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Por qué la falsa felicidad se ha vuelto una rutina en una sociedad consumista

12 de febrero de 2018

Juan Sebastian

El capitalismo como el sistema económico que rige a la sociedad actual ha logrado transformarse en una suerte de sentido común y organizar a las comunidades de tal modo que, en absoluto, nada escapa a sus tenebrosas garras. El consumo excesivo, el enaltecimiento a la comodidad materialista, la búsqueda constante de un aumento de la riqueza monetaria y, ante todo, la necesidad de un tipo muy específico de felicidad, se convierten en lo que toda persona quiere en este momento histórico y olvida por completo temas como la creciente desigualdad social o problemas más comunes, tales como el estado psicológico de una sociedad que se lanza vertiginosamente al mero disfrute de aquello que el mercado ofrece como la panacea de la existencia humana. 


Así, en un panorama poco alentador aparecen de forma constante piezas publicitarias en las que se enaltece a la felicidad, bien sea de forma directa o indirecta, como un algo materializable tras consumir o portar un producto concreto, un ejemplo claro de ello es la campaña de cierta marca de refresco en la que se partía de la afirmación de que su bebida contenía la "fórmula de la felicidad", algo que parece un tanto absurdo; sin embargo, como campaña publicitaria se sostuvo en el tiempo; en otras, las imágenes son mucho más sutiles y simplemente señalan escenas de alegría desenfrenada o comparativas entre un rostro triste sin el producto y otro muy feliz con él, todo ello es parte de un mismo discurso: la felicidad se convierte en una rutina de consumo y nada más.



Lo anterior apunta a que la sociedad contemporánea toma el uso de dicho término con una ligereza abismal; sin embargo, no siempre ha sido así, partamos de un concepto que puede ser algo desconocido, pero indudablemente útil: "eudaimonia", esta palabra se encuentra en gran parte de la obra existente de Aristóteles y, en algunos casos, es traducida como felicidad, aunque otros prefieren dejarla en griego, ya que su significado parece no corresponder con aquella traducción, pues en realidad representa para el pensador de la antigua Grecia lo más importante de la existencia humana: una búsqueda del máximo placer de existir, el cual es más cercano al buen vivir que a la mera felicidad corporativista. La "eudaimonia" no se trata de sonreír de manera constante, como maniáticos, es, por el contrario, la afirmación de un placer por la vida y por todo lo que le rodea al hombre, aquello que se puede llamar hoy calidad de vida, si consideramos cada uno de los aspectos que afectan el bienestar de la humanidad.


Ahora bien, si hacemos un recorrido por el mundo de la filosofía se encuentran otros conceptos como "ataraxia", el cual igualmente se podría traducir como felicidad o búsqueda de un placer racionalizado por el conocimiento de la realidad, que profundiza en el ser como un todo, no sólo como un algo que busca sonreír ante una cámara o aparentar estar bien en una fotografía. Así tanto la "ataraxia" como la "eudaimonia" conformaban una corriente de pensamiento y de acción que transformaban la comodidad del vivir en una pasión más profunda y sensata con la existencia humana; pero el mundo griego no es el único que se ha preguntado por ello, pensadores posteriores como Giordano Bruno, Martín Lutero o Baruch Spinoza, llegaron a realizar profundos trabajos que reflexionaban sobre este importante asunto e intentaban constituir “manuales” del buen vivir en busca de mejorar el estado del ser —como un todo— en la existencia real. Pero esas épocas no son las actuales, en las que parece existir un acuerdo tácito de que no existe más felicidad que la que emerge del consumo, de cualquier tipo, que incluye el consumo de industrias culturales que a veces se escapan a la mirada.



De acuerdo con lo que se ha dicho antes, es posible pensar que la ligereza que existe hoy en torno a la felicidad corresponde no sólo a una jugada del capitalismo y una despreocupación humana por la realidad, también hay un punto de más en el poco trabajo intelectual, relevante, que se da sobre el tema, tal parece que en todos los campos existe ese acuerdo de la felicidad como producto y no como un impulsor de algo más, sólo hay que pensar en ciertas producciones cinematográficas, en las cuales los éxtasis de la existencia son representados por marcas muy concretas que sólo buscan reforzar y hacer cada vez más profunda la sensación de que todo siempre ha sido así y que la comercialización de las emociones es lo más natural de la vida, una rutina que se personifica día tras día en estados de Facebook, historias de Instagram o Trinos que se convierten pronto en trending topic y se transforman en la máxima expresión de lo que es ser humanos.


Se ha llegado al punto en que las cámaras fotográficas están configuradas de tal forma que al detectar una sonrisa capturan la toma, ¿para qué se desea esa mera apariencia de alegría? ¿por qué hacer rutinario algo tan complejo y profundo? Es sencillo pensar que todo aquello que genera algún tipo de placer se convierte en presa fácil del consumo y el mercado; sin embargo, esa rutina poco a poco se descubre y se transforma en una mentira que se ha repetido muchas veces dirigiéndose de manera inevitable a transformarse en una crisis social de magnitudes inimaginables, sólo hay que ver cómo año tras año índices como los del suicidio comienzan a aumentar sin mayores explicaciones o cómo en países como China se hace necesario construir masivamente muñecas sexuales, con la intención de apaciguar el estado de soledad de una sociedad que está hundida en la mercantilización y el ocultamiento de otros sentimientos como la tristeza.



Así, la exacerbación de la felicidad se transforma en una bomba de tiempo. Una representación contemporánea de esta crítica que se intenta construir a la felicidad rutinaria es la obra del artista chino Zeng Fanzhi (1964), su serie titulada Máscaras tiene como objetivo ironizar aquellas relaciones sociales que se fundamentan en la mentira de una alegría aparente y representa toda una gama de situaciones en qué no debe existir más expresión que esa sonrisa maniática constante muy similar a la que se halla en toda pieza publicitaria, mientras se oculta aquella realidad social preocupante, la tristeza de seres sin vida que sólo dedican su vida al mercado, a la rutina y a la profundización de esos principios capitalistas en que todo vale siempre y cuando genere beneficio económico.


En definitiva, es necesario que la sociedad en su conjunto se revele frente a esa comodidad aparente, esa sonrisa falsa que llena los espacios publicitarios y los perfiles en las redes sociales, hay que desmercantilizar la felicidad y apoderarnos de ella como algo que va más allá de las normas que ha impuesto la sociedad contemporánea, hallar placer en el vivir más allá de la comodidad del consumir y la rutina impuesta, es amar lo que realmente somos y destruir las máscaras que se han impuesto poco a poco como elementos naturales. 



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La búsqueda de la verdadera felicidad es casi parecido a encontrar personajes mágicos en la vida real, pues en realidad la clave es aprender a disfrutar los momentos breves de alegría, por eso, te compartimos estos 14 datos pesimistas sobre la felicidad que te harán una persona más madura.



TAGS: Personalidad Felicidad
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Juan Sebastian


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