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Fotografías históricas de Ignacio López sobre las cárceles en México

22 de mayo de 2018

Diego Cera

Tal vez algo peor que perder la libertad, es ver cómo se esfuman la dignidad y humanidad frente a tus ojos sin que puedas hacer nada para impedirlo.



La cultura popular está repleta de guiños y referencias que nos indican que las cárceles son lugares donde nacen los verdaderos héroes. En 1968 Johnny Cash con su mítico álbum At Folsom Prison no sólo marco un antes y después en la música country y en el rock and roll, sino que le dio una esperanza a un buen número de presos que creyeron que después de "dispararle a un hombre en Reno sólo para verlo morir" aún había posibilidad de brillar en el mundo 50 años después, los Tigres del Norte pisaron el mismo escenario con las mismas intenciones. Sin embargo, convertirse en un héroe estando afuera es más difícil de lo que ellos piensan; pues lo complicado no es glorificarse, sino sobrevivir dignamente en un ambiente hostil como el que ellos respiran todos los días.


Con un olor entre orines, suciedad y melancolía, quienes viven en las diferentes cárceles sufren todos los días condiciones deplorables. En Folsom, Johnny Cash pudo darse cuenta de al menos una de las deficiencias de las que los reos eran víctimas; un agua amarillenta que aún bajo la condición de "potable" era casi imposible de beber, aunque esa era sólo una de cientos de faltas a la humanidad. A través de las fotografías que conforman la serie Prisión de sueños, Ignacio López nos enfrenta a una realidad que debería avergonzarnos a todos, pues no se trata sólo de agua amarilla, sino de una serie de circunstancias que hacen que estos recintos se acerquen más a los zoológicos humanos del siglo XVII.











La penitenciaría de Lecumberri y la Cárcel de mujeres son dos de los sitios que sirvieron como escenario para que las fotografías de López pudieran encarar a sus espectadores con una realidad que no sólo es incómoda sino que duele, porque a pesar de las sonrisas de sus protagonistas; el fondo sugiere un futuro incierto para un presente que apenas puede sostenerse por sus propios medios. Para 1950, cuando fueron tomadas estas fotografías, muchas de las internas en la Cárcel de mujeres aparecen ya con bebés en sus brazos o acompañadas de niños que probablemente nacieron siendo culpables de un delito desconocido.









Vivir dentro de estos sitios es estar dentro de una jungla que todos los días se renueva para asfixiar a sus habitantes y llevarlos hasta sus propios límites. Los presos se rigen bajo la absurda ley de comer o ser comidos, lo que los conduce a una verdadera locura de la cual nunca pensaron ser parte. Sí, quienes cometieron crímenes realmente graves merecen un castigo, pero privarlos de su humanidad no parece ser la mejor opción para nadie, pues ello los convierte no en personas, sino en piezas de un oscuro inventario que sería mejor no abrir; aun cuando la lucha contra la injusticia lo demande.









Quienes aparecen en estas fotografías, más que reos o héroes, son mártires de sus propias decisiones, pues han sido éstas las que los orillaron a esa marginalidad tan violenta que se manifiesta a través de los rostros de soledad y melancolía que no encuentran otro sitio de dónde sacar fuerzas más que ese horizonte que las rejas y las paredes de concreto les impiden ver.


TAGS: Fotoperiodismo México fotografía documental
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Diego Cera


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