Qué se esconde detrás de una simple sonrisa, según la psicología

Viernes, 2 de febrero de 2018 16:37

|Cultura Colectiva

La sonrisa siniestra es la que se ha disociado del cuerpo, permanece como sonrisa pura, como gesto que distorsiona la cara recordándonos la vejez y la muerte

Un gesto dice más que mil palabras, reza un popular dicho. En ese sentido, una imagen podría ser más poderosa que un argumento retórico. Pero ¿qué se esconde detrás de un gesto? Sobre todo detrás de uno universal: la sonrisa. En un amplio contexto, puede representar una metáfora y prestarse para otros significados, como el nombre de La Sonrisa Vertical, una mítica colección de literatura erótica.

Sonríe, sonríe, sonríe. La televisión está poblada de labios que dejan entrever la blancura del esqueleto. ¿De qué sonríen? lo hacen maquinalmente, planeado, exacto pero a la vez tan natural. La sonrisa puede ser gozo del alma, pero también una ominosa máscara. La sonrisa siniestra es la que se ha disociado del cuerpo, permanece como sonrisa pura, como gesto que distorsiona la cara recordándonos la vejez y la muerte. La sonrisa de un niño tiene música, la sonrisa macabra es muda. Es gesto forzado, volcado al vacío.




Sonríe

Imperativo, como la orden que se les da a los niños que están a punto de entrar a una reunión social: “Sonríe, mijito, sonríe”. Se nos ordena falsificar ese gesto ante una foto para que perdure como si fuera la única forma de mostrar un estado mental digno de ser inmortalizado. Al vendedor se le exige que sonría para que incremente sus ventas y en algunas ciudades, al cruzar sus límites, se puede encontrar un letrero con algún mensaje parecido a este: “Sonrían, están entrando a esta ciudad”. “Sonríe, te estamos grabando" es una graciosa manera de recordarnos que nuestros actos son vigilados. Somos mirados, controlados y lo que esperan de nosotros es una sonrisa.



En el siglo XIX el neurólogo Guillaume Duchenne intentó provocar sonrisas a sus pacientes por medio de descargas eléctricas. Logró el gesto, pero no la sonrisa (pues la sonrisa genuina está en los ojos). No obstante, ha dejado un legado de duchenianos mediáticos que sonríen y demandan que sonríamos.

El psicoanalista Rene A. Spitz consideró a la sonrisa como manifestación de la primera organización psíquica, que se da a partir del tercer mes de nacimiento. A pesar de que en algunas ecografías en 4D y 3D se puede observar algunos rasgos muy parecidos a la sonrisa, este gesto intrauterino no pasa de ser un reflejo espontáneo e involuntario. 

Las sonrisas del tercer mes generalmente son ocasionadas por la presencia de una forma específica, compuesta por elementos del rostro humano, como la frente, los ojos y la boca en movimiento. Spitz (1969) encontró que si no se presentan estos elementos de frente al bebé o se cubre uno de ellos, el infante cesa de sonreír, pues se ha roto la forma (Gestalt). Es decir que el bebé de tres a seis meses  reconoce elementos del rostro humano, pero aún no puede percibirlo en su totalidad. La sonrisa también es parte de los primeros contactos sociales. La del infante siempre tiene un eco en los rostros de aquellos que lo miran. Rostros que son rastros que se irán unificando hasta que el pequeño comience a reconocer un adentro-afuera.



La pueril sonrisa es la bienvenida que da el bebé al nacimiento de las cosas, y que estalla en la risa y en los movimientos aún incontrolados de su cuerpo. Si el llanto está presente en el nacimiento del cuerpo, la sonrisa está en el parto del alma. ¿Qué sucede con la sonrisa pueril? ¿Acaso es devorada por la sonrisa maquinal? ¿Es ésa la prueba de un asesinato, el del alma?

Sonrisa que esconde como la de ese ser mitológico condenado a sonreír eternamente: el payaso. Pero todo lo que oculta por el contrario muestra. Ahí, en ese maníaco rojo, se puede ver la ominosa mueca de la melancolía. Por eso el gato Cheshire se oculta, para que lo veamos reducido a su fascinante gesto, para agarrarnos desprevenidos, para hipnotizarnos en la blancura de su muerte. Porque la sonrisa también es amenaza.



Los animales enseñan los dientes para advertir su ataque. El hombre los aprieta para resistir sus ganas de morder, de devorar al otro. La sonrisa es la resistencia al canibalismo. La madre sonríe a su hijo porque la hace feliz, pero también para evitar devorarlo. Konrad Lorenz (1950) observa ese impulso caníbal en algunas madres caninas.

“Casi siempre que las madres devoran a sus hijos inmediatamente después del alumbramiento, lo que desgraciadamente no es raro en mamíferos caseros como cerdos y conejos, fallan los mecanismos que dirigen la retirada de las membranas protectoras y de la placenta, así como la sección del cordón umbilical. Si la cría nace con membranas protectoras, la madre comienza a lamer y a tirar, a un mismo tiempo, de éstas hasta formar un pliegue que, después, apresa con los dientes incisivos y corta con una cuidadosa dentellada” (Lorenz, 1950).



Es cierto, la sonrisa de la madre es muy conmovedora, pero no se puede olvidar que el niño también sonríe: Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem. Pero entonces se podría pensar en un retorno a la primitiva intención de la sonrisa, si en un primer momento sonreía para no morderte, en un segundo momento es para recibirte hospitalariamente. Con los duchenianos mediáticos retorna la intención: “Te sonrío para que no veas por donde te muerdo”.



Escrito por Luis Rey Peña Sánchez


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REFERENCIAS:
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