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Fotografías de Tomás Ayuso sobre cómo un niño puede llegar a convertirse en criminal en las calles de Honduras

4 de julio de 2018

Rodrigo Ayala Cárdenas

Honduras representa un riesgo para su niñez debido a la situación de pandillerismo que se vive en la nación centroamericana.


En Honduras, ser niño equivale a tener sueños, deseos de jugar y explorar la vida; como en cualquier otra parte del mundo. Sin embargo, hay una notable diferencia: también es un riesgo y un privilegio cuando ese niño llega a la adolescencia y a la edad adulta.


Las cifras de violencia en el país centroamericano y en particular en una de sus ciudades principales, San Pedro Sula, son alarmantes y necesarias de mencionar para entender las líneas anteriores: según el periódico hondureño El Heraldo, en una nota publicada el 6 de abril de 2018, dos niños mueren al día en Honduras, producto de la creciente violencia que desde hace años azota a esta nación.



La información fue ofrecida a causa de dos noticias que estremecieron al país: el asesinato de una niña de tan sólo 15 años a manos de una pandilla. Cuando el líder de la misma se sintió ofendido porque la adolescente se negó a ser su novia, sobrevino la muerte. La segunda muerte ocurrida ese mismo día fue la de un niño acribillado afuera de su casa por un grupo de matones. Estos lo confundieron con otro adolescente al que estaban buscando para ultimarlo.



El distrito de Planeta, en las periferias de San Pedro Sula, es uno de los más peligrosos de la capital. Ahí, el fuego cruzado entre pandillas es cosa común y los habitantes lo saben bien. Muchos de ellos, cuando tienen que salir para ir a trabajar a la zona centro de la ciudad, saben que están en peligro de verse rodeados por la violencia, pese a los constantes patrullajes policiales.




La mayor parte de las pandillas están conformadas por niños, adolescentes y jóvenes sin un porvenir claro. Como en muchos otros países de América Latina, la pobreza, la carencia de oportunidades y, sobre todo, la falta de una guía familiar adecuada los llevan a formar parte de estos grupos delictivos. Las amenazas, las muertes y la inseguridad provocadas por estos colectivos han hecho que cientos de familias deseen salir de su país y exponerse a otro peligro: atravesar la geografía de México para llegar a los Estados Unidos en busca de un territorio aparentemente seguro.




Tomás Ayuso es un fotógrafo nacido y criado en Tegucigalpa, capital de Honduras, que arribó a Planeta para entender la situación de violencia que reina en este lugar. «La mayoría de los miembros de pandillas que conocí tenían menos de 16 años y sus vidas ya habían sido marcadas por la violencia. Contaban historias de enfrentamientos contra rivales para defender su territorio. Una reciente incursión de una pandilla dejó seis adolescentes muertos, sus cuerpos se encontraron en un arroyo, cortado en pedazos», dice el fotógrafo.




Este fotoperiodista, quien se ha caracterizado por inmiscuirse en problemáticas sociales de Honduras y otras naciones en crisis, se percató de que para sobrevivir y proteger a su familia, muchos niños son forzados a formar parte de alguna pandilla y luchar por su territorio. El cerco social y espiritual que los rodea y ahoga es enorme, provocando que ante su corta experiencia, el miedo creciente y un futuro incierto tomen las peores decisiones.




La lente de Ayuso se adentra en el alma del conflicto y nos da una perspectiva real de los niños pandilleros y su entorno, en el que impera el olvido, la carencia y una especie de resentimiento. Ese primer plano al arma, al gesto de los protagonistas de estas imágenes, a la oscuridad de la calle es compartir un pedazo de la historia actual de un país necesitado de reformas sociales y espirituales para recuperar una paz que se ve lejana, quizás allá en un horizonte muy lejano de las manos del distrito de Planeta.




Puedes seguir de cerca la obra de Tomás Ayuso aquí.


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La peligrosa vida de un pandillero se vive de igual manera en cualquier parte del mundo: desde de Nueva York hasta Honduras, la violencia representa un problema ante la falta de garantías sociales, desempleo o desigualdad social. Los pandilleros son resultado no sólo de una pobre educación a nivel familiar sino de sistemas sociales que favorecen a unos pocos. Aun así, varios de ellos son capaces de regenerarse y recuperar una vida de paz.


TAGS: violencia serie fotográfica Pandillas
REFERENCIAS: National Geographic El Heraldo

Rodrigo Ayala Cárdenas


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