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18 fotos de Juliana Beasley sobre cómo sobrevivir vendiendo amor en un club de striptease

2 de julio de 2018

Diana Garrido

Ella se desvestía por dinero, luego encontró un amplio potencial artístico en su trabajo de stripper.



Ella necesitaba dinero para terminar la escuela de arte, pero no sabía de donde o cómo conseguirlo. Trabajó medio tiempo en diversos empleos, comió muy poco e intentó hacer sus trabajos escolares austeramente. No obstante, nada la salvaba de la quiebra; así que durante una crisis existencial, tuvo la más grande idea del mundo: ser stripper.




Juliana Beasley bailaba bien, tenía un cuerpo envidiable y era lista. Así que no tardó en conseguir empleo en un club nocturno cercano a su casa. Al principio la paga era una burla y ella, como artista, se conformaba con al menos un poco para sobrevivir y trabajar adecuadamente en la escuela. No obstante, vio algo más en su —según sus palabras— absurdo y vergonzoso trabajo: potencial.




Se dedicó a seguir con su cámara a sus compañeras desde su primer día de trabajo en 1992. Las acompañaba tras bambalinas, cuando salían al escenario, mientras se arreglaban y al mero estilo de rockstars ochenteras, ellas posaban alegremente. No obstante, sus sonrisas ocultaban indignación, dolor y preocupación, puesto que todas trabajaban en aquel tugurio por algún motivo ajeno al mero placer carnal. Eran los noventa y las mujeres eran cada vez más libres y plenas, pero no ellas.




«Me di cuenta de que hay muchos motivos para que las mujeres, incluida yo misma, opten por desnudarse [...] y hay razones por las que los hombres se convierten en clientes. Uno de ellos y en el cual decidí centrarme, fue el intercambio de amor y afecto por dinero. En efecto, amor por dinero».
—Juliana Beasley




Tan sólo en la actualidad, se estima que al menos 1 de cada 3 mujeres que trabaja como bailarina en clubes nocturnos lo hace para pagar sus estudios universitarios. Al principio, comienza como un juego marcado por las habilidades de cada una de ellas para el baile y evoluciona rápidamente en una forma divertida —más no fácil— de conseguir dinero. Sin embargo, lo que termina por perjudicar su vida y salud son las condiciones con las que se les obliga a laborar en muchos lugares. Por ejemplo, Bealsey halló en el baile nocturno una verdadera injusticia de corte sexista.




En los noventa, la situación no difería mucho de la actualidad, pero sí había algunos cambios notables como la paga. En aquellos años, Juliana cobraba 20 dólares por una sesión privada. En ella bailaba, se desnudaba y se dejaba tocar por los clientes, cuyas manos resbalosas depositaban propina en su ropa interior. Se sabe que en esos tiempos, al menos en EE.UU, el sexo se cobraba aparte. Hoy no es así, todo se incluye en un paquete.




Juliana logró ganarse la confianza de sus compañeras para entrar en este tipo de sesiones con ellas y seguirlas de cerca con su cámara; hecho que alarmaba a los clientes, pero en cuanto ella comunicaba que estaba haciendo un fotoreportaje, aceptaban gustosos. Esto era una mentira que se convirtió en su trabajo más notable y que, inminentemente, le causa orgullo. Lapdancer fue el nombre elegido que le daría a su serie y posterior libro, el cual sería editado por ella misma y narra las historias detrás de cada foto.




La artista pasó cerca de 10 años en aquel club en el que además de bailar y desnudarse, ponía en práctica sus conocimientos y dotes artísticos. Cada una de sus fotos es un recordatorio de la vida, puesto que contienen elementos clave como la naturalidad de la misma, la sorpresa que causa tener un lente fotográfico en frente, la perversión y las ganas de salir adelante aunque ello implique hacer cosas que no son del todo agradables, como el sexo.




Cada una de las imágenes ahí mostradas no gozan de una composición estricta, tampoco coinciden en los colores y el estilo, pero tienen en común una narrativa poco usual. Es decir, aunque son completamente naturales gracias a su base documental, cuentan la historia actuada de las bailarinas y sus clientes. En ellas parece haber amor, complicidad, diversión y placer, pero realmente hay un intercambio de dinero. Por ello describe a través de capturas la evolución del sexismo y el amor, sólo para demostrar que siguen siendo una moneda de cambio.


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Consulta más de su trabajo en su sitio web .

TAGS: Fotoperiodismo fotografía documental fotografía erótica
REFERENCIAS: Timeline Nymphoto Trendhunter Powerhouse

Diana Garrido


Articulista

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