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Fotografías de Edgard Garrido sobre el camino de la muerte de los migrantes

29 de mayo de 2018

Diego Cera

Ni la seguridad ni un nuevo hogar para comenzar de cero; irónicamente lo único seguro que tienen estos migrantes es la incertidumbre.



Un rasgo característico en cualquier ser vivo es la eterna y encarnizada lucha por sobrevivir a su entorno. Si vamos desde la planta más pequeña hasta el animal más grande, veremos que cada uno se adapta para impedir que la muerte les toque con sus fríos dedos. No obstante, adaptarse no es tan fácil como parece. Para que un organismo realmente se adapte perfectamente a todo lo que le rodea necesita al menos un par de siglos de evolución y, a decir verdad, el mundo apenas da tiempo para que esto suceda.





Pero entonces, ¿cómo asegura su bienestar un individuo que no quiere morir ante el devastador avance universal? Aunque a veces nos negamos a verla, la respuesta se ha ocultado frente a nuestros ojos desde hace millones de años. Mucho antes de que el primer ser humano pudiese ser capaz siquiera de levantar un muro, la solución a cualquier tipo de peligro o escasez ha sido la migración. Hasta ahora, el primer gran movimiento de migración fue el de la última glaciación, en la que algunos grupos nómadas cruzaron el estrecho de Bering en busca de alimentos; lamentablemente los migrantes de nuestra época buscan otras cosas mucho más esenciales para la vida.





Dignidad, paz y seguridad son apenas tres de los muchos valores por los que miles de migrantes luchan cuando deciden dejar sus casas. Muchos de ellos viajan con sus familias seguros de que aunque esas construcciones de madera o cartón se derrumben con el paso del tiempo, sus hogares estarán justo donde los acompañen aquellos que los mantienen con esperanza y con la meta firme de encontrar un mejor futuro que el que les espera de continuar viviendo en sus lugares de origen.





A partir de que la situación socioeconómica de Centro y Sudamérica comenzó a hundirse en un sentimiento de desesperación por migrar hacia el Norte, donde supuestamente había una mejor calidad de vida. Desafortunadamente, quienes llegan a México desde incluso algunos rincones de África, no encuentran acá el sueño que han estado persiguiendo; sino un ambiente de hostilidad atizado por las declaraciones de Donald Trump; cualquiera que venga de otro país es visto como delincuente o —en palabras del propio presidente de los Estados Unidos— animal.





Pero si algo ha aprendido la humanidad entera es a ser necia y a plantarle la cara al mundo incluso cuando éste no escucha razones ni problemas; es por ello que desde 2010, todavía en la gestión de Obama —una en la que más deportaciones ha habido en la historia de los EE.UU.—, se inició una travesía conocida como Viacrucis Migrante, que más allá de intentar pasar "al otro lado" sin papeles, busca que cada uno de sus integrantes tengan asilo humanitario después de haber logrado escapar del caos de sus propias ciudades.





Entre esa multitud de personas, el fotógrafo Edgard Garrido pudo encontrar diferentes motivos por los que vale la pena hablar por estos individuos que se han vuelto extranjeros incluso en la tierra que los vio nacer, pues tras haber huido de sus hogares son considerados como traidores, no a sus patrias, sino a sus barrios, donde la violencia puede dejar desprotegida a una familia en cuestión de horas. A través de la mirada de niños, ancianos y gente trabajadora, Garrido encontró una esperanza y unas ganas tremendas de hallar una mejor vida lejos de cualquier muestra de violencia descontrolada.





«La familia que mencioné anteriormente y otra familia del Bajo Aguán en Honduras, un área plagada de violencia y que conozco muy bien; me sorprendió que vinieran de tan lejos. La violencia a la que están expuestas las personas en Bajo Aguán es extremadamente brutal. Salir de ese lugar requiere mucho coraje y no es fácil salir de allí».

—Edgard Garrido





Ni la seguridad ni un nuevo hogar para comenzar de cero; irónicamente lo único seguro que tienen estos migrantes es la incertidumbre que ofrece ese limbo de trenes y esperanzas que se encuentra justo en medio de dos escenarios igualmente violentos que sólo se distinguen a partir de la ilusión de una vida mejor y la desesperación de haberlo perdido todo.


* *

Para saber más acerca del trabajo de Edgard Garrido puedes visitarlo a través de su sitio web.


TAGS: Fotoperiodismo fotografía documental Migración
REFERENCIAS: The Guardian

Diego Cera


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