30 fotografías de las ficheras más famosas del México machista

Martes, 24 de abril de 2018 14:13

|Diana Garrido
ficheras mexicanas

Las ficheras eran más que mujeres sexys bailando en un escenario o desnudándose frente a la pantalla. Eran chicas talentosas que fueron opacadas por el machismo y la misoginia.



Entre luces rojas, boas de plumas, un incesante clic clac de tacones altos y lentejuela suelta en los pasillos como si se tratara de migajas para no perder el camino de vuelta al solitario camerino, se podían ver algunas mujeres con maquillaje —quizás excesivo—, apresuradas, respirando hondo para salir al escenario en donde las esperaba una multitud que las ovacionaba, les aplaudía y despertaban sus más profundos deseos. Ellas, enfundadas en diminutos trajes de baño, en lencería que apenas cubría las "partes indecentes" y penachos altísimos, aparecían en escena bailando y moviéndose sensualmente.


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Sasha Montenegro


Estas artistas se hacían llamar vedettes y reinaron el México setentero. Sus antecedentes directos eran Tongolele o Rosita Fornés, pero en esta nueva era, es decir de 1979 a 1980, aproximadamente, no bastaba con bailar, cantar o actuar en un escenario. Si querían el éxito, debían aparecer en la pantalla grande en producciones de bajos presupuestos, calidad actoral casi nula y argumentos que poco aportaban a la cinematografía nacional. No obstante, muchas de ellas eran el gancho para que el público pagara una entrada al cine.


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Lyn May


En su mayoría, eran hombres los que, por una módica cantidad, entraban a su cine favorito y se masturbaban viendo a su fichera favorita. Este mote, por cierto, proviene de aquellas mujeres que trabajaban en cabarets y juntaban fichas por cada bebida que ellas o el cliente al que acompañaba consumía. Sin embargo, la connotación de la palabra se modificó al grado de ser un adjetivo peyorativo e incómodo para las mujeres, en especial cuando el "cine de ficheras" era lo único que podía verse en pantalla.


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Princesa Yamal


De este modo, fanáticos, fotógrafos, cineastas y actores se volvieron el target de este grupo de mujeres que con poca ropa y su sensualidad natural, los sedujeron al mismo tiempo que recibían apodos de mal gusto, piropos molestos, tocamientos innecesarios y claro, un sinfín de propuestas indecorosas.


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Angélica Chaín


Eran «chamacas muy guapas y arregladitas», recuerda Juan Ponce Guadián, fotógrafo que trató de capturar lo más bello de las ficheras, pero el campo machista que habitaba —al igual que todo México— le impidió hacerlo para retratar únicamente cuerpos, siluetas, formas y sensualidad desbordada, misma que sólo alimentaba la imagen cosificada que reinaba sobre ellas. Jesús Magaña, otro de los encargados de la lente quien las retrató en su momentos más íntimos, en poses sugerentes, con peinados repletos de laca y plastas gruesas de maquillaje, trataba de hacerlas ver inocentes, de quitarles el estigma de prostitutas, pero no lo consiguió, al menos no con la autorización necesaria.


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Rossy Mendoza



«A los mexicanos les gusta el relajo».


Ésa era la justificación de los medios masivos de aquellos años, quienes en su afán de seguir vendiendo la imagen de la mujer como la representación del erotismo, explotaron a cada una de las vedettes como Sasha Montenegro, Lyn May, Rossy Mendoza o Gina Montes, quienes buscaban su mayor éxito en hacer algo más que desnudarse en un escenario o frente a una cámara, Olga Breeskin tocaba el violín, por ejemplo, pero no era suficiente. Los hombres querían ver piel desnuda y las mujeres, ofendidas, se resignaban a que sus novios o esposos adularan a estas mujeres de cuerpos exuberantes mientras las denigraban a ambas.


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Wanda Seux


Los cabarets —sitios que presentaban con bombo y platillo a estas mujeres— eran lugares en los que reinaba la violencia, pero al mismo tiempo se sentían como en casa. Lo mismo sucedía en los sets de filmación y fueron ellas mismas quienes intentaron erradicar la cultura machista, pero por desgracia, les ganaba el sistema, la tradición y las amenazas. El cine en el que aparecían era burdo, sucio y machista, pero si ellas querían ser importantes en la farándula y en las altas esferas, entonces debían ser «menos quejumbrosas y soltar la ropa interior», según testimonios.


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Meche Carreño


Las fotografías más famosas de aquellas mujeres son claramente una oda a la sexualidad y al erotismo, aunado al evidente machismo que sentaba las bases de esas imágenes, puesto que eran usadas para calendarios, postales y como trofeos de la masculinidad.


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Gina Montes


En la actualidad, las mujeres que son vistas de esta forma protestan y sólo se desnudan si así lo desean, en la mayoría de los casos. Pero a decir verdad, en la década de los setenta esta manera de ser estaba orquestada por el gobierno, ya que no había subsidios para el arte, sólo para ese tipo de producciones que no aportaban nada, pero sí atendían a las necesidades económicas y placenteras de un sector en especial. De este modo y dejando escapar el coraje entre sus manos y los tacones, las ficheras tuvieron que aguantar la connotación de ese apodo por mucho más tiempo del que creyeron, tan es así que hasta la fecha es una cruz que deben llevar a cuestas.


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Grace Renat



Jamás se erradicó...


Y al parecer no lo hará por mucho tiempo. La decadencia del género llegó cuando el cine nacional resurgió y dejó de lado las producciones baratas y de argumentos simples para financiar proyectos más complejos, con mejores historias y actores cuyo nivel histriónico difería de los actores típicos del cine de ficheras. Pero aún con ello, las vedettes forman parte del imaginario colectivo y nos enseñan que cada quien tiene un momento de gloria y en determinado momento se debe terminar. Es precisamente por ello que estas mujeres de curvas pronunciadas y bellos rostros pretendían dejar algo más que su imagen en la pantalla, pero al no conseguirlo realmente, no tuvieron más que seguir con la imagen que se les impuso.


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Olga Breeskin


En efecto, la mayoría de las vedettes que en los setenta tuvieron fama y éxito son las mismas que son recordadas por sus shows y filmes, siendo aún sinónimo de prostitución, de erotismo y de dinero a cambio de sexo —directo o indirecto, es lo de menos—. Pero sobrevivieron y cuentan su historia con orgullo porque al final de día, fueron las divas más cotizadas, las más bellas y las más aduladas y agradecen —al menos— tener su amor propio intacto, aunque les haya costado años de vivir en la oscuridad, bajo el yugo del machismo y en las sombras de una mancha vigente, pero que el México contemporáneo intenta disimular.


Diana Garrido

Diana Garrido


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