Pieles pálidas, clavículas y heridas que muestran los cuerpos frágiles en 7 fotografías de Yung Chen Lin

Martes, 10 de abril de 2018 12:22

|Andrea Fischer
yung cheng lin

Yung Chen Lin logra capturar la esencia del sufrimiento cotidiano en sus fotografías.


Se hace llamar 3cm. Quizá por la fijación casi obsesiva que tiene con la piel: por la suavidad de la superficie, por la imperfección contenida en las arrugas, por cada instante decisivo en el lienzo de carne. La mirada fotográfica de Yung Cheng Lin se destaca por encontrar ese instante estético que el dolor desprende, en particular cuando es prolongado, cuando no termina, cuando está ahí, en las sutilezas de todos los días. Hay algo profundamente inquietante y enigmático en su trabajo: un suspiro que grita angustiado, pero que no termina de volver en sí después de haber sido liberado. Las fotografías de Yung Cheng Lin lastiman la mirada y se trasladan a la piel de quien las está viendo.


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Es por esto que su trabajo remita, quizás, a esos instantes incómodos con los que tenemos que convivir todos los días: el dolor de espalda generado por el estrés, las magulladuras que deja un brasier mal ajustado, la angustia de palabras que no podrán ser dichas nunca. En su propuesta artística destaca la tragedia a medias, los dolores chiquitos, las angustias reprimidas. Tiene el cuidado de usar cuerpos esbeltos —tanto que parecen frágiles— para acentuar esas punzadas agudas que hacen que el espectador frunza el ceño inmediatamente al verlas. Lin se fija en el trazo de la espalda, en las sombras del sexo, en las vértebras que se salen, en los homóplatos marcados: en estos recovecos exteriores encuentra espacios para el sufrimiento, y así lo proyecta en sus composiciones.


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Para ella el color se encuentra en el cuerpo. Es por esto que utiliza modelos de fenotipo asiático, que se caracterizan por ser de complexión delgada, extremidades finas y pieles pálidas. Además, es interesante que ninguno de ellos esté vestido nunca, como si las prendas no fueran necesarias. Esta paleta inicial le permite enfatizar el dolor con colores puros. Sin embargo, el rojo parece ser un tema recurrente en sus composiciones: rojo que se imprime sobre la piel en forma de besos, rojo que se resbala de los genitales de una mujer, rojo que se amarra a las clavículas en forma de hilo, rojo que invade la espalda, como una infección incandescente. Yung Cheng Lin es asertiva para marcar los puntos específicos que podrían generar angustia en el exterior, y a través de los cuales las tribulaciones humanas se manifiestan.


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Es indiscutible el carácter oscuro de estas fotografías que compiló en la serie Skin: queda un espacio siempre en el que no se sabe si seguir mirándolas o suprimirlas de inmediato. Quizá porque lastiman sólo de verlas. Hay siempre una línea cuestionable entre lo impresionante que son sus imágenes y lo grotescas que pueden resultar para el espectador: si bien es cierto que hay una poética poderosa detrás del dolor que la fotógrafa proyecta, siempre hay un dejo de morbo en sus decisiones estéticas. Sin embargo, no puede dejarse de lado la plástica que cada una de sus composiciones representa: Yung Cheng Lin tiene un dominio particular sobre el cuerpo humano, que le permite experimentar con los límites de los nervios, de los huesos que parecen salirse, de la sensibilidad de la piel.


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Yung Cheng Lin sabe incomodar al espectador, sabe cómo usar los recursos visuales —como el color, como las sombras, como la superficie y las texturas— para hacer que quien se encuentre con su trabajo se retuerza, ya sea por la ansiedad de ver a otro sufrir o por sentir en carne propia ese dolor ajeno, que parece salir de la imagen para impregnarse sobre la piel de quien lo ve. De la misma manera, no puede negarse el carácter profundamente erótico de sus fotografías: es en esa sensualidad intrusiva que la fotógrafa logra captar instantes de eros, en el que el tanatos parece inquebrantable, casi como una súplica, un suspiro, un grito, una plegaria que no termina.


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Además, esta fotógrafa taiwanesa juega con los roles de género a partir de las líneas endebles que existen en el cuerpo humano. El manejo de los cuerpos es tan sutil que casi podría desexualizar a los personajes. Sin embargo, hay algo que sugiere en esos cuerpos sin identidad y sin rasgos femeninos: tal vez la fuerza con la que el dolor se aguanta, o las poses tensas que sugieren una resiliencia cansada, o las cabelleras —siempre negras— que caen como cascadas calladas, o sencillamente las curvaturas bien marcadas de los cuerpos que se presentan. Hay un toque de aguante de mujer: de un dolor que se ha vivido a flor de piel, y que se lanza al exterior en la forma de cuerpos disminuidos, casi carcomidos por la circunstancia, pero que se sostienen con un último aliento esperanzador.


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Es entonces que Yung Cheng Lin se convierte en una maestra de la catarsis: logra capturar ese momento de angustia que parece que está a punto de desbordarse, pero que, por alguna razón, no se deja vencer nunca. A pesar de todas las marcas sobre la piel, los cuerpos que esta fotógrafa taiwanesa escoge se mantienen íntegros, como en un afán de seguir adelante a pesar de las angustias que los sobrecogen. Las fotografías de Lin son la fuerza de un grito que ya expiró pero que sigue latente. Son la angustia de la identidad que todavía no se consolida. Son la ansiedad que generan las inseguridades sobre la piel, como costuras que cortan la carne y que dejan cicatrices dolorosas. Yung Cheng Lin es, en fin, el dolor que sigue quemando, que sigue latiendo, que sigue a flor de piel.


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Andrea Fischer

Andrea Fischer


Colaboradora
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