
Cuando era niña, mi abuela cada vez que veía un colibrí en las flores de su ventana, me acercaba en silencio y me decía que seguramente era su mamá que venía a visitarnos. Yo saludaba en voz baja y le decía que, aunque no la haya conocido, se le extrañaba en casa. En realidad no comprendía cómo era que mi bisabuela podría ser un colibrí, sin embargo, lo creía porque era eso lo que mi abue me decía. Me contó que cuando los colibríes aparecen en nuestros jardines es porque un ser al que quisimos mucho viene a visitarnos para decirnos que está bien.
La leyenda dice que un alma se desprende del cuerpo y vuela para ocultarse en una flor a la espera de ser acogido por un mágico ser. Es ahí donde llega el colibrí y recoge el alma desde la flor en la que reposa para guiarle hacia el paraíso; la razón por la que estas criaturitas se pasean de flor en flor. Me pareció una gran historia, por lo que la creí confiadamente y, sentada desde la ventana, esperaba a que viniera un colibrí a visitarme.
La casa de mis abuelos sigue siendo la misma; las mismas jardineras y las mismas flores, la misma ventana y el mismo rayito de sol que se asoma todos los días y llena de energía el hogar. Mi abuela la ha mantenido muy bien a pesar de los años, sin embargo, aun con todo el amor que pone cada día, le falta un elemento especial: mi abuelo.
Él se fue hace unos años ya, pero no hay día en el que, cada vez que visito a mi segunda madre, mire hacia las flores de la ventana a la espera de que llegue ese colibrí del que me habló y asegurarme de que él está bien. De que ese colibrí sí cumplió con llevarlo al paraíso y que es feliz allí. En espera de que con sus alas de colores y su pico largo me diga que él también me extraña y que no se aguantaba las ganas de verme: de que le hago falta y que seguirá mis pasos para cuidarme siempre.
La leyenda del colibrí me sigue consolando de la pérdida de mi abuelo, me da paz y me tranquiliza ver cómo descansa esta especie de avecita en las ventanas con el rayito de sol que las ilumina. Me recuerda a lo vibrante que era mi abuelo, a lo libre y lo colorido. Me recuerda a la paz de ese hombre tan inigualable, tan alegre y llamativo. Pensándolo bien, un colibrí y mi abuelo se parecen mucho más de lo que imaginé, por eso contemplarle el vuelo a mis visitas de vez en vez me llena de tranquilidad; observar cómo después de posar sobe algunos pétalos se elevan y se pierden en el cielo, entre los rayitos de sol.
Me reconforta una visita de vez en cuando de algún colibrí, sé que es mi abuelo contándome lo bonito que es el paraíso, que ríe mucho y me extraña todavía más. De algún colibrí asegurándose de que yo esté bien y que sigo al pendiente de la abuela junto con sus flores. Algún colibrí asegurándose de transmitirme paz y de llenarme de alegría aun en alguna tarde triste.
Asegurándose de que la abuela, al verle, me siga acercando a la ventana en silencio y, en voz baja, decirle que se le extraña en casa.
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