te tenía, y sé que el amor no es poseer, pero sí lo es permanecer y tú, tú no querías hacerlo. Así fue que preferí dejarte ir, dejarme ir, dejar irnos.

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No me arrepiento de lo vivido, vivimos lo que teníamos que vivir, te amé lo que tenía que amarte y también te esperé lo que te tenía que esperar. No más, no menos. Fue justo a tiempo, perfecto y puntual. Y hoy, después de tanta ilusión, dejo de detenerme por ti. Ya no te espero sentado en aquel café que sentía nuestro, ya no te espero en mi libro de amor favorito y tampoco mientras volteo al cielo creyendo que, al bajar la mirada, estarías tú. No, no es culpa tuya, es del amor: porque amar también es dejar ir. Y hoy, amor, te dejo ir.

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