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Qué es la "sociedad fílmica" y cómo te puede llevar a la depresión

25 de abril de 2018

José Daniel Arias Torres

¿Por qué decidimos construir nuestro ser a través del juicio de los demás?



Forzosamente, individuo y sociedad no se pueden comprender sin observar al otro, dos mitades irreconciliables y complementarias. Los individuos actualmente nos desenvolvemos en una sociedad fílmica —para referirnos a épocas anteriores a la aparición del cine, este término puede ser sustituido como sociedad teatral, sociedad de periódico o sociedad de voceros—, como cinematográfica, en la cual nuestra vida está puesta en escena, en una pantalla grande para que sea sometida al ojo público, criticada o alabada; reseñada por los críticos expertos en el arte de juzgar, para que estos la recomienden o sencillamente firmen la condena que las hace colapsar. Al final, nuestra vida será de culto o sencillamente mercantil y llena de mercadotecnia falsa; pero nunca dejará de ser sometida a los observadores críticos de lo ajeno.


Todos estamos envueltos en esta lógica fílmica. Al juzgar eres igualmente juzgado, pues al final de todo tu vida está proyectada en una pantalla que invita a millones para que sea vista. Cada acción que realizas es analizada por los críticos que tienen el veredicto final del éxito o fracaso de tu vida, que te ahogan con una calificación mala o te elevan con una buena. Incluso al no actuar estamos actuando, representando ante el mundo un papel asignado que poco importa pero que igualmente será criticado. Somos críticos y actores, juzgados y jueces, no importa lo que pienses sino lo que piensen que eres, pues al final de todo son ellos quienes tienen la última palabra. La historia se encarga de enmarcar en la eternidad a los mejores actores y de olvidar a la mayoría, aún cuando fue la mayoría quien les asignó sus lugares a los elevados. Nuestra vida no es nuestra, sino que es del público que nos moldea y al mismo tiempo nosotros moldeamos a otros sin siquiera sospecharlo. Esa es la grandeza de la masa, en eso radica su absolutismo innegable; se reproduce a sí misma sin necesidad de dar órdenes violentas, se mantiene como lo que es sin altercados que la dividan. Al final de todo, continuamos sometidos al juicio del otro y el otro al nuestro, es esto lo que nos constituye como los individuos que somos.





Somos seres sociales, eso es indudable. Y no por el hecho de que cooperemos y sobrevivimos en un conglomerado, sino por el hecho de que son el juicio y la crítica ajena los que nos hacen ser. Adoptamos el papel que la sociedad nos asigna y lo asimilamos como algo naturalmente nuestro. La grandeza de todo radica en que incluso esos que salen de un sistema estructural y en ocasiones luchan contra él, continúan debajo de la mirada, crítica y juicio social sin posibilidad de omitirse, pues el solo hecho de nacer lleva consigo la asignación de tu primer papel como actor o actriz del mundo, hombre o mujer. Y es el tiempo el que se encarga de añadir más características a esto: el exitoso, el fracasado, el raro, el alegre, el suicida, el iracundo, el doctor, el ingeniero, el licenciado, el mujeriego, etcétera.


Nosotros, la sociedad fílmica, representamos un papel sin siquiera darnos cuenta de eso, las redes sociales no son más que una extensión de nuestra película abierta a los críticos. Existen ídolos a seguir, referentes que imitar, pues estos individuos han sido interpelados por la mercadotecnia y sus atributos físicos, mentales o dones; son explotados como mercancía haciendo que su pantalla acapare varias miradas del público. Es así como se crean tendencias y modas que la masa sigue, pues han adoptado, al menos temporalmente, ciertas características de actuación, vestimenta o expresión como suyas; así hasta que el siguiente ícono a explotar se origine. Los actores históricos no quedan exentos de esta dominación envolvente, pues a pesar de que en diversas ocasiones lograron modificar las estructuras, no lograron apagar a las pantallas reproductoras de películas de vida. Sencillamente conocemos al Che Guevara, a Carlos Marx, a Emiliano Zapata, a Lenin, a Stalin o Carlomagno porque sus vidas no fueron de ellos; pertenecían a las cámaras y las cámaras al dominio público de la crítica.





Un individuo es transformado desde su primera evidencia de existencia en un actor más de este mundo cinematográfico. Los personajes históricos no son más que actores que sobresalieron por su forma de interpretar un papel que la sociedad les construyó, y que ellos adoptaron como suyo. Esos discursos del llamado de la patria o del mandato divino no son más que el llamado de la sociedad para que ese actor represente de forma adecuada un papel. Seres malévolos o benignos, todos los roles son necesarios para la correcta realización de esta película llamada humanidad, pues sin unos no existirían los otro.


Dentro de un plano tan salvaje como lo es el capitalismo —donde cada quien lucha para acaparar las mejores críticas y en el cual una pantalla es opacada por otra más grande— es natural que la frustración salga a flote, que los suicidios se desencadenen y que la sociedad se vuelva ensimismada. Esta sociedad fílmica siempre ha existido, mas nunca de forma tan agresiva como lo es ahora. El ser humano siempre ha sentido la necesidad de trascender en cualquiera de los planos, la necesidad de tener un papel grande que interpretar en cualquier género cinematográfico; sin embargo, actualmente la trascendencia se ha diluido hasta términos banales mercadotécnicos. Las pantallas gigantescas ya no lo parecen al estar inmersas dentro de un espacio de millones de otras más que acaparan la atención por ser sencillas de comprender. Nunca seremos capaces de escapar del ojo público, somos una película en constante reproducción con papeles ante los cuales estamos predispuestos. Un hombre es hombre porque el público lo interpreta como tal y él se asume como eso. Lo que sí es posible alcanzar es la modificación o destrucción de la estructura que establece esta visión mercadotécnica de la vida.


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Conoce los plagios que demuestran que no necesitamos más intelectuales.



TAGS: Depresión Siglo xxi Filosofía
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José Daniel Arias Torres


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