Fotografías de los momentos íntimos en los que las mujeres se vuelven locas

Martes, 10 de abril de 2018 16:37

|Diego Cera

Con cada toma, las modelos se reconocen a sí mismas y aprenden a convivir con la naturaleza que las rodea y las ayuda a definir su verdadera personalidad.



Por más que queramos liberarnos de la fastidiosa aura rosada y con olor a rosas que desde hace siglos ha rodeado a la mujer occidental, simplemente hay momentos en que no podemos siquiera ignorarla. Antes de que cualquier figura humana pueda presentarse ante nuestros ojos, esta nube de lo que ridículamente llamamos feminidad, se adelanta para hablarnos de una mujer sumisa y recatada que poco tiene que ver con la persona que "representa".


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Aunque no haya sido su intención inicial, íconos de la cultura popular como las muñecas Barbie tuvieron que adaptarse a esta imagen para poder colarse entre la gente y ganarse un lugar en sus corazones. Alineadas a un estilo de vida y pensamiento rudimentarios, todas estas figuras no han hecho más que alimentar esta nube de sumisión que, por cierto, querían derrumbar de una vez por todas.


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Es increíble que aún en medio de un siglo en el que la revolución tendría que empezar por el reconocimiento de la mujer como una figura multifacética y llena de matices, definiciones como la anterior que la relegan a la fragilidad y a una absurda cursilería sigan siendo aceptadas en todo el mundo. Lo peor, hay incluso quienes siguen creyendo que ellas pertenecen a un sexo débil que merece —o necesita— cuidados propios de una escultura de hielo que, a la mínima provocación, podría venirse abajo como frágiles terrones de tierra.


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Si la muñeca rubia tuviera una verdadera voz propia, seguramente estaría de acuerdo en que el carácter que se le ha dado fue moldeado a través de la mirada de hombres a cargo de su comercialización y no la idea que su creadora, Ruth Handler, tenía sobre ella. Tanto Barbie como la empresaria que le dio origen estarían de acuerdo en que la verdadera personalidad femenina se encuentra más allá de las multitudes y la vida pública. Todo se define cuando una mujer se ve completamente sola, libre de cualquier prejuicio o imagen comprometida con el machismo.


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No es que a una mujer sólo se le permita ser ella en el exilio, sino que es justo donde no la alcanza ni la heteronormatividad ni la violencia ejercida por otros, donde puede nacer nuevamente, sólo que esta vez libre y tomada de la mano de su propia locura. El mismo desequilibrio que le llevó a pensar que tenía el mundo entre las manos es el mimo que la invita a entrar en contacto visceral con la naturaleza para encontrarse fuerte y lleva de vigor.


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Así, entre rostros extasiados y en contacto con su propia locura es como nacen las imágenes de Natasha Elizabeth, una fotógrafa canadiense que plasma en cada una de sus tomas esa obsesión por sí misma y su feminidad que, por lo que se puede ver en la mirada de sus modelos, puede estallar en cualquier momento, dejando a su paso una estela de libertad y locura que sólo puede entender quien ha pasado toda su vida escapando de la presión de ser justo aquella dama que el mundo exige pero que no ha sabido encontrar.


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Con cada toma, las modelos se reconocen a sí mismas y aprenden a convivir con la naturaleza que las rodea. Sin duda alguna, estos escenarios a los que se enfrenta cada una de ellas son un reflejo de su soledad, que al mismo tiempo es el único entorno sincero y sin restricciones. De esta manera, una mujer no vive para su medio, sino que éste se adapta y convive con aquella que lo inventa a partir de sí misma; le da una forma y una textura única que no sirven para otra cosa que hacerla sentir completamente plena y dueña de sí misma; pero más importante todavía, alejada de ese humo rosado y perfumado que desde hace tiempo no la deja respirar en paz.


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Si quieres conocer más acerca del trabajo de Natasha Elizabeth, puedes seguirla desde su perfil de Instagram.


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