Estilo de vida

Por qué debemos dejar de esperar a un hombre y experimentar libremente nuestra sexualidad

Estilo de vida Por qué debemos dejar de esperar a un hombre y experimentar libremente nuestra sexualidad

En épocas anteriores, la tradición occidental había colocado a la mujer por debajo del hombre. La mujer que la sociedad producía era la devota esposa: obediente, silenciosa, dedicada al hogar y a la familia pero, sobre todo, ignorante. Dentro de una cultura en la que el hombre y la mujer no son iguales, ¿cómo sería posible encontrar el amor? ¿Cómo sería posible encontrar a un cómplice, a un escucha, a un amigo en alguien que no tiene las mismas libertades, en alguien que tiene una percepción limitada y que está educado en la vergüenza y el miedo?


Imagino a un hombre de carácter noble, un hombre sensible y educado de aquellas épocas, debió sentirse solo a veces al no poder compartir sus impresiones políticas o no poder apoyarse en la opinión de su compañera para decisiones financieras importantes. Un hombre que no podía compartir literatura con su esposa y que no podía hacerle el amor de manera salvaje. Él, a su vez, debió sentirse muy limitado al tener que compartir la vida con una criatura que sólo proyecta sumisión, eso promovía la tradición cristiana.


En un escenario como éste surge la necesidad social de que exista una figura femenina diferente, la dama de compañía, la cortesana, la prostituta, "la 'mala mujer' que salva a los hombres de la 'buena mujer'" en palabras de Facundo Cabral. Una mujer libre, una mujer que goza de su cuerpo, que no le avergüenza su deseo y que tiene sed de conocer. Una mujer que tuviera conocimientos artísticos y académicos, que fuera sensiblemente receptiva y que supiera disfrutar. Esta figura que se ha encarnado tantas veces en la literatura y en las historias, y que también fue difamada por los conservadores, al final, se supone, triunfó en la historia pero la realidad es que fue sólo parcialmente.


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En la actualidad el modelo de la mujer abnegada es tratado como arcaico y se ha caricaturizado, aunque prevalece en comunidades marginadas de forma evidente, y en el mundo moderno “civilizado” de manera encubierta. En la realidad social en la que me he criado, en la clase media mexicana, la mujer tiene acceso a la educación, puede dedicarse a la profesión que desee si su condición económica y sus capacidades intelectuales y físicas se lo permiten, es decir, tiene las mismas oportunidades académicas y laborales que el hombre. Sé que esta aseveración puede generar polémica, pero en términos generales hay hombre y mujeres doctoradas, licenciadas y con maestría en todas las áreas del conocimiento.


La mujer ha conquistado todas las profesiones. Comparando con hace 300 años o más, nadie podrá discutir que la mujer ha extendido sus frontera y ha entrado en cada lugar que se le tenía prohibido; sin embargo, en el aspecto sexual y social, la cuestión es más subjetiva. Como mexicanos, la mayoría de nosotros fuimos criados bajo la tradición católica, aún cuando no seamos creyentes, crecimos dentro del código de conducta de la moral cristiana: con las nociones de bueno y malo, con el concepto de culpa por encima del la responsabilidad; fuimos educados para ser monógamos y pudorosos. Sentimos la misma vergüenza que Adán y Eva al ser vistos desnudos después de comer del fruto prohibido.


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Este artículo no es el resultado de un estudio, es sólo una perspectiva después de 26 años de habitar la carne de una mujer, una mujer mexicana, clase media, universitaria. Percibo en mi entorno que la relación entre hombres y mujeres aún no alcanza el ideal de ser equitativa. La tradición aún atraviesa nuestra conducta y percepción; a los hombres y a las mujeres no se nos da la misma educación sexual y no se nos aplican las mismas normas sociales. A las mujeres se nos enseña que se es exitosa cuando logras retener a un hombre y que tenemos que cultivar la belleza física, ya que es una prioridad sobre todas las cosas si se quiere tener pareja.


El hombre es más libre de ser, los cánones estéticos son más flexibles, el carisma o el talento suelen ser más relevantes; sin embargo, la imagen del hombre como proveedor y protector aún impera, y en ambos casos es necesario ser una persona monógama, que ejerza su sexualidad con pudor, discreción y moderación, e incluso en estos tiempos, la virginidad siguen siendo características que se buscan en una pareja seria y formal.


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Estas pautas, costras de la tradición en la que fuimos educados, traen consecuencias: las mujeres solemos ser más inseguras con respecto a nuestro aspecto físico, ya que es difícil cumplir los estándares; solemos ser más discretos con nuestra sexualidad e incluso reprimirla en ciertos casos para evitar ser tachados de promiscuos; existen personas que buscando una emancipación de la tradición tornan al extremo contrario, se vuelven exhibicionistas y dejan de disfrutar de una sexualidad natural guiada por el genuino deseo, por la pasión, por el reconocimiento del otro y en el otro, para usar su cuerpo como un manifiesto político: "Yo me acuesto con todos los que puedo, porque puedo". Lo deleznable de esta conducta es que convierten al otro en objeto.


