Que no te sorprenda que pueda estar sin ti, tú ya me habías hecho sentir sola

Que no te sorprenda que pueda estar sin ti, tú ya me habías hecho sentir sola

Por: Kate Nateras -

Tus besos ya no me comían el cuerpo, tus abrazos ya no me apretaban el corazón...

Cuando te llamaba, tú no respondías; cuando necesitaba de un hombro para llorar, tú sólo me pusiste la espalda; cuando quería contar contigo, tú adoptabas el superpoder de hacerte invisible. Estábamos juntos, pero era como si estuviera yo sola. Me tomabas de la mano, pero era como si el aire atravesara sobre ella. A veces me besabas, pero era como si un fantasma regresara para consolar su ausencia. Me hacías sentir sola, aun estando sentado a mi lado; me hacías sentir sola aun jurándome que no era así. Me hacías sentir sola en tus disculpas, en tus llegadas de prisa, en tus pretextos y en tu amor frío, frío como tus labios y como tus manos, frío como la noche que decidiste alejarte de mí: frío como la decisión de dejarte ir. Y dejarme ir.

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Hacía planes para los dos, pero siempre me decías que no, esto me llevó a ir borrando poco a poco tu imagen del que pudo haber sido nuestro futuro. Me llevó a alejarme de ti así como tú lo estabas haciendo de mí; me llevó a entender que tú ya no querías estar aquí, que tu mente y tú corazón se habían ido desde hace mucho tiempo de hecho, y que yo ya no podía seguir reteniendo el resto de ti. Perdí la cuenta de cuántos ‘no’ me dijiste, perdí la cuenta de cuántas noches me quedé esperando tu llegada, cuantas veces me quedé anhelando un abrazo como los de antes, un beso, una mirada… pero no, tú ya ni siquiera estabas, aunque estuvieras junto a mí.

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Tus besos ya no me comían el cuerpo, tus abrazos ya no me apretaban el corazón, dejaste de hablarme aunque movieras los labios; dejaste de mirarme sin siquiera apartar la vista. Dejaste de amarme aunque lo único que susurrabas, entre dientes, era que sí lo hacías sólo para calmarme. Creías que me quedaría esperando por siempre, que no podría irme, que mi amor era tan grande como para mantenernos a los dos. Creías que podía calentar tu frío, cegarme de tu indiferencia, negarme de tu desamor.

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Creías que te resguardaría cada vez que llegaras cansado, que consolaría mi dolor –y el tuyo–, que taparía el sol con un dedo. Nunca pensaste que podría irme, no pensaste que podría agarrar toda tu frialdad y marcharme. Marcharme para estar sin ti, para estar sola. Porque del dolor que siento al estar contigo, al dolor de estar sin ti, prefiero el segundo.

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Estabas seguro de que vendría una y otra vez, que no sobreviviría sin ti; estabas seguro de que eras mi hogar, y sí, lo eras, hasta que ese hogar permitió que la nieve entrara, que le rompiera las ventanas, que terminara con las habitaciones, con el jardín y, lo más importante, con el calor. No te sorprendas; restauraré la casa, la tapizaré y le pondré vidrios nuevos, sembraré nuevas flores y las cuidare para que no marchiten. Las de mi casa.

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Cómo no iba a irme de un lugar en el que ya estaba sola. Cómo no iba a irme del lugar que amé y, al mismo tiempo, me enseñó a dejar de hacerlo. No te sorprendas de que me haya ido de un lugar donde no me diste una razón para quedarme. No te sorprendas de que pueda estar sin ti porque tú ya me habías hecho sentir sola.

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