Fotografías de Nan Goldin sobre la intimidad, sexo y dependencia de una juventud decadente

Viernes, 5 de enero de 2018 16:43

|Rodrigo Ayala Cárdenas
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La fotógrafa estadounidense muestra con su lente todo el aroma de una juventud que ha elegido el alcohol y las drogas como su elixir absoluto.



Se llamaba Bárbara y padecía un trastorno mental que se agravaba con el paso del tiempo. Incapaz de hallar una solución a sus periodos de depresión y desequilibro decidió suicidarse cuando su hermana menor, Nancy, contaba 11 años. Ésta, afectada por lo ocurrido, se refugió en una cámara fotográfica para aliviar un poco el dolor de la pérdida temprana de su hermana. Podríamos afirmar que es esta muerte la que atraviesa como una sombra la obra de Nan Goldin.


A los 14 años huyó del hogar para estudiar fotografía y abrirse camino de manera desesperada a través del mundo de la lente, fotografiando a amigos y desconocidos con los que aprendía y aprehendía el lado más triste, solitario, decadente y miserable de la vida. Su círculo de amistades (parias, gente sin rumbo, adictos a sustancias prohibidas y a las fiestas sin final) la llevó a probar las drogas, el amor polivalente y a encontrar en ellos el cobijo que su familia le negó o que fue incapaz de detectar.


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En la ciudad de Nueva York entró a formar parte del decadente pero sincero círculo underground de artistas, vagabundos, drag queens, traficantes de drogas y demás amantes de la vida secreta de los suburbios que retrató con descuido pero de manera leal y real con su cámara, la cual ya era casi una extensión natural y necesaria de su cuerpo y alma. Por medio de este instrumento, Nan Goldin registraba su vida y la de otros que, como ella, viajaban sin un rumbo definido por las calles de la Gran Manzana.


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Cientos de fotografías se iban acumulando en las carpetas de Nan, exprimiendo de manera sutil los rostros, los cuerpos y las almas de personas cuya existencia era extraña para otros pero la única posible para sí mismas. El paso de los años, las experiencias y especialmente una relación tormentosa con un exmarino de nombre Brian en 1980, concibieron una de sus obras más reconocidas y dolorosas hasta la fecha: La balada de la dependencia sexual.


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Estas imágenes son un diario vivo que respira dolor, ternura, sexualidad y dependencia en muchos sentidos: carnal, hacia sustancias prohibidas y una vida errante. «La balada de la dependencia sexual es el diario que dejo que la gente lea», escribió Goldin. «El diario es mi forma de control sobre mi vida. Me permite grabar obsesivamente cada detalle. Me permite recordar». Sin duda, la vida que llevó Goldin en este periodo flotaba a la deriva, llena de violencia física y emocional con Brian. Tocada desde su infancia por la muerte de su hermana Bárbara, su vida se refugiaba en el arte pero también en los golpes, en las adicciones, en la oscuridad de la urbe y de su corazón. 


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Las fotografías que conformaron este universo personal se presentaban en cafés donde las imágenes eran musicalizadas con piezas de grupos y músicos como The Velvet Underground, Maria Callas, Paul Anka, Lesley Gore o The Intruders en una especie de performance que combinaba toda una serie de elementos. En cada presentación, Goldin añadía o quitaba fotografías y cambiaba el orden de las mismas. Más tarde se presentó en la Whitney Biennial de 1985, catapultando a su autora a lo más alto del posmodernismo. El crítico fotográfico del New York Times, Andy Grundberg, afirmó que «lo que fueron Los Americanos de Robert Frank para la década de 1950 lo es La Balada de la Dependencia Sexual de Nan Goldin para la década de 1980».


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«La Balada», como también se le conoce en el mundo del arte, es la dulce intromisión en la intimidad de hombres y mujeres (y la combinación de ambos), despellejando sus más íntimos deseos, reflejando sus más profundos miedos y desentrañando su papel aparentemente sin sentido en la realidad. Son imágenes que duelen por su crudeza visual y espiritual pero que también nos hacen reflexionar sobre las desventuras de una juventud cuyo rumbo se pone en entredicho mediante sus enfermedades, su sexualidad, su sentido de pertenencia y su perdición en las oscuras calles de la ciudad o en los apartados rincones de habitaciones de hoteles donde se respira el aroma del alcohol y se nota la presencia de las drogas.


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Nan Goldin se muestra en este trabajo como una fotógrafa de mirada precisa pero al mismo tiempo caótica, una conocedora de los momentos en que la realidad es tocada por un poco de sensual locura que supo captar con su cámara (quizá la única amante verdadera que ha tenido en la vida y, sin duda, su mejor confidente). Todo ese vacío de la juventud que ha perdido la ilusión del futuro está en cada poro y partícula de sus imágenes. La verdadera vida bohemia del Nueva York de los 70 y 80 quedó inmortalizada por una mujer que encarnó la esencia del rechazo, el dolor, la variedad del amor y el aroma de las noches ahogadas en alcohol y todo tipo de somníferos para olvidarse de las penas de estar vivo y ser joven.


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Lejos de ser una serie fotográfica devorada por el tiempo, La Balada de la Dependencia Sexual tiene más vida que nunca: es un retrato de un pasado que sigue imperando en el presente de manera grotesca y bella a la vez. El dolor y la juventud no son tan diferentes entre una generación y otra por mucho que varias personas que hoy son adultas digan que sus tiempos no estaban tan descontrolados ni eran tan caóticos. Aquí está la muestra de que la decadencia es un elemento natural en todas las generaciones que quieren vivir aprisa y morir jóvenes.


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