Vivimos en la posmodernidad que por regla, no sólo implicaría la libertad económica y política, sino cualquier libertad de pensamiento: podemos conducirnos libremente siempre y cuando respetemos al otro. Entonces, ¿por qué aún una doble moral en torno a la sexualidad? ¿Por qué el sexo sigue siendo tabú? ¿Por qué no se expresan abiertamente las intenciones? Y en mi opinión, la pregunta más importante, ¿por qué en nuestra época es tan relevante buscar sexo y tan poco relevante buscar amistad?


Es triste ver a muchos hombres aparentando un genuino interés para obtener placer sexual, sería más respetable el cinismo, sería también más moderno. Es triste ver a tantas mujeres decepcionadas cuando un hombre no las vuelve a buscar, sintiéndose usadas cuando ellas también disfrutaron del momento. ¿Por qué siempre tienen que existir promesas? Pero aún más triste que todo lo anterior es que haya tan pocas personas buscando un vínculo sincero, en el que exista reconocimiento, dignidad, colaboración y honestidad. 


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El sexo es una maravilla de la naturaleza y tenemos derecho a vivirlo plenamente, de experimentarlo con todas las personas que deseemos, de conocer nuestro cuerpo, de reafirmar nuestra existencia en el acto. Pero también es necesario saber que el amor es la fuerza más importante y si no puedes encontrar a un amigo en la persona o personas con quienes compartes tu cuerpo, algo podría no ser tan benéfico para ti. 


Debemos terminar de liberarnos de las cadenas de la tradición cristiana: liberarnos no revelarnos. Al liberarnos dejamos de tomar como punto de referencia la tradición, y podremos decidir tener sexo o no hacerlo, podremos decidir ser pudorosos o no serlo, ser monógamos o no serlo. Al revelarnos seguimos tomando la tradición como referencia haciendo justo lo contrario a lo que nos propone, poniendo en peligro nuestra integridad, nuestra dignidad y matando al amor.


Quisiera invitar a los hombres que han sido educados en la tradición a que busquen en sus amantes a una amiga, a una persona con quien hablar, con quien compartir, con quien explorar el mundo; personas con quienes hacer poesía, personas con quienes jugar (pensando en la mejor acepción de la palabra), personas con quien existir. La única promesa necesaria es la de proteger la dignidad del otro, dejemos de lado la doble moral, la hipocresía. La monogamia es una decisión, no un requisito, tener sexo no es un compromiso.


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También quisiera invitar a las mujeres a dejar de esperar un compañero en cada amigo de la vida, a dejar de ver su cuerpo como algo que se “vende”. Así es, algo que se vende a cambio de cariño o de tiempo o atención. Compartir nuestro cuerpo no compromete al otro a nada, y si lo hacemos es porque creemos en el placer y en el amor. No permitan que nadie las haga sentir sucias o menos dignas por vivir libremente su sexualidad. No nos convirtamos en objetos. Si alguien las engaña háganle saber que no estuvo a la altura de lo que una relación humana exige. Con “relación humana” me refiero a ese contrato implícito que existe entre los amigos, ese que dice que seremos honestos, que respetaremos al otro y protegeremos su integridad.


Somos una relación entre sexualidad y voluntad. Un aspecto biológico y uno ontológico. Goce y ética. Se habla de que ésta es la era de la mujer, infiriendo que lo que precedió fue la era del hombre, ¿cuándo será la era del humano? ¿Cuándo aprenderemos a tratarnos con respeto? ¿Cuándo dejaremos de hacer de todo una transacción? Veo a personas nobles a mi alrededor decepcionadas de la humanidad porque, encuentro tras encuentro, se han topado con el engaño, con la mentira, se han sentido utilizados.


Muchas veces en la búsqueda de seducir asumimos la posición de objetos por voluntad propia, nos presentamos como una golosina, generamos todas las facilidades y argumentamos que no nos importan los sentimientos del otro e incluso actuamos como si no tuviéramos sentimientos propios, vaya farsa.


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El día que comprendamos que no tenemos que poseer para amar, que no tenemos que retener al otro para sentirnos respetados, el día que descubramos la belleza de la amistad y que de verdad busquemos hacer sentir bien al otro; que celebremos estar vivos y lo compartamos con alguien que nos parece bello y que estimula nuestros sentidos, ese día seremos libres.


Atendiendo a las observaciones y aportes de David Chavero.


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La mujer que nos enseñó que la sensualidad no es un pecado es una muestra de que nadie tiene razones para decidir cómo ver o manejar nuestro cuerpo. 


Referencias: