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15 fotografías de Yana Paskova de Ruanda, el país que extinguió a los perros y hoy se arrepiente de hacerlo

17 de julio de 2018

Alejandro I. López

¿Por qué no hay perros en Ruanda? La historia de sus criadores y dueños cuenta cómo un país supera su oscuro pasado a través de la compañía de un amigo infalible, el amor animal.


Hasta hace pocos años, en Ruanda no había rastro alguno de perros. De un lado a otro de las principales avenidas de Kigali (la capital del país enclavado en el corazón de África) un par de cosas llaman poderosamente la atención: la limpieza y tranquilidad de las calles y la ausencia de perros. Tanto turistas como foráneos de toda clase se hacen la misma pregunta, sin encontrar certezas de por medio.


Es habitual encontrar rebaños de cabras en las áreas urbanas; incluso algunas llevan correa y pasean conducidas por pequeños que las acompañan a pastar durante las tardes como auténticas mascotas, animales de compañía. Gatos domésticos merodean los vecindarios más concurridos reproduciendo la milenaria relación entre felinos y humanos mientras se dejan acariciar a cambio de comida y un resguardo momentáneo, pero es muy difícil encontrar algún indicio del llamado mejor amigo del hombre.







La respuesta a este misterio es dolorosa: algunos ruandeses aún se niegan a mirar a los perros como mascotas, pues su simple presencia remite al momento más oscuro de su historia, el genocidio de 1994, que provocó más de 800 mil víctimas mortales y una herida indeleble en el seno del pueblo banyaruanda.


Durante el genocidio que acabó con más del 13 % de la población de Ruanda, los cadáveres eran tantos que los panteones, las fosas comunes y los basureros resultaron insuficientes ante tal masacre. Montones de restos humanos pertenecientes a aldeas enteras se apilaban en las calles, fuera de morgues y hospitales, provocando una crisis de enfermedades.


Las más de 250 mil mujeres que sufrieron abuso sexual, la migración forzada producto del exilio de más de dos millones de ruandeses a países vecinos, los cientos de miles de desaparecidos y el resto de las víctimas humanas del exterminio provocaron un efecto secundario imprevisto: los millones de perros que habitaban en gran número aldeas y pueblos quedaron a merced de la naturaleza.





Hambrientos, formaron jaurías que no encontraron otro recurso para mantenerse con vida que comenzar a comer la carne de los cadáveres. Las escenas de la gente ahuyentando a los canes de sus muertos o forcejeando por quitárselos del hocico se volvieron brutalmente cotidianas: entonces –sin siquiera advertirlo– los perros se convirtieron en un símbolo de horror y muerte.


A más de dos décadas del genocidio, los ruandeses están aprendiendo a amar a los perros de nuevo. La fotoperiodista Yana J. Paskova viajó a Kigali para captar con su cámara cómo la población de Ruanda está dejando atrás los recuerdos de la tragedia. En Learning to Love Dogs in Kigali, –el artículo de National Geographic que presenta estas fotografías– la redactora digital Alexandra E. Petri explica la situación desde la visión particular de distintos dueños y criadores de perros ruandeses, cuya historia cuenta cómo un país supera su oscuro pasado a través de la compañía de un amigo infalible, el amor animal.









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Conoce más del trabajo de Yana J. Paskova en su sitio oficial.


TAGS: Africa fotografía documental Genocidio
REFERENCIAS: National Geographic

Alejandro I. López


Editor de Cultura

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