Las diferencias entre sexo, amor y matrimonio según Octavio Paz

Viernes, 14 de julio de 2017 11:27

|Jazmin Lizarraga



No existe una ruptura más absoluta de la realidad que todo lo relativo al sexo. Desde la primera mirada, el efecto que tiene la presencia de la persona deseada nos hace sentir como si nadie más existiera. Son tantas las contradicciones, se pierde la voluntad y todos los sentidos se vuelcan sobre su ser. Pareciera que algo ha elegido sin consultarnos, ¿será sexo, amor o matrimonio?

La sexualidad está unida inevitablemente a dos conceptos de manera natural: la vida y el amor. Aunque se insista en separarlos, son el principio y la fuerza del impulso sexual. Comienza con un objetivo primigenio, la reproducción; pero continúa con la más grande necesidad del ser humano: amar y ser amado. Aunque conscientemente no relacionemos al sexo con la vida y el amor, el instinto lo hace por nosotros aunque no lo notemos. El poeta mexicano Octavio Paz lo dijo de forma exacta: “el sexo es la raíz, el erotismo es el tallo y el amor la flor”.


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El sexo surge del deseo y del instinto, eso que llamamos química o atracción escapa del razonamiento y está más allá de nuestro control. El sexo, al vivirse plenamente, es fuente de vitalidad, estabilidad y felicidad; es la raíz que no pide autorización para crecer y hacerse más profunda. Como la chispa que origina el fuego, el deseo sexual es el principio del amor.

La parte romántica es el tallo; la de los mensajes, coqueteos e ingenio, la dulzura, las pláticas interminables y las tardes juntos. Es lo que nos acerca a la otra persona y nos permite saber de sus miedos, alegrías y sueños; así como compartir los propios. Más allá del sexo, eso es lo que convierte en una realidad a la pareja. En el erotismo se cultiva la amistad y la intimidad; aquí surgen las canciones del alma, cualquier acto de locura o heroísmo es posible por ese otro que se revela con toda su fortaleza y vulnerabilidad.


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La flor es frágil, requiere de un esfuerzo constante para mantenerse y se marchita apenas la descuidamos un poco. Puede volver a florecer, claro, siempre que las raíces sean firmes. He ahí la importancia del todo; de no elegir amar según requisitos superficiales, sino como realización del deseo de compartir con ese ser, de entre todos. El amor —a diferencia de la sexualidad— es una decisión, producto de la razón y por tanto de nuestra parte más humana. El instinto nos es inherente porque somos animales, pero el raciocinio es la máxima expresión de nuestra condición humana única. Ahí radica lo extraordinario de la intención de querer perpetuar algo, de hacer que perdure algo que bien podría ser efímero.


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Es verdad que el matrimonio no es necesario para que eso ocurra —y muchas personas son completamente escépticas ante él—; y que más allá de ser un contrato social o legal, el matrimonio es un ritual que da consistencia a lo inconsistente. Porque, seamos honestos, ¿existe algo más frágil e inconsistente que la voluntad humana? Casarse expresa la certeza de querer amar a una persona, sin importar las circunstancias; pretende hacer tangible lo que acontece en nuestro interior. Pero precisamente eso es lo peligroso del matrimonio, materializa algo que es más profundo que una fiesta, una ceremonia, una firma o un par de anillos. Da una solución superficial al temor a la soledad, al anhelo de estabilidad —económica y emocional—, a la búsqueda del sentido. Pero en todos los casos, un ritual es sólo una expresión de lo que sucede, no la respuesta a un problema. Ése se encuentra en el interior y en algún momento nos tendremos que enfrentar a él.


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Compartir tu vida con alguien no es una decisión sencilla, existen muchas razones por las que las personas se casan con la persona equivocada. Pero si crees que estás listo, tal vez sería buena idea probar vivir con tu pareja antes de asumir un compromiso mayor.


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