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Razones por las que estás arruinando tus orgasmos y no te habías dado cuenta

5 de marzo de 2018

Angel Godínez Serrano

Nuestras carencias emocionales nos reclaman: ¿realmente valió la pena todo lo que hiciste para llegar a ese punto?



Una broma de mal gusto y una gran mentira, así inician los grandes cismas de la vida. Seguramente el concepto de orgasmo fue mencionado por primera vez en nuestra vida dentro de una vulgar charla de pubertos. No fue nombrado como “orgasmo”, ni siquiera como “coito”. Algo más contemplativo, como “venirse” o “terminar”; no pensamos en lo incorpóreo y escatológico que resultan ambas definiciones. “Es como drogarse o morir, pero sin lastimarse”, dijo uno de aquellos vírgenes. Todos afirmábamos ya haber tenido sexo, sin siquiera saber qué eran las enfermedades venéreas. Desde allí, comenzó una perversa relación entre el sexo y la existencia en general, en específico con la búsqueda del orgasmo como valía de madurez y experiencia; con el albur como máxima expresión de versatilidad.

 

Lo efímero domina varios aspectos de nuestra vida y la conformación como individuos. Lo que antes era destinado al plano espiritual, a la realización cultural, a la orientación de una existencia, ahora es trivializado, producido en masa, empacado al vacío, cotizado en la bolsa, añadido con conservadores y ofertado en todas partes del mundo. En nuestra época todo guarda una relación insidiosa con un sentido ajeno a nosotros mismos: las compañías de refrescos hacen un uso indiscriminado de la felicidad en sus campañas a nivel global; las religiones —al menos los grandes cultos monoteístas de Occidente— han monopolizado a la familia como bandera de defensa en un discurso retrógrado y moralista ante las exigencias progresistas de la sociedad.

 




“El romance murió, fue adquirido en una transacción accionaria por Walmart y Disney, homogeneizado y vendido por piezas”, menciona Lisa Simpson. Pero también el sexo —incluyendo al orgasmo— es explotado hasta el hartazgo por toda aquella marca que busca relacionar sus productos con el placer humano y una exaltación artificial de la sexualidad: marcas de perfumes, la industria de los vinos y licores, automotrices, tiendas de ropa, cadenas restauranteras, marcas productoras de profilácticos. Sin meditar, nos anclamos a cosas que no necesitamos, que no queremos y que no nos aportan nada en nuestro deambular de autoconocimiento como individuos, y en la búsqueda de sentido dentro de una realidad irrefrenable a la que estamos atados. El sistema apela a nuestros instintos más básicos y primitivos para atarnos a una homogenización. 

 

Cuando decimos que el orgasmo está sobrevalorado no nos referimos a la exploración sexual, ni al paroxismo del placer y mucho menos a una condición moralista; sino a todo lo existente previo y posterior al orgasmo, a la búsqueda despiadada del placer irreflexivo y sin considerar la dignidad propia y del otro, a la obtención irresponsable del orgasmo como culminación de un proceso ególatra del deleite humano: el orgasmo por el orgasmo mismo. Hasta Sade tenía una justificación pre-nihilista, subversiva para su época y filosófica para su hedonismo exaltado. Nosotros sólo tenemos un inmenso vacío que llenar.

       




Vulgarizar es el mal del siglo, y eso que apenas vamos empezando. Vivimos una confusa condición de conciencia sobre la realidad que habitamos; como si en todo momento algo recóndito se ocultara a la sombra. Cohabitamos con una extraña cuestión religioso-espiritual de la cotidianeidad y el sobrellevar de la vida en urbanidad, siempre desde una constante reinvención sin sentido. Todo proveniente de un ateísmo a medias —revindicado por las religiones New age—; por la asunción de las problemáticas globales a parámetros pseudo-divinos: la naturaleza, el consumismo, la pobreza; a la vulgarización de la filosofía para “solucionar” frivolidades que deberían ser resueltas con la autoreflexión o terapia; y al constante surgimiento de soluciones para problemas inexistentes y que sólo ensanchan el vacío.

 

Es enfermiza la posición que tiene el sexo: como ente mediático de atracción, una realización catártica de lo oculto y como lo más cercano que hay a la mano de una experiencia trascendental. Y todo está a la vista, estamos atados ante una sobreexposición de todo lo que nos puede producir algún tipo de placer o deseo para usar nuestros bajos instintos como manejo de masas. Una sobreexcitación todo el tiempo de todo lo que nos vulnera. Pocas veces reparamos en el daño —emocional, físico, económico, moral, ontológico, espiritual, anímico y profesional— que nos ha provocado la enfermiza búsqueda del orgasmo. Es un lance que nos ha llevado a usar el cuerpo del otro como medio para la obtención de un placer efímero y disperso, un extraño modo de masturbarse con otro cuerpo; y sí, un producto de la sociedad falocentrista y de una liberación sexual abaratada. La expresión máxima de este punto es esa extraña sensación de pesadumbre y remordimiento que genera el fin del orgasmo, como una resaca anímica que nos remuerde en nuestras carencias emocionales y nos reclama: ¿realmente valió la pena todo lo que hiciste para llegar a este punto? Y se hace presente cuando llegamos de nuevo en un futuro medianamente cercano. Nos hemos puesto en una posición muy vulnerable ante todo. En busca del placer hemos caído en tendencias autodestructivas y nos olvidamos de dignificarnos ante nuestras acciones. Sí, tenemos un vacío que llenar, pero no con la salvedad de algo inútil.

 




En verdad se trata de algo más sencillo y elemental de lo que podríamos pensar. La dopamina es el químico que se libera en el cerebro cada vez que haces algo que disfrutas —cuestión meramente funcional en la naturaleza como motor del impulso al movimiento y reproducción de las especies—, pero con el acceso de los humanos a todo el placer que quieran cuando quieran es fácil tener problemas con los excesos. Y si haces algo por mucho tiempo, en algún momento tendrás un bajón de dopamina. Habrás de anhelar el mismo nivel cada vez y será más complicado llegar a ello. Con lo cual se puede caer en una búsqueda vacía de algo a los que nos hemos vuelto adictos sin que se disfrute en verdad. Y siendo sinceros, ¿quién no tiene un vacío que llenar? ¿Carencias emocionales y conflictos ontológicos? El problema es que en vez de buscar soluciones permanentes y adecuadas por nuestros propios medios, atiborramos de trivialidades y satisfacción efímera algo que se ha vuelto una simbiosis en nuestra individualidad. Nos hemos convertido en un escalón más de la homogenización, respondiendo a necesidades que no tenemos y que ni siquiera nosotros nos planteamos.

 

¿La solución? No creemos que la vida esté planteada como una gran pregunta a una sola respuesta, como algo plano y lineal; tampoco que exista una verdad universal a la exploración de la vida y su sentido. Vida, amor, sexo, muerte, frivolidad, todo pende de un hilo unido a miles de cosas más trascendentales y a la vez alejadas de la mera cotidianidad humana. No hay más que ir por ahí, siendo responsables —ante otros y nosotros mismos— de nuestras acciones; sin querer pasar sobre nadie, reflexionando sobre nuestros modos de ser y el origen de ello.         


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TAGS: Psicología Orgasmos Social
REFERENCIAS:

Angel Godínez Serrano


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