Casas - ataúd: la sofocante y cruel realidad de los habitantes más pobres de Hong Kong

Viernes, 26 de enero de 2018 14:06

|Carolina Romero
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«La única diferencia entre nosotros y ellos son sus hogares. Ésta es una cuestión de dignidad humana».



Prepárate para quedarte unos minutos sin aire. Desde que mires la siguiente fotografía, hasta que veas la última sentirás cómo tu pecho se contrae; tus músculos se sentirán paralizados; podrías comenzar a sentir un ligero dolor de cabeza y quizás el estómago se te revolverá un poco.


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Estos diminutos sitios son conocidos como "Coffin Cubicles". Cerca de 200 mil personas viven esta situación —40 mil niños entre ellos—. La única división con otros "ataúdes" iguales es una malla de alambre. Sí, son jaulas, tal cual.

 

Su tamaño va de los 15 a los 100 pies —lo que equivale a 4.5 a 30. 4 metros—. Para darse una idea, es como si en un departamento normal se metieran 20 camas de dos pisos. Cada uno de esos espacios son tan pequeños que es difícil estirar los pies e imposible estirar los brazos o dar una vuelta de cuerpo completo sin complicaciones. En otros casos, los más afortunados, de un departamento original se hacen 4 más pequeños.


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En Hong Kong viven 7.5 millones de personas. Ya nadie cabe. Construir o comprar un hogar está reservado sólo para quienes tienen suficiente dinero para ello, pues debido a la escasez de oferta y la sobresaturación de la demanda, esta ciudad tiene el mercado inmobiliario más caro del mundo.


Como en cualquier otro lugar del planeta, existen personas que buscan aprovecharse de la desgracia humana. Así —de manera ilegal— muchos propietarios rentan estos diminutos espacios por 250 dólares al mes. Es claramente injusto, sin embargo, los inquilinos prefieren pagar esa suma y vivir así que pernoctar en el frío de las calles.

 

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«Puedes preguntarte por qué nos debería importar —ya que estas personas no son parte de nuestras vida—. La única diferencia entre nosotros y ellos es [sus hogares]. Ésta es una cuestión de dignidad humana». dice Benny Lam, autor de estas fotografías, quien se ha dado durante 4 años a la tarea de documentar esta terrible situación. Misma que se vuelve mucho más deprimente cuando se trata de la situación de los pequeños:


«Lo que vi es que el hogar de un niño se limita a una cama. Es donde duerme, come y hace su tarea. Los niños no tienen dónde jugar, excepto el pasillo, la cocina compartida y los lavabos, lugares fuera de su hogar».


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Aunque Lam comenzó su carrera con fotografía de índole comercial, la intención de sus imágenes no es el enriquecimiento a través de ellas o que sean colocadas en las mejores galerías del mundo, sino denunciar esta lacerante realidad


«Son exactamente las personas que entran a tu vida todos los días: los que te sirven como los camareros en los restaurantes donde comes, los guardias de seguridad en los centros comerciales, o los encargados de la limpieza y los repartidores en las calles por las que pasas. La única diferencia entre nosotros y ellos son sus hogares. Ésta es una cuestión de dignidad humana».


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Junto con asociaciones de derechos humanos, el fotógrafo busca echar luz en estos lugares para hacerlos visibles al mundo, decirnos «mira esto, son seres humanos como tú viviendo en condiciones que tú jamás imaginarías, ¿por qué crees que esto sería justo?».


Más aun, es un modo de poner de manifiesto el hipócrita bienestar —marcado por una abismal desigualdad de clases— de la nación asiática, que por un lado está llena de lujos y luces neón y, por otro, de estas condiciones terribles de vida.


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Fenómenos como el hacinamiento son comunes en las cárceles o penales de todas las ciudades. La sobrepoblación de estos lugares produce que no haya sitio ni para respirar. Sin embargo, al ver estas fotografías y comprender que se trata de personas trabajadoras quienes no han cometido ningún crimen y que las circunstancias las han llevado a vivir en la pobreza, resalta la injusticia de esta situación.


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«Vivir así nunca debería ser algo normal. Me había insensibilizado», dijo el fotógrafo para National Geographic, donde este fotorreportaje se publicó originalmente.


Y tiene razón: nadie merece vivir dentro de un ataúd.


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Es verdad que estas fotografías son duras; nos invade una sensación claustrofóbica. Pero, ¿y si no existieran?, ¿qué pasaría si Lam y otros fotógrafos nunca se hubieran atrevido a acercarse y abrirnos los ojos por medio de un registro visual? Esta realidad hubiera permanecido oculta para el resto del mundo.


De ahí surge la importancia de ver series que, aunque difíciles, nos muestren la realidad del mundo por más cruda que ésta sea.


Carolina Romero

Carolina Romero


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