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Sonideros: la tradición del barrio que cierra calles

14 de noviembre de 2017

Diego Cera

A pesar de ser considerada una expresión musical destinada a las esferas más humildes de la sociedad, el sonidero es un movimiento que define perfectamente un contexto del que —queramos o no— todos formamos parte.




Definir o transcribir el sonido del güiro es posiblemente una de las labores más complicadas a las que un escritor —si es que puedo permitirme esa etiqueta— puede enfrentarse. Probablemente ésa es la razón por la que muchos deciden escribir sobre jazz o rock; pero sobre la cumbia y el güiro que marca su ritmo, muy pocos. ¿Cómo describir un rasgueo que no precisamente viene de las manos? En ese simple instrumento hecho de calabaza se esconde un movimiento que viene desde el vientre y se extiende por todo el cuerpo. La cumbia, esa poética latinoamericana que aún nos negamos a abrazar al igual que lo hemos hecho con el tango u otros ritmos, por decirlo de alguna manera, más elegantes.




Al igual que los compadritos, los milongueros y los canyengues se abrieron paso desde Argentina para llegar al resto del mundo, un ritmo con expresión y sensualidad propia salió de Colombia para acomodarse en cualquier rincón en el que se le permitiese expandir una estética modesta y rural, pero igual de notable que el tango. La cumbia en ese sentido es, fue y será la expresión musical contracultural de todo un continente.




En un exitoso intento por no sucumbir ante la monstruosa mancha de globalización, se apartó un poco de los instrumentos tradicionales; cambió su querido güiro de calabaza por uno de plástico o metal, las cuerdas se volvieron eléctricas y las cajas de resonancia le abrieron paso a grandes bafles y bocinas encerradas en cajones negros que aún hoy retumban en las calles. Ecos de ese underground que cariñosamente llamamos "el barrio" y que, afortunadamente, nos demuestra que no hay nada ni nadie que pueda tumbarlo.




De esa resistencia salen las fuerzas para montar torres gigantes de altavoces coronadas con reflectores de colores que giran al ritmo del güiro y las congas; como si estuvieran a punto de iniciar un ritual en el que los asistentes se consagran a la Virgen, San Judas o la misma muerte. Todo ello antes de comenzar un baile que probablemente termine hasta que el cuerpo comience a dejar ver muestras de cansancio extremo. Qué otra cosa podría ser el sonidero sino el ritual mexicano por excelencia, aquél que heroicamente se antepone a la ley y se otorga la libertad de cerrar las calles para dejar que sus hijos se acerquen a él.




Siguiendo esa estética casi mágica y una poética que se construye con cada canción que sale de los parlantes, sólo hace falta que alguien documente todo lo que ocurre dentro de un baile sonidero. Aquí es donde los nombres Mariana Delgado y Marco Ramírez Cornejo saltan a nuestros oídos, siempre llevando consigo la cumbia como fondo inseparable de su pasión por el barrio. Tanto así que todo ese sentimiento los llevó a crear el Proyecto Sonidero, a través del cual abren un diálogo entre el barrio y el resto del mundo, mismo en el que sonido, pasión y tradición enganchan a quienes se acercan por primera vez y a quienes llevan años disfrutando de este movimiento.




La de cerrar las calles es apenas una de sus características generales; si decidimos ir a algo más particular, nos encontraremos con todos los colores que la música ofrece: un festival de tonalidades y luces neón que comienzan en las chaquetas de los DJs que gozan de poner esa extraña mezcla entre cumbia y música electrónica. Una tendencia que resuena en Colombia y todo un submundo que camina al resonar de un güiro y una aguardentosa voz que manda calurosos saludos a quienes se los soliciten. Posteriormente, esos matices pasan a formar parte del rostro de los asistentes; se derrumban la razas y predominan los azules, rojos, amarillos y púrpuras. Todos los colores que penden de los andamios están ahí, iluminando el sudor de los asistentes.




Gracias a personas como Delgado, Ramírez Cornejo y todos aquellos que mantienen viva la tradición sonidera en América Latina, la cumbia ha encontrado el lenguaje que necesitaba para poder convertirse, de una vez por todas, en esa expresión que define a todo un sector de la población que, a pesar de la segregación, se niega a sucumbir ante una sociedad cada vez más esnob. Mientras el güiro suene, el barrio vive y con él, el sonidero.


TAGS: Fotoperiodismo América latina fotografía documental
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Diego Cera


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