Celulitis, estrías y todas las imperfecciones que te hacen única

Jueves, 21 de diciembre de 2017 18:59

|Eduardo Limón

Cada cuerpo, según el artista Tinoko, es un viaje y es un transporte que nos hace únicos, pero ¿por qué?



A una temprana edad, ya teniendo más de 20, en solitario, quizás en colectivo, masturbándote frenéticamente debajo de las sábanas, o tal vez en la comodidad de tu sofá y gracias a un home alone. Hay muchas formas en que los hombres y las mujeres hemos descubierto el porno y gozado de él. A veces con efectos garrafales, en ocasiones desembocando en atinos muy peculiares, pero siempre con una especial atención y un casi pedagógico interés a lo que estas producciones ofrecen.


Todos sabemos que la pornografía de los años 70 estuvo plagada de cabelleras abultadas, grandes senos, entrepiernas sin depilar, miembros descomunales, pechos velludos y bigotes varoniles. Que en los 80 el modelo cambió por un chico musculoso, bastante resistente para sus proezas amatorias y todo el tiempo dispuesto para la pasión; además de una chica con un cuerpo levemente lleno de silicona, larga melena rubia y un vello apenas perceptible. Con el tiempo, el porno nos enseñó y convenció de que la anatomía perfecta para los momentos de placer era una que se insertó en los 90 y se ha “perfeccionado” hasta hoy: piel reluciente carente de pelos, curvas firmes y enormes, vaginas y penes suaves y de preferencia rosados, por no mencionar esas musculaturas casi plásticas y sin ningún ápice de humanidad.


Principalmente esos esquemas de la representación han afectado –y parece que no dejarán de hacerlo pronto– a las mujeres. De quienes entonces nos hemos construido fantasías como que:


Se meten a la cama con tacones de aguja o quedan satisfechas a los 10 segundos de sexo oral.


Nunca hay inhibición, pudor o algún sonido embarazoso durante una relación.


Siempre alcanzan un orgasmo y suplican que senos o nalgas sean estrujados a más no poder.


Tienen –o deberían tener– grandes caderas, una cintura diminuta, un par de senos que jamás caen y piernas extremadamente

torneadas.



Contrario a lo que las fotografías de R.A. Tinoko muestran y, de hecho, existe. Este artista de la lente, preocupado por las inútiles, malsanas y poco favorecedoras representaciones que tiene el cuerpo humano, no sólo en la industria del porno, sino de todo lo que nos llega como imagen, ha decidido explorar ciertas anatomías femeninas con tal de jugar con conceptos ocultos como la vejez, la maternidad, el ejercicio, las experiencias, el amor, la tristeza, la salud, la enfermedad, etcétera. Todo bajo el firme propósito de demostrar que los cuerpos –como él lo menciona– son sólo el transporte de nuestras almas y la manera que tenemos de viajar en el mundo. No más.


Que son la huella, tarde o temprano, de lo que se ha vivido.



Que cuentan con cicatrices de memoria.



Que son, en ocasiones, más anchos de lo que se espera.



Que son asimétricos o desiguales.



Que tienen estrías.



Muchas estrías.



Que cuentan con vellosidades.



Que a veces tienen celulitis o marcas de cansancio.



Que son únicos, irrepetibles e importantes, sea cual sea su presentación.



«He decidido no incluir rostros en estos retratos en un intento por despersonalizar a las imágenes. Quiero que el espectador interprete la historia que cada transporte le esté contando. Quiero celebrar ese viaje y, en el mejor de los casos, dar justicia al crear bellas imágenes a través de un medio al que he dedicado toda mi vida», dice el fotógrafo al explicar la médula de su trabajo. Una obra que todos necesitamos ver con detenimiento para borrar estándares o prejuicios sin validez alguna.


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Todas las fotografías pertenecen al artista y puedes ver su trabajo completo yendo a www.ratinoko.com


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Eduardo Limón

Eduardo Limón


Editor de Fotografía y Moda
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