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Fotografías de Bob Carlos Clarke sobre la sexualidad en la adolescencia

18 de abril de 2018

Diego Cera

Dicen que el hambre es cabrona, pero el que la aguanta mucho más...



¿Y qué hay del sexo?


Con una inimaginable cantidad de penes y vaginas bombardeándonos desde todos los medios y ángulos posibles, aguantarse las ganas es casi un pecado hacia nuestro propio cuerpo. Si consideramos que desde la primaria comenzamos a recibir educación sexual —que buena falta nos hacía—, habría decir que tal vez nuestro lado más perverso nació a una edad muy inocente de la que muchos ya ni siquiera nos acordamos. Un poco entorpecidos todavía por las "explícitas" imágenes de los libros de texto, llegamos a la absurda conclusión de que apenas encontrásemos pareja comenzaríamos a coger como animales. ¿Pero eso fue cierto?



✨NO.✨





La terrible y triste verdad detrás de la educación sexual temprana es que, aunque resulta necesaria, nos convierte en prematuras máquinas de sexo que al verse imposibilitadas para consumar sus intenciones, tienen que recurrir a nada más que sus propias manos o su creatividad combinada con frutas o almohadas muy a lo American Pie. Esto, además del sentimiento pueril del pudor, se debe a que el sistema educativo es a veces demasiado hipócrita con sus alumnos.





Por un lado, está la idea de que toda persona puede tener sexo (casi) indiscriminadamente siempre y cuando se proteja. Sin embargo, también está aquella mirada religiosa que dicta que todo contacto sexual fuera del matrimonio está completamente mal visto. ¿Entonces para qué molestarse siquiera en decirnos que tocarnos y explorarnos a nosotros mismos es correcto?





Ante esta hipocresía sin sentido, los jóvenes —llevados por su natural curiosidad— buscan la manera adecuada de atender a todas sus necesidades. Se ocultan en los rincones invisibles de las ciudades; ahí donde ni siquiera el Dios omnipotente puede verlos y entonces sí, sin mayor reparo se entregan a la naturaleza que reclama su desnudez e inocencia para enseñarles de nuevo eso que parecen haber olvidado: el amor propio y hacia los demás.







En una estación vacía, en el cine; cualquier lugar es bueno para perderle el miedo a las prohibiciones y dejar que esas ganas de tener sexo se conviertan en un estandarte de vida. Incluso en un sitio tan ajeno al desnudo y la pasión como lo es una escuela pública, el deseo pude consumarse de las formas más salvajes posibles, al menos eso es lo que podemos ver en las fotografías que conforman The Agony & The Ecstasy, una serie fotográfica de Bob Carlos Clarke.





Sin perder la inocencia, los jóvenes que protagonizan estas tomas se entregan a la agonía que implica perder la inocencia y entregarse quizá por primera vez al sexo y a la pasión. ¿Qué se necesita para llegar hasta este punto? Prácticamente nada, simplemente un poco de alcohol y el ánimo suficiente para enterarse en carne propia qué es el placer y cómo se alcanza con el simple gesto de no aguantarse las ganas de llegar al éxtasis prohibido del que todo mundo habla pero sospechosamente "pocos" conocen.


* *

Para conocer un poco más acerca del trabajo de Bob Carlos Clarke, puedes visitarlo en su sitio web.


TAGS: fotografía documental fotografía en blanco y negro serie fotográfica
REFERENCIAS:

Diego Cera


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