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ESTILO DE-VIDA

Por qué el problema no es "la otra" sino la falta de amor propio

Me di cuenta de que ella no tenía la culpa de nada, solamente eras tú, y el escaso amor propio que me tenía.

Este artículo fue originalmente publicado por Kate Nateras el 9 de agosto del 2019.

Cuando me fuiste infiel, lo primero que hice fue culparla a ella, a ella, ella que para mí no tenía nombre, no la conocía, no sabía lo que hacía, y mucho menos de cómo era. La culpaba porque sentía que te robaba de mi lado, que me quitaba tu amor, tu atención, tus ojos, tus manos, tu espalda, tus besos y toda nuestra historia. La culpaba y deseaba que no se hubiera cruzado en nuestro camino porque pensaba que ella había destruido nuestra relación; tardé en reaccionar, tardé porque hasta hoy me di cuenta de que no, que ella no tenía la culpa de nada, solamente eras tú, y el escaso amor propio que me tenía.

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Cuando supe que había alguien más, no paraba de criticarla, de juzgarla y de odiarla; no paraba de cuestionarme que por qué confiaba en ti si ella estaba viendo lo que habías hecho conmigo y que era obvio que lo harías con ella. Pero no, ya no más, no podía seguir señalando a alguien que –quizá– no tenía idea de todo lo que estaba sucediendo, entonces fue cuando decidí enfocarme en mí, en la inseguridad que esa traición me dejó y en el amor que pensaba que sólo yo podía ofrecerme. 

Tardé mucho tiempo en dejar de insultarla, hasta que vi que no, que el problema no era ella, eras tú. El único problema eras tú. Tú que eras el que había mentido, el que no se atrevió a dar la cara y dejar de jugar con los sentimientos de otras personas. Tú eras el que habías decidido traicionar, y yo por creer que podías cambiar. Entonces dejé de pensar en ella, en ti, y mejor me puse a pesar sólo en mí; en lo que me hacía falta por darme, en el tiempo que me faltaba por dedicarme y en todo el amor que tenía que brindarme. 

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Dejé de pensar en ustedes dos porque era demasiado tiempo tirado a la basura, era tiempo que podía dirigirme a mí misma y que no podía continuar desperdiciando. Ya no más. Empecé por desprenderme de los recuerdos que aún me unían a ti, del coraje y enojo que me unían a ella, y el odio que me unía a los dos. Me despedí de todo eso para conectar conmigo y así poder trabajar en mí y en lo que me rodeaba.

Me costó mucho trabajo, fueron noches enteras de insomnio que se las dedicaba a mis lágrimas, lágrimas que tu traición me dejó; hasta que en una de tantas, decidí que era hora de dejarte ir y dejar de culparla a ella, porque al final, no tenía la culpa de ese dolor, era mi falta de amor hacia mí por dejar que me afectaran más de la cuenta hasta el grado de desconfiar de mí. Me di cuenta de que ella no había llegado para robarme tu amor, sino para darme cuenta de quién –en realidad– me había enamorado.

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