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FOTOGRAFIA

1985-2017: crónica de los dos sismos que unieron a México en 17 fotografías

Por: Eduardo Limón 26 de septiembre de 2017

Levantarse y resistir. Eso han hecho los mexicanos ante la ocurrencia de fenómenos naturales que causas desastres humanos.

Para que exista el árbol ha de haber tierra.

Para vivir necesitamos aquello

que derribó el inmenso hachazo en segundos.

– José Emilio Pacheco

Un levantamiento en más de un sentido. Eso es lo que ha ocurrido en México durante muchas circunstancias, eventos, catástrofes y exaltaciones. El erguirse en tanto incorporación de lo que parecía derrumbado, ya sea en un cúmulo de fuerzas psíquicas, corporales o sociales, es una práctica que en dicho país se sabe hacer, y se hace como mejor es sabido. Con estos ímpetus y estos dos desastres entre muchos, se ha demostrado que transformamos lo inmóvil en ráfaga de voluntades, hacemos del abatimiento una revuelta de esfuerzos, convertimos aquello a lo que cualquier otro renunciaría en optimismo expansivo.

Un 19 de septiembre de 1985, y exactamente 32 años después –en 2017–, ese levantamiento no es un simple gesto. Y esperamos que no sea áridamente un in-fashion que se vive de vez en vez. Que ese alzamiento de brazos y puños, de corazones que palpitan sin cesar siempre sea un despliegue de cuerpos y palabras que actúan como es debido sin importar el contexto ni la entramada. Una insurgencia que se acompañe en todo momento de reflexiones y expresiones adecuadas, de mensajes que clamen por una resistencia y un apoyo que jamás termine.

Estos esfuerzos, dichas formas de acto y empujes de determinación son lo que hace posible que México aparezca y reaparezca. Eso que se hace visible en los espacios públicos, que respeta las esferas privadas en tanto habitáculos imprescindibles del ciudadano, que desdibuja divisiones sociales y enlaza acciones empáticas, son imágenes que más nos vale persistan en la memoria y en la costumbre. Son retratos que deben guardarse para su pronta emulación y para la continua esperanza política que representa esta iconografía surgida, este cuadro que se gesta y se encarna en fenómenos generacionales como el millennial; mismo que se ha desmitificado con las acciones de sus agentes y pensamiento.

En tales performáticas de unión y tarea, la fotografía ha sido esa disciplina que guarda registro de quiénes somos y hacia dónde debemos tender. El documentalismo de imagen fija es, entonces, esa pieza clave que nos permite observar y ser observados en un ejercicio que nunca debe cansarse para alcanzar nuestros fines más políticos y humanistas del cuadro.

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El terremoto de México en 1985 ocurrió a las 07:17:47 hora local del jueves 19 de septiembre de 1985, el cual alcanzó una magnitud de 8.1 en la escala de Richter. El epicentro se localizó en el Pacífico mexicano en la costa del estado de Michoacán.

Tuvo una duración aproximada de poco más de 2 minutos y afectó en la zona centro, sur y occidente de México, en particular el entonces Distrito Federal, hoy CDMX.

Éste superó en intensidad y daños al registrado en 1957; cabe destacar también que la réplica acontecida un día después –la noche del 20 de septiembre de 1985–tuvo gran repercusión para la capital.

La interrupción eléctrica impidió en ese momento que los ciudadanos se enteraran de los alcances del terremoto. Uno de los primeros en difundir la magnitud de la tragedia fue Jacobo Zabludovsky, quien a bordo de su automóvil y mediante un radio que llevaba en el interior, comenzó a reportar.

Cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, se prestaron a remover los escombros y salvar a los damnificados aún con vida. A legitimar la presencia y recuerdo de quienes perecieron en el caos, se estima que hubieron más de 6 mil víctimas y 650 inmuebles dañados. Hoy sabemos que la energía liberada en ese fenómeno fue mayor a la del arma militar mas poderosa de los EE.UU.

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Al igual que en 1985, la sociedad civil junto con cuerpos de rescate salieron a las calles a ayudar en las labores que sucedieron al derrumbe de al menos 49 edificios; principalmente en las delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez y Coyoacán y con un preliminar número de víctimas que rondaba los 200 nombres.

Un martes 19 de septiembre, como si de una fecha cabalística se tratara para el país, un sismo de 7.1 grados con epicentro en el estado de Puebla, la capital de la República Mexicana fue herida de nueva cuenta.

Tras un simulacro que pronto se vio superado por la realidad, el suelo se sacudió en punto de las 13:14 horas y, una vez más, la sociedad civil desbordó las calles con su ayuda y solidaridad. Una vez más los jóvenes hicieron su aparición y tomaron el liderazgo del socorro y la decisión. Orígenes y destinos unieron fuerzas para retirar techos, paredes, muebles y divisiones que nos tenían aprisionados en el derrumbe y en la ideología.

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«Eres del lugar donde recoges la basura. Donde dos rayos caen en el mismo sitio. Porque viste el primero, esperas el segundo. Y aquí sigues. Donde la tierra se abre y la gente se junta». Con esas palabras Juan Villoro abre un poema que si bien no es el mejor, es el que está. Es el que cierra y abraza lo que hemos hecho, el mismo que enmarca a estas fotografías y da muestra de lo que somos capaces cuando advertimos esa dichosa capacidad.

– Las fotografías datadas en 1985 pertenecen al archivo de Pedro Valtierra.

– Las fotografías datadas en 2017 pertenecen a Pablo Cruz.

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